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viernes, 6 de septiembre de 2013

Seis principios fundacionales, por José María Blanquet, S.F.

Cuando el sacerdote Manyanet deja el palacio episcopal de Urgell, en mayo de 1865, para entregarse plenamente a la tarea de la nueva fundación, tiene un horizonte muy claro de lo que Dios le pide para la Iglesia y para la sociedad. La presión antirreligiosa se ejercía en las escuelas, en las que el Estado pretendía tener un papel creciente y monopolizador, con graves consecuencias para la vida cristiana de las familias.

Puesto que los revolucionarios iban a la escuela para destruir a la familia, a ella debían ir también los cristianos para defenderla. Un punto clave de la regeneración de la sociedad era para Manyanet la formación y el mantenimiento de la familia mediante la educación católica de la niñez y de la juventud. Por lo cual, él concibe su obra como una familia, inspirada en la Sagrada Familia, para las familias pero con las mismas familias, y la organiza en consecuencia.

Sus características principales son seis:

1. Los miembros del Instituto comparten en sus quehaceres una vida de auténtica familia. La vida comunitaria debe ser característica esencial de la nueva Congregación. Ha de ser, ante todo y sobre todo, una familia.

2. No se trata de construir una simple sociedad educacional, sino, más bien, una entidad religiosa en toda la amplitud espiritual y jurídica del término, consagrada a Dios mediante la profesión de los consejos evangélicos, a imitación de Jesús, María y José.

3. Los religiosos Hijos de la Sagrada Familia deberán consagrarse, como fin principal de su actividad sacerdotal comunitaria, a la formación de auténticas familias cristianas, principalmente por medio de la educación e instrucción de la niñez y de la juventud.

Este es el carisma de san José Manyanet y de su Instituto. "La educación e instrucción sólidamente católica de toda la juventud puesta en manos de sacerdotes y de estos, religiosos, ad hoc llamados por Dios, —escribía en 1889— es, a mi pobre entender, el medio más apto, más sencillo y práctico para reformar la familia y con ella la sociedad, y volverla a su propio centro, que es la Iglesia católica". El Instituto de los Hijos de la Sagrada Familia es, pues, una familia para las familias.

4. Se tomaban como punto de partida y meta la vida y los ejemplos de la Sagrada Familia de Nazaret. El ejemplo de la familia de Jesús, María y José lo había sintetizado, en un principio, en la figura de san José, bajo cuyo patrocinio puso la primera morada del Instituto y el centro educativo de Tremp.

5. San José Manyanet había aprendido a amar a la Iglesia en la persona del obispo Caixal, y quiso que su Instituto se mantuviera siempre en comunión con la Iglesia universal, porque estaba convencido que de ella dependía la eficacia de su actividad apostólica.

6. El fundador, desde el principio, creó una asociación católica, que llamó "Camareros (ayudante de camara) de la Sagrada Familia", como una tercera orden, para llevar el evangelio de Nazaret al mundo: más concretamente, para hacer de cada familia un hogar según el modelo de Nazaret y asegurar la participación de los laicos, sobre de los padres y madres de familia, en la misión del Instituto.

En resumen, san José Manyanet quiso que en el Instituto, en su familia religiosa, inspirada en la Sagrada Familia, todo sea para las familias pero con la ayuda de las mismas familias.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Pedagogía familiar, Sergio Cimignoli, S.F.

La pedagogía de José Manyanet tiene un nombre significativo: pedagogía familiar. No solo porque en sus escuelas se respira un clima de acogida familiar, sino porque implica, en la realización de su proyecto a una gran familia, toda la familia.

Los padres, primeros y principales educadores

Implica a las familias, porque son el ámbito natural del crecimiento y la educación de los hijos:

"La naturaleza misma indica que los primeros y principales educadores de los pequeños deben ser los padres. Los hijos tienen tendencia a imitarles incluso en las imperfecciones. De esto se deduce el cuidado atento y la solicitud continua que deben tener los padres por una buena y cristiana educación de los hijos".

Los padres sigan y dirijan a los hijos sin renunciar nunca a su deber de autoridad que anima a esforzarse y a vencer la pereza, sabe ir contra corriente y, cuando es necesario, corrige:

"Es importante que los hijos vean en nosotros decisión y convicción en la transmisión de los valores en los que creemos. Los padres no se desanimen frente a las dificultades de un hijo que no quiere aceptar los consejos y avisos. Tengan confianza en Dios y confíen que el tarde o temprano hará fructuosos sus esfuerzos".

José Manyanet sabe que las madres tienen un papel decisivo en la educación:

"Madres educad a vuestros hijos. Este alimento espiritual es tan importante para vosotras y para vuestros hijos como el físico. ¡Oh madres! Educad vosotras mismas a vuestros hijos, durante el mayor tiempo posible".

Aquello que se recibe en la infancia, cuando no se tiene pleno conocimiento con la mente pero el corazón ya es capaz de asimilar, incide de un modo significativo en toda la vida, por ello los padres, "deberían comenzar la enseñanza justo cuando los niños aprenden a repetir las primeras palabras, sobre todo las madres mientras les visten y desnudan. Es entonces cuando se incide más en sus tiernas mentes y en sus cándidos corazones las cosas que se les dicen y enseñan. No solo, sino que permanecerá en ellos la persuasión de la bondad y necesidad de aquellas cosas relacionándolas con el hecho de que quien se las comunicaba en aquel momento les amaba mucho y les acariciaba".

Los padres no pueden delegar enteramente la educación a la escuela. No es suficiente enviar a los hijos a la escuela:

"Después de los padres, vienen en este campo los sacerdotes y los maestros. Nótese que decimos 'después de los padres', para que estos comprendan que no están dispensados de sus obligaciones por el simple hecho de enviar a sus hijos al catecismo parroquial o a la escuela, sino que, además de la enseñanza impartida en casa por ellos, deben reconocer con solicitud sincera, si realmente asisten a la explicación hecha por el sacerdote, su frecuentan puntual y constantemente la escuela".

José Manyanet subraya a menudo que su obra nace como una ayuda para la familia, no para sustituirla. Ya en sus apuntes, que explican los objetivos del primer colegio abierto en Barcelona, escribe:

"Una instrucción sólidamente religiosa y una educación paternal, fina y esmerada, acompañada de una vigilancia nunca interrumpida, sin las más firmes garantías que podemos ofrecer a los padres que deseen educar a sus hijos según los principios de la fe y de la moral católicas".

Por lo tanto, los primeros educadores de los hijos son los padres, por eso las escuelas fundadas por José Manyanet prevén la escuela de padres, para que ellos, siendo buenos esposos, puedan cumplir de la mejor manera sus responsabilidad educativa.

Implica a la Sagrada Familia

Ella es el modelo para imitar. Nazaret es la escuela predilecta de José Manyanet y querría que fuese una escuela para todos.

La Sagrada Familia es la fuente de su inspiración. Contemplando la casa de Nazaret donde Jesús crece en sabiduría, edad y gracia, acompañado por María y José, Manyanet encuentra la clave para toda educación plenamente humana: el amor incondicional y total por los niños y los jóvenes.

Sus escuelas deberán inspirarse y serán un compendio de Nazaret: familia, donde se modela a la persona en todas sus dimensiones; taller, donde se trabaja y se crea; escuela, donde se ofrece a los niños una síntesis de fe, cultura y vida.

Implica a la familia de los hijos de Dios: 
la Iglesia, familia de familias

Josep Manyanet amó a la Iglesia y buscó entusiasmar a los jóvenes para que vivieran felices su pertenencia a esta gran familia.

Implica a la familia de Dios: 
la Trinidad, de la cual proviene la idea de familia

Dios es el eterno educador del hombre. "Nosotros como educadores somos colaboradores de Dios". Él ha puesto en el hombre una profunda nostalgia de Sí, por lo que el corazón del hombre está inquieto hasta que no se llene de la presencia de Dios. Esta intuición de san Agustín, Manyanet la explica con una imagen original:

"Dios quiere principalmente el corazón del hombre al que creó para que lo amara, y en este amor no admite ninguna competencia. Como la aguja magnetizada de la brújula tiembla y no se para hasta que no encuentra el norte, que es su centro, así el corazón del hombre vive inquieto y agitado mientras va a la búsqueda de otras cosas fuera de Dios, que debe ser siempre y en todo su último fin".

Cuando Dios está en el centro del corazón del hombre, él es capaz de cultivar la buenas relaciones con los otros.

Dios ha puesto en el ánimo del hombre y en su mente una profunda sed de verdad y una llamada fuerte al conocimiento, pero "considérese que las ciencias no pueden encontrar la unidad sino en el seno de una idea superior, la idea de Dios. La ciencia de Dios es la idea madre que dirige, coordina y vivifica todas las otras".

Cualidades del buen educador, por Sergio Cimignoli, S.F.

José Manyanet cree que la responsabilidad de dedicarse a algo tan grande y decisivo para la vida de los niños debe estar acompañada, además de las motivaciones superiores, de capacidades humanas importantes. Antes que nada, el educador ha de ser una persona equilibrada, constante y de gran firmeza.

Ha de estar dotado de buen humor:

"No tendrán nunca la cara triste y melancólica, casi aburrida y fastidiada por la enseñanza; al contrario, sean alegres y manifiestense satisfechos e interesados por el bien y el provecho de los alumnos. Ejercitando su actividad tengan un buen aspecto, agradable, alegre y lleno de caridad".

Sean capaces de escuchar y respetar a los niños:

"Si se quiere tener el respeto de los alumnos y enseñarles con el buen ejemplo, es necesario respetarles y evitar preferencias...

Es necesario escuchar siempre con calma sus razones y no imponer por la fuerza y siempre las propias".

Con los niños y los jóvenes se necesita una gran paciencia. José Manyanet habla de una paciencia heroica:

"Es muy difícil, si no imposible, llenar debidamente el ministerio de la educación sin la virtud de la paciencia. En efecto, de gran caudal de paciencia debe estar provisto el maestro para no alterarse y soportar tantas ligerezas, necedades y aun malicias de los jóvenes alumnos...

Educar a los otros tiene más merito que el martirio. Cuantos actos de paciencia, de dulzura y de caridad son necesarios hacer durante los largos horarios y a lo largo de tantos días, que se suceden, dedicados enteramente a este ministerio".

Existe ademas una cualidad que las resume todas: la bondad. Si debemos sembrar el bien en el corazón de los niños y los jóvenes, "el medio mas apto que comprende todos los demás, es la bondad. Si todo nuestro esfuerzo sale del corazón, va directamente a su corazón y así serán conquistados inmediatamente y entonces todo es posible, a favor del bien sobre el mal".

La familia, el objeto de su misión, por Sergio Cimignoli, S.F.

Si el amor no es dado se estanca, si se da con generosidad fluye como agua limpia dando frescor y produciendo abundantes frutos de vida.

José Manyanet no vivió su amor a la Sagrada Familia como una experiencia exclusiva de su intimidad sino que la volcó a todas las familias. Él entendió, desde su experiencia personal, que solo la familia puede satisfacer las experiencias más profundas de cualquier ser humano: nacer y crecer en un ambiente en que se es amado y reconocido; en el que se vence la soledad y se experimenta la pertenencia, viviendo con compromiso la relación con Dios y con los otros.

Confirmó que la familia no es una invención humana sino divina y que el rechazo de la misma daña al propio hombre. Este rechazo es el origen de la "multitud de males que afligen a la sociedad".

La familia es un bien social, punto de unión entre el individuo y la sociedad, patrimonio de toda la humanidad.

La familia, objetivo de su misión

Su carisma, la finalidad de su obra, es la formación de familias cristianas y el medio privilegiado es la educación e instrucción de los niños y los jóvenes:

"La educación e instrucción sólidamente católica de toda la juventud puesta en manos de sacerdotes y estos religiosos ad hoc llamados por Dios, es, a mi pobre entender, el medio más apto, más sencillo y práctico para reformar la familia y con ella la sociedad".

Escribía:

"Quisiera el cielo que muchos padres entendieran la grandeza de su ministerio y el poderoso influjo que tienen sobre el futuro de la sociedad... Si sus decisiones no siguieran la moda, dejándose fascinar por falsas pretensiones de grandeza o de carrera para sus hijos, sino que comprendieran la sublime misión que tienen encomendada de hacer presente la paternidad de Dios en medio de los hombres, entonces su casa llegaría a ser verdaderamente una morada de paz y bendición".

Así la familia se convierte en un lugar en el que se pregustan las realidades del cielo. En el cuidado atento de las relaciones y en el respeto recíproco se pueden crear los presupuestos para afirmar que se toca el cielo con el dedo. Según Josep Manyanet, en esto es determinante el rol de la mujer:

"Si ella une a todas sus cualidades, un rostro sonriente capaz de apaciguar la rabia; maneras tranquilizadoras que inviten a la paz y a una actitud de ternura y acogedora para el marido, para los hijos y para aquellos a quienes puede ser útil, ella pone las condiciones para crear un ambiente feliz en la tierra que llega a ser anuncio de felicidad y de gloria eterna en el cielo".

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Aprendiendo a amar a Dios y a los demás, por M. Edith Gutiérrez, M.N.

“El ejemplo de José Manyanet nos da una confianza inquebrantable en la fe y nos anima a construir una sociedad más justa y fraterna. José Manyanet estaba profundamente convencido de que la vida cristiana entraña una misión y un apostolado: ser familia al estilo de la Familia de Nazaret.

Amó apasionadamente a las familias, con un amor redentor. Su mensaje tiene numerosas implicaciones fecundas para la misión evangelizadora de la Iglesia: aprender a amar a Dios y a los demás “desde dentro”, desde el cariño y la entrega de unos padres, primeros maestros de vida; fomentar la promoción personal para transformar el mundo como sueña Dios, educar desde la inteligencia y el corazón para hacer personas libres, buenas y comprometidas. Este sacerdote santo enseñó que Cristo debe ser la cumbre de toda actividad humana y que siempre está con nosotros. Su mensaje nos impulsa a actuar en lugares donde se está forjando el futuro de la sociedad.

Texto extraído de la presentación del acto de acogida por parte de los superiores generales a los peregrinos que fueron a la canonización de José Manyanet. Auditorium Pio, Roma 2004.

Fuente: José Manyanet Santo. Memoria de la Canonización. Barcelona 2006.


¿Qué aporta este santo?, por Luis Picazo, S.F.

— ¿Qué aporta el testimonio del Padre Manyanet a la Iglesia universal?

— Ya el Papa actual [Juan Pablo II] en la homilía de su beatificación, lo propuso como ejemplo de trabajador modelo por el Reino de Dios, por su entrega heroica al amor de Dios y a la causa de Cristo en el servicio al prójimo.

Encontramos ciertos paralelismos entre el momento histórico que le tocó vivir y desarrollar su ministerio y el nuestro. Ciertas ideologías intentaban erosionar los valores fundamentales de la familia. No quiso ser él un espectador más, sino todo lo contrario, se puso manos a la obra en el campo donde él creía que era más necesario y útil a la Iglesia, para poder ayudar y potenciar desde dentro a las familias: la educación, campo donde él y sus compañeros trabajaron incansablemente y no sin dificultades precisamente en los barrios obreros de Barcelona, visionando las familias del futuro.

Creo que su testimonio y su trabajo fueron tan necesarios entonces como ahora, y esto es lo que nosotros, sus hijos e hijas, podemos aportar en el momento presente.

Fuente: Entrevista el P. Luis Picazo, superior general, José Manyanet Santo, Memoria de la Canonización, Barcelona 2006.

"Quien se dedica a la educación está investido de una segunda paternidad", por Sergio Cimignoli, S.F.

José Manyanet decide dedicarse a la educación y a la enseñanza para salvar a los niños de la calle y de una educación a la moda que niega toda autoridad. Manyanet invita al educador a orientar a los niños con autoridad, ejercitada de un modo competente y no autoritario: "Quien se dedica a la educación está investido de una segunda paternidad: la paternidad de la cultura y de la formación del alma, que se acerca mucho a la paternidad natural".

Esta paternidad se ejercita con amor y con espíritu de servicio, no con poder. Buscando de convencer más que de obligar y recordando que los jóvenes tienen necesidad de modelos de vida más que de maestros.

Por lo cual "el que es maestro debe poner su principal cuidado en que a todas sus lecciones y explicaciones preceda el buen ejemplo, porque si es muy cierto que la instrucción alumbra el entendimiento, también los es que los sanos ejemplos cautivan suavemente el corazón...

Los chicos son atraidos más por las buenas acciones y por la coherencia en las acciones de vida que por los avisos y preceptos".

Esto supone un auténtico y gran amor para los niños y los jóvenes:

"Es necesario conquistar a los niños mas con el amor que con el rigor...

El amor con todos tiene corazón de padre, de todos se compadece y a todos trata con afecto, benevolencia y maneras cariñosas y persuasivas, inclinadas mejor a recompensar que no a castigar".

Preciosa Joya de Familia (1899): Guía para los matrimonios cristianos

José Manyanet publicó en 1899 una guía práctica de contenido doctrinal, que ofrecía reflexiones y oraciones, para los matrimonios cristianos. Es su libro Preciosa Joya de Familia. En él se dirige a los casados. Es significativo —y rico de contenido espiritual— el subtítulo algo largo, según la costumbre de la época, que puso a esta obra: Manojito de saludables instrucciones, dirigidas principalmente a los padres de familia, para vivir ellos en santa paz y saber educar a sus hijos según la doctrina y ejemplos de la Santa Casa de Nazaret.

La buena armonía entre los esposos está en proporción directa a una buena educación de los hijos y ambas han de inspirarse en la comunidad de amor y de vida que realizó Jesús con María y José en Nazaret. Es de nuevo el realismo del Evangelio llevado al realismo de la vida de cada cristiano, de cada familia cristiana.

Aún podemos citar otro testimonio significativo: Manyanet coloca como lema del libro, en la misma portada, esta frase de san Pablo a Timoteo (5,8): "Si alguien no tiene cuidado de los suyos, principalmente de sus familiares, ha renegado de la fe y es peor que un infiel".

Las tajantes palabras de san Pablo indican bien claramente que el primer campo de apostolado y de compromiso de los casados es su propia familia. Y esto precisamente como una grave exigencia derivada de la fe.

Partes de libro

El libro tiene tres partes bien diferenciadas. En la primera se trata de los deberes de los padres para consigo y para con sus hijos.

En la segunda se proponen unas consideraciones sobre la educación cristiana de los hijos. Al llegar al compendio de la doctrina cristiana y a las oraciones básicas del cristiano, Manyanet lo expone de una manera muy práctica en doble columna, en catalán y castellano. Y lo introduce con esta observación:

"A fin de que los padres sepan a qué atenerse en este importante asunto y tengan más a mano aquellas cosas que deben principalmente enseñar a sus hijos en materia de doctrina cristiana (quedando la otra mayor y extensa explicación al buen celo e ilustración de los párrocos y maestros), daremos aquí un breve resumen de ella, y la pondremos en catalán y castellano para la más fácil inteligencia de los que hablan uno y otro idioma".

Por último, en la tercera parte incluye las principales "prácticas de cristiana conducta y otras oraciones y devociones piadosas", sin olvidar un apéndice con los principales cánticos piadosos más populares en su tiempo.

Su sentido pedagógico y pastoral se transparenta en cada página de esta obra, que él concibió como un verdadero libro-guía para los matrimonios cristianos, como un devocionario y un vademécum de la familia cristiana.

El padre Manyanet, mirando el ejemplo de la Sagrada Familia, pretende fundamentar la sociedad sobre el matrimonio y asegurar el fututo de la familia sobre la educación de los esposos, de los padres y de los hijos. Su punto de partida es claro —y también actual—: la dignidad del matrimonio. He aquí lo que dice sobre la dignidad del estado de casados, que considera una verdadera vocación:

"Todos los estados son buenos, y en cualquiera de ellos puede uno santificarse, con tal de que al mismo sea llamado por Dios y cumpla en él sus deberes con fidelidad (P 1, cap. 1).

Y sobre los padres, como primeros educadores de sus hijos, dice:

" La misma naturaleza indica ya que los primeros y principales educadores de la tierna juventud deben ser los propios padres, pues se ve que los hijos los imitan hasta en las mismas imperfecciones. De donde se deduce el exquisito cuidado y continuada solicitud que deben emplear los padres en la buena y cristiana crianza de los hijos" (P 2, cap. 1).

Y, para terminar, veamos qué dice sobre los padres de familia llamados a formar y presidir la familia, como iglesia doméstica:

"La paternidad es como un sacerdocio; y así como es propio del sacerdote exhortar, predicar y rogar, del mismo modo los padres de familia dentro de su casa deben ser celosos vigilantes y constantes pero prudentes predicadores. En efecto, además de ofrecerla y encomendarla de veras a Dios y con frecuencia pedir vengan sobre ella las celestiales bendiciones, deben reuniar la familia en lugar conveniente y las más veces posibles, y allí enseñarles la doctrina cristiana, inculcarles la sana moral y la práctica de las sólidas virtudes. [...] Todo esto es medio poderosísimo, mayormente si es acompañado del buen ejemplo" (P. 2, cap.2).

Fuente: José Manyanet. Profeta de la Familia. J.M. Blanquet - J. Piquer.

martes, 3 de septiembre de 2013

Enamorado de la familia, por Card. Ricard Maria Carles

"En el nuevo santo, la Sagrada Familia de Nazaret nos ha hecho el regalo de un hombre que ha descubierto en Dios la verdad inalterable y universal, la raíz de todo avance y progreso, la fuente de la verdadera justicia y la esperanza de vida y de salvación.

Un hombre enamorado de la familia. La de Dios aquí en la tierra y la de las familias de todos los hombres. Consagrado a Dios en el sacerdocio ministerial y en la vida religiosa, buscador incansable de la verdad y belleza, hizo de su vida una dedicación absoluta a la educación como medio para llegar a la formación de familias cristianas.

Su pedagogía se fundamentó en la primacía de la fe como luz que desvela el sentido profundo de la realidad. Su metodología partió siempre del ejercicio de la caridad formando el corazón y la inteligencia de los niños y jóvenes.

El Padre Manyanet quiso que, desde los colegios y parroquias, los religiosos y religiosas, hijos e hijas de la Sagrada Familia y los seglares que colaboran con ellos, nacieran nuevas familias al abrigo de una profunda contemplación del misterio de Dios.

En el futuro san José Manyanet brilló siempre la esperanza de una sociedad mejor fundamentada en la unidad y el amor de la familia.

Texto extraído de las palabras de bienvenida del cardenal Ricard Maria Carles a los peregrinos de la canonización de José Manyanet, Roma 2004.

Fuente: José Manyanet Santo. Memoria de la Canonización. Barcelona 2006.


Aportación fundamental del Santo, por el Card. Ricard Maria Carles, Arzobispo de Barcelona

¿Cuál es su aportación fundamental? El padre Manyanet es un apóstol y un profeta de la familia cristiana. Verdadero servidor de la familia, puso su objetivo en la que es siempre la mayor preocupación de toda familia: la educación de los hijos. Manyanet fue un gran educador, un hombre de gran corazón, un sacerdote de gran bondad, cuya alma recuerda la del beato Juan XXIII.

Un hombre así, estaba preparado para comprender que la cima de la pedagogía es lo que él llamaba “cultura del corazón”, la educación en auténticos valores humanos y cristianos, y que la escuela ha de tener mucho de “hogar” para ser formadora de la persona (...)

Como educador cristiano para la familia, el padre Manyanet pone los ojos en la Sagrada Familia, en los largos años de convivencia y de vida oculta de Jesús, con María y José en Nazaret. La Sagrada Familia —el mismo Hijo de Dios en su existencia humana escondida, trabajando como carpintero— fue el centro de su carisma como religioso y como educador. Recibió de Dios como un don especial para su santificación personal y para el servicio que se sintió llamado a prestar a la Iglesia, la capacidad de penetrar contemplativamente en las riquezas encerradas en la Sagrada Familia de Nazaret (...)

De la contemplación de la vida de la Sagrada Familia, el padre Manyanet extrajo un mensaje para todas las familias. Y lo plasmó en un lema que es una síntesis de su espiritualidad y de su proyecto apostólico: “Un Nazaret en cada hogar”. El centro de su espiritualidad era la Sagrada Familia, y él concibió toda su actividad y la de las dos congregaciones por él fundadas, como un servicio a la familia, y más concretamente a la familia cristiana. A uno de sus libros le quiso poner este título Preciosa Joya de Familia. En realidad, la familia era para él la “joya de la corona” y en Nazaret halló su auténtico y verdadero referente.

Resulta lógico y muy sugestivo que José Manyanet, como fruto de su sensibilidad eclesial, sintiese la necesidad de proponer la construcción de un templo expiatorio dedicado a la Sagrada Familia y que, desde los primeros momentos, aparezca vinculado a la construcción del templo, una verdadera joya del arte de la arquitectura de Gaudí, que hoy es objeto de creciente admiración e irradiación en todo el mundo. El padre Manyanet, apóstol de la Sagrada Familia y de la familia, y Antonio Gaudí, “el arquitecto de Dios”, aportan al proyecto de este gran templo dedicado a Jesús, María y José una dimensión espiritual que lo convierten además en un mensaje vivo para las familias.

Es significativo que, en el año 1909, junto al templo, diseñada por Gaudí, surgiera también una escuela, como expresión de la preocupación social, unida al templo gaudiano. Y es muy revelador que, según cuentan los expertos, el genio de Gaudí diera diera a la planta de las tres aulas de dicha escuela una formas curvas que recuerdan el corazón humano, el corazón de Jesús, María y José. Nuestro buen padre Manyanet no pudo ver en este mundo esta plasmación arquitectónica de su carisma, porque falleció en el año 1901. Sin embargo, hoy comprendemos que Gaudí, traduciendo la dimensión social inherente al templo desde sus inicios, plasmó en su arte tres realidades que son el carisma y la vida misma de José Manyanet: la Sagrada Familia, la familia y la educación. Y todo enmarcado en lo que Juan Pablo II denominó en la misa de su beatificación “la pedagogía del Evangelio de Nazaret”, o la “cultura del corazón”, como enseña el padre Manyanet, porque las grandes opciones y decisiones se toman no sólo después de una seria reflexión, sino en el nivel más profundo de la persona que llamamos corazón. Y la educación a este nivel es integradora de toda la persona y le capacita para comprender el sentido de su vida y de su vocación. La pedagogía del padre Manyanet se inspira en el hogar de Nazaret y tiende a educar para la familia y con la familia.

Hay un último aspecto en la vida del padre Manyanet que me parece de justicia destacar porque le honra a él y a sus hijos e hijas espirituales y a toda la Iglesia de Dios que peregrina en esta su tierra natal de Cataluña. Me refiero a su sentido social. Él quiso fundar colegios sobre todo para los hijos de las familias pobres, para las clases obreras o populares. Por eso nunca cerró las puertas de sus colegios a los alumnos que carecían de medios económicos. Decía: “Los ricos tienen colegios para educar a sus hijos; hagamos colegios para educa e instruir a los hijos de los obreros”. En esta misma ciudad de Barcelona entró en contacto con varias asociaciones benéficas a favor de las clases más desfavorecidas, y colaboró, entre otras, con la Junta Diocesana de Enseñanza, la Juventud Católica, la Asociación de Católicos, la Junta de Asilo Naval Español, etc. Para los hijos de las familias trabajadoras no sólo abrió colegios de enseñanza sino también las escuelas talleres de la Sagrada Familia, centros de formación profesional y de firme amor al trabajo.

Solo me resta destacar la actualidad y la urgencia de la pastoral de la familia en las preocupaciones de la Iglesia actual y la singular aportación que en este sentido representa la vida y la obra de José Manyanet. Es conocida la constante solicitud de Juan Pablo II por la familia, a la que ha dedicado desvelos, iniciativas (...) y numerosos documentos. El futuro de la Iglesia y de la sociedad depende en gran parte de la salud de la familia, que el Concilio Vaticano II definió como una verdadera “iglesia doméstica”. Cuando toda la Iglesia vive esta preocupación prioritaria por la familia, considero que es un hecho providencial la canonización de este sacerdote de nuestras tierras que con toda justicia es calificado en el libro que presento al lector como “profeta de la familia”.

La Iglesia, al declararlo santo, no sólo valida su vida, su magisterio y su misión al servicio de la familia sino que nos lo presenta como su intercesor. Es un maestro pero sobre todo un abogado para nuestras familias. Deseo que, por su ayuda e intercesión, todas las familias vuelvan su mirada hacia Nazaret y aprendan la vida sencilla, laboriosa y cordial de la Santa Familia.

Introducción del Cardenal Ricard Maria Carles en la presentación del libro José Manyanet, Profeta de la familia (J.M. Blanquet - J. Piquer, Claret. Barcelona 2004).

Profeta para las familias, por el Card. Ricard Maria Carles

El reconocimiento de la santidad de san José Manyanet no solo representa la presencia de un nuevo intercesor para las familias sino también un estilo de vida santa inspirado en la Sagrada Familia de Nazaret.

Con la inspiración del nuevo santo el gran arquitecto Antonio Gaudí hizo en Barcelona el proyecto de un gran templo en honor de la Sagrada Familia. Un gran templo que pienso que será la gran catedral de Europa del siglo XXI (...)

Creo que esta canonización es también un gran monumento a las familias, que ha querido dar a la Iglesia y al mundo, nuestro buen papa Juan Pablo II. Esta canonización la veo como una respuesta del Espíritu Santo a las necesidades actuales de la famila.

Por eso, os invito brevemente, iluminados por las lecturas de esta misa, a adentrarnos un poco en el mensaje del nuevo santo.

Un profeta para las familias

En cuanto a la primera lectura, pienso que es un profeta para las familias. El Padre Manyanet nos aparece ahora —elevado a los altares— como un nuevo Abraham, un patriarca y un abogado de la familia, una bendición para las familias de nuestra tierra y de todo el mundo.

José Manyanet vivió la verdadera vocación de Abraham. También nuestro santo escuchó en su conciencia la voz de Dios que le decía: “Vete de tu tierra y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré...”

Manyanet no tuvo que dejar patria, pero sí dejó una vida tranquila y serena, e incluso una prometedora carrera eclesiástica en su Tremp natal, y en su estimada diócesis de Urgel, en la que era un muy estimado colaborador del obispo José Caixal. Dejó esa vida que podía haber sido segura y con compensaciones humanas para afrontar un aventura: la de fundar dos congregaciones religiosas al servicio de la educación de la infancia y de la juventud.

Su trasladó a Barcelona y los primeros tiempos de ambas instituciones, le produjeron no pocos sinsabores, dudas, disgustos, sufrimientos físicos y morales...

Pero Dios fue fiel con Abraham y también lo ha sido con san José Manyanet. En él se ha cumplido —y ahora se cumple plenamente con su canonización— la promesa de Dios a Abraham: “Te bendeciré, engrandeceré tu nombre y será una bendición...” (...) Sois todos vosotros esta bendición de Dios a la Iglesia y al mundo por medio del nuevo santo, sobre todo los religiosos y religiosas de sus dos congregaciones, y las familias cristianas que amáis y crecéis cada día en vuestra vocación de ser santos en el matrimonio y la familia.

“En ti —dice Dios a Abraham— serán bendecidas todas las familias de la tierra” (...) Esto es también realidad en el Padre Manyanet: en él son bendecidas todas las familias de la tierra (...)

Manyanet, hombre de experiencia mística y de silencio interior

Manyanet fue también un hombre de experiencia mística y de vida interior, y con esto vuelvo a la segunda lectura. Esta misión no la improvisó san José Manyanet. Por eso al nuevo santo le podemos aplicar también las palabras de la segunda lectura.

El apóstol Juan tuvo una gran experiencia del misterio de Jesús (...): “Lo que existía en el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto... lo que contemplamos, lo que tocaron nuestras manos, lo que se manifestó y de lo que os damos testimonio”... El apóstol anuncia su experiencia, vivida en la cercanía del Señor y después nos dice que hemos de dar testimonio (...) Y yo bendigo a Dios porque vosotros y vosotras, los hijos religiosos de san José Manyanet vivís esa misma experiencia.

San José Manyanet vive una experiencia semejante a la de los apóstoles aunque la vive 19 siglos más tarde. El centro de su experiencia mística es también el Verbo encarnado pero en la vida oculta, en la vida de la Sagrada Familia de Nazaret.

Y de aquí arranca el que será su carisma, ahora oficialmente reconocido y propuesto de manera solemne a toda la Iglesia. De la contemplación de la vida de la Sagrada Familia, san José Manyanet extrajo un mensaje para todas las familias. Y lo plasmó en un lema que es una síntesis de toda su espiritualidad: “Un Nazaret en cada hogar”.

La Sagrada Familia de Nazaret fue el centro de su espiritualidad y de ahí arranca también su carisma: presentar el modelo de la Sagrada Familia a todas las familias, principalmente mediante educación e instrucción de los niños y de los jóvenes, con la colaboración de los padres y madres.

En la contemplación de la Sagrada Familia descubrió el designio de Dios sobre la familia, un designio que no cambia, porque no es obra de los hombres sino de Dios (...)

No he dicho nada del silencio interior, pero solo aludiré a su etapa de desierto, de san José Manyanet, al silencio de los que su hijos e hijas llamáis con toda razón: la meditación en “las largas noches oscuras” por las que tuvo que pasar a lo largo de su peregrinación terrenal. Pero como ha dicho un gran teólogo actual que a la vez es un místico, “cuando los místicos tuvieron conciencia de la noche del espíritu, es porque tenían conciencia del día esplendoroso del Espíritu”. Para quien no hubiera visto nunca un día, la noche le parecería lo habitual. Cuando ellos sufrían y se lamentaban, y ofrecían a Dios esa añoranza de la luz, es porque ya la habían conocido. Eso le pasaba a san José Manyanet.

Acabo con una reflexión sobre el evangelio que hemos escuchado. Por encima del parentesco de sangre, Jesús exalta el parentesco del Espíritu. “¿Quién es mi madre y mis hermanos?” “Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dice: Estos son mis hermanos y mi madre. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (...) Es la familia espiritual de Jesús. Es la Iglesia en ciernes. Eso buscó san José Manyanet. Demos gracias a Dios por habernos dado a san José Manyanet, este profeta y abogado de la familia. Él es maestro, abogado e intercesor de las familias cristianas.

Texto extraído de las palabras de la homilía del cardenal Ricard Maria Carles durante la misa de acción de gracias por la canonización de José Manyanet, Roma 2004.

Fuente: José Manyanet Santo. Memoria de la Canonización. Barcelona 2006.


lunes, 2 de septiembre de 2013

La cultura del corazón y del intelecto, por Josep Roca, S.F.

José Manyanet consideró que el medio más adecuado para la formación de las familias cristianas era la educación e instrucción católica de los niños y los jóvenes.

Resume su programa pedagógico y sus objetivos en esta doble vertiente: "La cultura del corazón y el intelecto".

Escribe en 1889: "La educación e instrucción sólidamente católica de la juventud es el medio más apto, más sencillo y práctico para reformar la familia y con ella la sociedad".

Es necesario, por esta razón, llegar a conocer a fondo el corazón del niño: "No se puede olvidar —recuerda— que el corazón del niño es como un pedazo de cera blanda en el que se puede imprimir con facilidad una imagen. ¡ Feliz aquel que consigue que la primera figura imprimida en estos corazones tiernos de la juventud sea la de Jesús, nuestro Redentor!"

Su pedagogía se caracteriza por un estilo familiar y el desarrollo de la afectividad, que supone acogida, aceptación, constancia, exigencia, paciencia y afecto.

Con la cultura del corazón, se tiene que buscar la cultura del intelecto, es decir, conseguir una instrucción sólida y orgánica, porque un intelecto bien formado es capaz de buscar la verdad, que es única, porque tanto la verdad científica como la de la fe, provienen de Dios, el creador de todas las cosas.

Los alumnos bien formados son capaces de dar razón de la propia fe y formular una respuesta verídica a los interrogantes de la vida y del mundo.

Esta educación e instrucción, con la colaboración de los padres, adiestra a los alumnos para un futuro provechoso, los capacita para una opción responsable en la vida y les ofrece una preparación remota en el momento de tomar estado.

Por este motivo, los educadores tienen que estar bien fundamentados en la ciencia, el estudio y la oración, ser celosos de la gloria de Dios y de la santificación de las personas, obrar con rectitud de intención, ser testigos antes que maestros e imitar a María y José en la solicitud por educar a su hijo Jesús, es decir, estar investidos de la paternidad espiritual y considerar a los alumnos como "hijos del gran Rey".

El primer colegio que fundó fue el de San José, en Tremp (1864). En 1874 estableció a las religiosas en Talarn. A partir de 1876, se traslado con algunos religiosos a Barcelona y en años sucesivos recibió la dirección de diversas escuelas y colegios en el distrito de Ciutat Vella.

El colegio Jesús, María y José, de Sant Andreu de Palomar (1877) fue su residencia habitual y el centro de expansión, por esto es considerado la casa madre del instituto. Su actividad fue extraordinaria y las fundaciones se sucedieron sin interrupción, casi una por año.

Mayormente situaba las obras en barriadas populares o de la periferia con carencias educativas. Tenía predilección por los más pobres, "porque los ricos ya tienen sus colegios".

Fuente: San José Mañanet, profeta de la familia, por Josep Roca (2007).