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jueves, 5 de septiembre de 2013

Motivación frente a castigo, por Sergio Cimignoli, S.F.

José Manyanet está convencido de que es siempre mejor recurrir a una santa y noble motivación que castigar: "Nuestro método de educar y de enseñar se debe distinguir justo por esto: saber entretener y animar a los niños sin castigarlos o castigándolos poco... Cuando mejor es la educación, menos tiene necesidad de castigar; cuanto menos frecuentes son los castigos, tanto son más eficaces".

Si el castigo fuera necesario, sea dirigido a corregir los comportamientos equivocados y no a humillar a la persona: "Cuando hay que reprender a alguien es necesario huir de las palabras humillantes y mordaces, evitando cualquier tipo de exageración".

Pero cuando el castigo llega a estar justificado, es necesario tener el coraje de castigar: "Un castigo justo no es odio, sino un acto de verdadero amor.

Es mejor castigar que permitir la perdición temporal y eterna de uno mismo. Demasiada compasión es debilidad y la debilidad es altamente perjudicial para los niños...

Es mejor castigar cuando los niños son muy pequeños, después la edad, si se está atento, perfecciona las cosas por sí mismas".

El educador "no se tiene que mostrar nunca enfadado, irritado, colérico o amigo de los castigos...

Nunca castigos con rigor y mucho menos con golpes.

La penitencia ha de servir de estímulo y no para mortificar...

Para que el castigo sea eficaz es necesario darle el justo valor: ha de ser un castigo equilibrado y proporcionado...

A los castigos dados con demasiada frecuencia y de un modo indiscriminado, los niños se acostumbrarán y estos perderán eficacia".

Pedagogía familiar, Sergio Cimignoli, S.F.

La pedagogía de José Manyanet tiene un nombre significativo: pedagogía familiar. No solo porque en sus escuelas se respira un clima de acogida familiar, sino porque implica, en la realización de su proyecto a una gran familia, toda la familia.

Los padres, primeros y principales educadores

Implica a las familias, porque son el ámbito natural del crecimiento y la educación de los hijos:

"La naturaleza misma indica que los primeros y principales educadores de los pequeños deben ser los padres. Los hijos tienen tendencia a imitarles incluso en las imperfecciones. De esto se deduce el cuidado atento y la solicitud continua que deben tener los padres por una buena y cristiana educación de los hijos".

Los padres sigan y dirijan a los hijos sin renunciar nunca a su deber de autoridad que anima a esforzarse y a vencer la pereza, sabe ir contra corriente y, cuando es necesario, corrige:

"Es importante que los hijos vean en nosotros decisión y convicción en la transmisión de los valores en los que creemos. Los padres no se desanimen frente a las dificultades de un hijo que no quiere aceptar los consejos y avisos. Tengan confianza en Dios y confíen que el tarde o temprano hará fructuosos sus esfuerzos".

José Manyanet sabe que las madres tienen un papel decisivo en la educación:

"Madres educad a vuestros hijos. Este alimento espiritual es tan importante para vosotras y para vuestros hijos como el físico. ¡Oh madres! Educad vosotras mismas a vuestros hijos, durante el mayor tiempo posible".

Aquello que se recibe en la infancia, cuando no se tiene pleno conocimiento con la mente pero el corazón ya es capaz de asimilar, incide de un modo significativo en toda la vida, por ello los padres, "deberían comenzar la enseñanza justo cuando los niños aprenden a repetir las primeras palabras, sobre todo las madres mientras les visten y desnudan. Es entonces cuando se incide más en sus tiernas mentes y en sus cándidos corazones las cosas que se les dicen y enseñan. No solo, sino que permanecerá en ellos la persuasión de la bondad y necesidad de aquellas cosas relacionándolas con el hecho de que quien se las comunicaba en aquel momento les amaba mucho y les acariciaba".

Los padres no pueden delegar enteramente la educación a la escuela. No es suficiente enviar a los hijos a la escuela:

"Después de los padres, vienen en este campo los sacerdotes y los maestros. Nótese que decimos 'después de los padres', para que estos comprendan que no están dispensados de sus obligaciones por el simple hecho de enviar a sus hijos al catecismo parroquial o a la escuela, sino que, además de la enseñanza impartida en casa por ellos, deben reconocer con solicitud sincera, si realmente asisten a la explicación hecha por el sacerdote, su frecuentan puntual y constantemente la escuela".

José Manyanet subraya a menudo que su obra nace como una ayuda para la familia, no para sustituirla. Ya en sus apuntes, que explican los objetivos del primer colegio abierto en Barcelona, escribe:

"Una instrucción sólidamente religiosa y una educación paternal, fina y esmerada, acompañada de una vigilancia nunca interrumpida, sin las más firmes garantías que podemos ofrecer a los padres que deseen educar a sus hijos según los principios de la fe y de la moral católicas".

Por lo tanto, los primeros educadores de los hijos son los padres, por eso las escuelas fundadas por José Manyanet prevén la escuela de padres, para que ellos, siendo buenos esposos, puedan cumplir de la mejor manera sus responsabilidad educativa.

Implica a la Sagrada Familia

Ella es el modelo para imitar. Nazaret es la escuela predilecta de José Manyanet y querría que fuese una escuela para todos.

La Sagrada Familia es la fuente de su inspiración. Contemplando la casa de Nazaret donde Jesús crece en sabiduría, edad y gracia, acompañado por María y José, Manyanet encuentra la clave para toda educación plenamente humana: el amor incondicional y total por los niños y los jóvenes.

Sus escuelas deberán inspirarse y serán un compendio de Nazaret: familia, donde se modela a la persona en todas sus dimensiones; taller, donde se trabaja y se crea; escuela, donde se ofrece a los niños una síntesis de fe, cultura y vida.

Implica a la familia de los hijos de Dios: 
la Iglesia, familia de familias

Josep Manyanet amó a la Iglesia y buscó entusiasmar a los jóvenes para que vivieran felices su pertenencia a esta gran familia.

Implica a la familia de Dios: 
la Trinidad, de la cual proviene la idea de familia

Dios es el eterno educador del hombre. "Nosotros como educadores somos colaboradores de Dios". Él ha puesto en el hombre una profunda nostalgia de Sí, por lo que el corazón del hombre está inquieto hasta que no se llene de la presencia de Dios. Esta intuición de san Agustín, Manyanet la explica con una imagen original:

"Dios quiere principalmente el corazón del hombre al que creó para que lo amara, y en este amor no admite ninguna competencia. Como la aguja magnetizada de la brújula tiembla y no se para hasta que no encuentra el norte, que es su centro, así el corazón del hombre vive inquieto y agitado mientras va a la búsqueda de otras cosas fuera de Dios, que debe ser siempre y en todo su último fin".

Cuando Dios está en el centro del corazón del hombre, él es capaz de cultivar la buenas relaciones con los otros.

Dios ha puesto en el ánimo del hombre y en su mente una profunda sed de verdad y una llamada fuerte al conocimiento, pero "considérese que las ciencias no pueden encontrar la unidad sino en el seno de una idea superior, la idea de Dios. La ciencia de Dios es la idea madre que dirige, coordina y vivifica todas las otras".

La familia, el objeto de su misión, por Sergio Cimignoli, S.F.

Si el amor no es dado se estanca, si se da con generosidad fluye como agua limpia dando frescor y produciendo abundantes frutos de vida.

José Manyanet no vivió su amor a la Sagrada Familia como una experiencia exclusiva de su intimidad sino que la volcó a todas las familias. Él entendió, desde su experiencia personal, que solo la familia puede satisfacer las experiencias más profundas de cualquier ser humano: nacer y crecer en un ambiente en que se es amado y reconocido; en el que se vence la soledad y se experimenta la pertenencia, viviendo con compromiso la relación con Dios y con los otros.

Confirmó que la familia no es una invención humana sino divina y que el rechazo de la misma daña al propio hombre. Este rechazo es el origen de la "multitud de males que afligen a la sociedad".

La familia es un bien social, punto de unión entre el individuo y la sociedad, patrimonio de toda la humanidad.

La familia, objetivo de su misión

Su carisma, la finalidad de su obra, es la formación de familias cristianas y el medio privilegiado es la educación e instrucción de los niños y los jóvenes:

"La educación e instrucción sólidamente católica de toda la juventud puesta en manos de sacerdotes y estos religiosos ad hoc llamados por Dios, es, a mi pobre entender, el medio más apto, más sencillo y práctico para reformar la familia y con ella la sociedad".

Escribía:

"Quisiera el cielo que muchos padres entendieran la grandeza de su ministerio y el poderoso influjo que tienen sobre el futuro de la sociedad... Si sus decisiones no siguieran la moda, dejándose fascinar por falsas pretensiones de grandeza o de carrera para sus hijos, sino que comprendieran la sublime misión que tienen encomendada de hacer presente la paternidad de Dios en medio de los hombres, entonces su casa llegaría a ser verdaderamente una morada de paz y bendición".

Así la familia se convierte en un lugar en el que se pregustan las realidades del cielo. En el cuidado atento de las relaciones y en el respeto recíproco se pueden crear los presupuestos para afirmar que se toca el cielo con el dedo. Según Josep Manyanet, en esto es determinante el rol de la mujer:

"Si ella une a todas sus cualidades, un rostro sonriente capaz de apaciguar la rabia; maneras tranquilizadoras que inviten a la paz y a una actitud de ternura y acogedora para el marido, para los hijos y para aquellos a quienes puede ser útil, ella pone las condiciones para crear un ambiente feliz en la tierra que llega a ser anuncio de felicidad y de gloria eterna en el cielo".

La familia en el pensamiento de José Manyanet, por Josep Roca, S.F.

En la lectura atenta del evangelio, sobre todo contemplando los años de vida familiar de Jesús, María y José, José Manyanet encontró la perla preciosa de su vida.

En Nazaret descubrió el hogar de la santa familia, el templo donde habitaba el Hijo de Dios entre nosotros y la escuela del Evangelio. En su visita espiritual a Nazaret profundizaba en el misterio del amor de Dios que se revela en la sencillez de la vida cotidiana.

De esta contemplación, que recomendó a sus hijos e hijas espirituales, manaba una fuente de agua clara que saciaba la sed de su corazón y lo movía a encarnar este misterio en su vida y en su apostolado.

De sus escritos, sobre todo de las obras principales:

La Escuela de Nazaret y Casa de la Sagrada Familia (1895),
El Espíritu de la Sagrada Familia (1897),
Preciosa Joya de Familia (1899),

y de su abundante correspondencia se puede extraer como un cuerpo doctrinal, que podríamos resumir en esta especie de decálogo:

1. La familia proviene de Dios
Dios, que en su interior conforma entre las personas divinas la familia trinitaria, en el principio creó hombre y mujer a su imagen y semejanza y los llamó a formar familia.

2. El matrimonio tiene un carácter sagrado
El matrimonio es el origen de la familia. Cristo dice que así lo estableció Dios desde el principio. No es, por tanto, un simple invento de los hombres. Por esto es necesario prepararse bien para recibirlo y defender su dignidad.

3. El matrimonio cristiano es un sacramento
Cristo elevó la unión del hombre y la mujer a la dignidad de sacramento, es decir, de signo de la vida de Cristo en unión con su cuerpo que es la Iglesia.

Dios celebra las bodas de la humanidad a través de la encarnación que se sella en la cruz, en la que nace la nueva humanidad del costado de Cristo. El matrimonio expresa de una forma sacramental este misterio: "Este misterio es grande: yo entiendo que se refiere a Cristo y a la Iglesia" (Ef 5,32).

4. El fruto más valioso del matrimonio son los hijos
La vida viene de Dios pero se transmite de generación en generación con la colaboración de los padres. Los hijos son el mejor regalo que Dios puede hacerles y tienen que acogerlos con alegría, por encima de cualquier otro motivo o interés. Su primera responsabilidad es educarlos y acompañarlos hacia la plenitud humana.

5. El matrimonio tiene sus reglas de juego y sus deberes
Los esposos deben aceptarse con júbilo, respetarse, dialogar, tener confianza mutua. Deben complacerse y compartir las alegrías y las tristezas.

6. El amor es el gran valor que da calidad a la vida matrimonial y familiar
El amor viene de Dios y la familia es una depositaria calificada de ese amor. Tiene que recibirlo y cultivarlo con cuidado. El amor tiene que ser de palabra y de corazón, pero sobre todo, de obra.

7. Las manifestaciones del amor
Las manifestaciones del amor son la aceptación mutua y, en consecuencia, la paz y la concordia familiar
La paz y la armonía de los padres entre ellos y con los hijos es fundamental y la condición para la felicidad familiar y para la edificación de la sociedad.

8. En la familia los padres son como sacerdotes
La paternidad es como un sacerdocio; y así como es propio del sacerdote exhortar, predicar y orar, igualmente los padres de familia, en su casa, tienen que ser celosos, vigilantes y constantes, aunque prudentes predicadores, con la palabra y el buen ejemplo.

9. La familia es la célula primera de la sociedad
La buena salud de la familia repercute directamente en la buena armonía y funcionamiento de la sociedad. En cambio, de una familia enferma, del desorden y de los antagonismos familiares provienen individuos débiles y conflictivos que exigen costosos recursos de rehabilitación.

10. El icono de la Sagrada Familia, Trinidad de la tierra, es una imagen de la familia querida por Dios
La contemplación de la familia de Nazaret nos introduce en el misterio de la vida trinitaria. Los padres y los hijos encuentran en ella el modelo de su vida familiar y una ayuda permanente para conseguirlo.

Fuente: San José Mañanet, profeta de la familia, por Josep Roca, S.F. (2007).

Nazaret, un carisma para la Iglesia, por Sergio Cimignoli, S.F.

Sin un amor no se puede vivir. Cada uno de nosotros vive un tiempo especial en el que nace y crece dentro del propio corazón el amor que marca para siempre la vida y sus decisiones.

José Manyanet desde joven se sintió fascinado por la devoción a María. Por el nombre que llevaba, sintió una simpatía particular por san José y, ellos, María y José, le llevaron a Jesús. Se encontró siendo uno de casa en Nazaret: un hijo que gozaba de la intimidad de la Sagrada Familia.

Poco a poco esto llegó a ser su gran amor, el centro y el punto de apoyo que movió toda su vida: "Experimentando espiritualmente la intimidad de vida con Jesús, María y José, llegó a ser hijo, testigo y apóstol del misterio de la Sagrada Familia" (Juan Pablo II).

Nazaret llegó a ser también el carisma y la espiritualidad que él dejó a la Iglesia: entender hasta el fondo el realismo de la encarnación del Hijo de Dios que realiza la redención de la humanidad en el seno y con la ayuda de la familia humana.

Juan Pablo II en la Carta a las familias escribe: "En el misterio de la Sagrada Familia el Esposo divino realiza la redención de todas las familias y proclama el Evangelio de la familia".

José Manyanet, descubierta la riqueza de la casa de Nazaret, se enamoró y vivió establemente en él contemplando y escuchando con el corazón aquello que, poco a poco, Jesús, María y José le sugerían para estar de modo concreto al servicio de los jóvenes y de las familias.

Él ofreció su vida para que la Sagrada Familia fuera un punto de referencia para todo cristiano, para todas las familias, para las comunidades religiosas, para la Iglesia y para la sociedad.

En sus escritos se presenta convencido de que cualquiera que se acerca, con ánimo libre, a este misterio fácilmente se enamora de él.

No es una devoción cualquiera, sino el camino más breve y sencillo para acercarse a la verdad y a la intimidad más profunda con Dios-Trinidad del cielo. La Trinidad de la tierra (así llama a menudo a la Sagrada Familia) es un enganche intermedio necesario para llegar a las alturas de Dios y a la profundad de su misterio. Pero no nos deja en suspenso, nos empuja a seguir a Jesús en la concreción y sencillez de la vida de todos los días.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Aprendiendo a amar a Dios y a los demás, por M. Edith Gutiérrez, M.N.

“El ejemplo de José Manyanet nos da una confianza inquebrantable en la fe y nos anima a construir una sociedad más justa y fraterna. José Manyanet estaba profundamente convencido de que la vida cristiana entraña una misión y un apostolado: ser familia al estilo de la Familia de Nazaret.

Amó apasionadamente a las familias, con un amor redentor. Su mensaje tiene numerosas implicaciones fecundas para la misión evangelizadora de la Iglesia: aprender a amar a Dios y a los demás “desde dentro”, desde el cariño y la entrega de unos padres, primeros maestros de vida; fomentar la promoción personal para transformar el mundo como sueña Dios, educar desde la inteligencia y el corazón para hacer personas libres, buenas y comprometidas. Este sacerdote santo enseñó que Cristo debe ser la cumbre de toda actividad humana y que siempre está con nosotros. Su mensaje nos impulsa a actuar en lugares donde se está forjando el futuro de la sociedad.

Texto extraído de la presentación del acto de acogida por parte de los superiores generales a los peregrinos que fueron a la canonización de José Manyanet. Auditorium Pio, Roma 2004.

Fuente: José Manyanet Santo. Memoria de la Canonización. Barcelona 2006.