SAN JOSÉ MANYANET Y VIVES llevó a cabo una admirable actividad apostólica en favor de la promoción del matrimonio y de la familia cristiana, principalmente con la predicación, escribiendo libros, abriendo escuelas, colegios y centros de pastoral para la formación de los padres y de los hijos, especialmente de los más necesitados. JUAN PABLO II
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domingo, 13 de diciembre de 2015
jueves, 5 de septiembre de 2013
Motivación frente a castigo, por Sergio Cimignoli, S.F.
José Manyanet está convencido de que es siempre mejor recurrir a una santa y noble motivación que castigar: "Nuestro método de educar y de enseñar se debe distinguir justo por esto: saber entretener y animar a los niños sin castigarlos o castigándolos poco... Cuando mejor es la educación, menos tiene necesidad de castigar; cuanto menos frecuentes son los castigos, tanto son más eficaces".
Si el castigo fuera necesario, sea dirigido a corregir los comportamientos equivocados y no a humillar a la persona: "Cuando hay que reprender a alguien es necesario huir de las palabras humillantes y mordaces, evitando cualquier tipo de exageración".
Pero cuando el castigo llega a estar justificado, es necesario tener el coraje de castigar: "Un castigo justo no es odio, sino un acto de verdadero amor.
Es mejor castigar que permitir la perdición temporal y eterna de uno mismo. Demasiada compasión es debilidad y la debilidad es altamente perjudicial para los niños...
Es mejor castigar cuando los niños son muy pequeños, después la edad, si se está atento, perfecciona las cosas por sí mismas".
El educador "no se tiene que mostrar nunca enfadado, irritado, colérico o amigo de los castigos...
Nunca castigos con rigor y mucho menos con golpes.
La penitencia ha de servir de estímulo y no para mortificar...
Para que el castigo sea eficaz es necesario darle el justo valor: ha de ser un castigo equilibrado y proporcionado...
A los castigos dados con demasiada frecuencia y de un modo indiscriminado, los niños se acostumbrarán y estos perderán eficacia".
Si el castigo fuera necesario, sea dirigido a corregir los comportamientos equivocados y no a humillar a la persona: "Cuando hay que reprender a alguien es necesario huir de las palabras humillantes y mordaces, evitando cualquier tipo de exageración".
Pero cuando el castigo llega a estar justificado, es necesario tener el coraje de castigar: "Un castigo justo no es odio, sino un acto de verdadero amor.
Es mejor castigar que permitir la perdición temporal y eterna de uno mismo. Demasiada compasión es debilidad y la debilidad es altamente perjudicial para los niños...
Es mejor castigar cuando los niños son muy pequeños, después la edad, si se está atento, perfecciona las cosas por sí mismas".
El educador "no se tiene que mostrar nunca enfadado, irritado, colérico o amigo de los castigos...
Nunca castigos con rigor y mucho menos con golpes.
La penitencia ha de servir de estímulo y no para mortificar...
Para que el castigo sea eficaz es necesario darle el justo valor: ha de ser un castigo equilibrado y proporcionado...
A los castigos dados con demasiada frecuencia y de un modo indiscriminado, los niños se acostumbrarán y estos perderán eficacia".
Pedagogía familiar, Sergio Cimignoli, S.F.
La pedagogía de José Manyanet tiene un nombre significativo: pedagogía familiar. No solo porque en sus escuelas se respira un clima de acogida familiar, sino porque implica, en la realización de su proyecto a una gran familia, toda la familia.
Los padres, primeros y principales educadores
Implica a las familias, porque son el ámbito natural del crecimiento y la educación de los hijos:
"La naturaleza misma indica que los primeros y principales educadores de los pequeños deben ser los padres. Los hijos tienen tendencia a imitarles incluso en las imperfecciones. De esto se deduce el cuidado atento y la solicitud continua que deben tener los padres por una buena y cristiana educación de los hijos".
Los padres sigan y dirijan a los hijos sin renunciar nunca a su deber de autoridad que anima a esforzarse y a vencer la pereza, sabe ir contra corriente y, cuando es necesario, corrige:
"Es importante que los hijos vean en nosotros decisión y convicción en la transmisión de los valores en los que creemos. Los padres no se desanimen frente a las dificultades de un hijo que no quiere aceptar los consejos y avisos. Tengan confianza en Dios y confíen que el tarde o temprano hará fructuosos sus esfuerzos".
José Manyanet sabe que las madres tienen un papel decisivo en la educación:
"Madres educad a vuestros hijos. Este alimento espiritual es tan importante para vosotras y para vuestros hijos como el físico. ¡Oh madres! Educad vosotras mismas a vuestros hijos, durante el mayor tiempo posible".
Aquello que se recibe en la infancia, cuando no se tiene pleno conocimiento con la mente pero el corazón ya es capaz de asimilar, incide de un modo significativo en toda la vida, por ello los padres, "deberían comenzar la enseñanza justo cuando los niños aprenden a repetir las primeras palabras, sobre todo las madres mientras les visten y desnudan. Es entonces cuando se incide más en sus tiernas mentes y en sus cándidos corazones las cosas que se les dicen y enseñan. No solo, sino que permanecerá en ellos la persuasión de la bondad y necesidad de aquellas cosas relacionándolas con el hecho de que quien se las comunicaba en aquel momento les amaba mucho y les acariciaba".
Los padres no pueden delegar enteramente la educación a la escuela. No es suficiente enviar a los hijos a la escuela:
"Después de los padres, vienen en este campo los sacerdotes y los maestros. Nótese que decimos 'después de los padres', para que estos comprendan que no están dispensados de sus obligaciones por el simple hecho de enviar a sus hijos al catecismo parroquial o a la escuela, sino que, además de la enseñanza impartida en casa por ellos, deben reconocer con solicitud sincera, si realmente asisten a la explicación hecha por el sacerdote, su frecuentan puntual y constantemente la escuela".
José Manyanet subraya a menudo que su obra nace como una ayuda para la familia, no para sustituirla. Ya en sus apuntes, que explican los objetivos del primer colegio abierto en Barcelona, escribe:
"Una instrucción sólidamente religiosa y una educación paternal, fina y esmerada, acompañada de una vigilancia nunca interrumpida, sin las más firmes garantías que podemos ofrecer a los padres que deseen educar a sus hijos según los principios de la fe y de la moral católicas".
Por lo tanto, los primeros educadores de los hijos son los padres, por eso las escuelas fundadas por José Manyanet prevén la escuela de padres, para que ellos, siendo buenos esposos, puedan cumplir de la mejor manera sus responsabilidad educativa.
Implica a la Sagrada Familia
Ella es el modelo para imitar. Nazaret es la escuela predilecta de José Manyanet y querría que fuese una escuela para todos.
La Sagrada Familia es la fuente de su inspiración. Contemplando la casa de Nazaret donde Jesús crece en sabiduría, edad y gracia, acompañado por María y José, Manyanet encuentra la clave para toda educación plenamente humana: el amor incondicional y total por los niños y los jóvenes.
Sus escuelas deberán inspirarse y serán un compendio de Nazaret: familia, donde se modela a la persona en todas sus dimensiones; taller, donde se trabaja y se crea; escuela, donde se ofrece a los niños una síntesis de fe, cultura y vida.
Implica a la familia de los hijos de Dios:
la Iglesia, familia de familias
Josep Manyanet amó a la Iglesia y buscó entusiasmar a los jóvenes para que vivieran felices su pertenencia a esta gran familia.
Implica a la familia de Dios:
la Trinidad, de la cual proviene la idea de familia
Dios es el eterno educador del hombre. "Nosotros como educadores somos colaboradores de Dios". Él ha puesto en el hombre una profunda nostalgia de Sí, por lo que el corazón del hombre está inquieto hasta que no se llene de la presencia de Dios. Esta intuición de san Agustín, Manyanet la explica con una imagen original:
"Dios quiere principalmente el corazón del hombre al que creó para que lo amara, y en este amor no admite ninguna competencia. Como la aguja magnetizada de la brújula tiembla y no se para hasta que no encuentra el norte, que es su centro, así el corazón del hombre vive inquieto y agitado mientras va a la búsqueda de otras cosas fuera de Dios, que debe ser siempre y en todo su último fin".
Cuando Dios está en el centro del corazón del hombre, él es capaz de cultivar la buenas relaciones con los otros.
Dios ha puesto en el ánimo del hombre y en su mente una profunda sed de verdad y una llamada fuerte al conocimiento, pero "considérese que las ciencias no pueden encontrar la unidad sino en el seno de una idea superior, la idea de Dios. La ciencia de Dios es la idea madre que dirige, coordina y vivifica todas las otras".
Los padres, primeros y principales educadores
Implica a las familias, porque son el ámbito natural del crecimiento y la educación de los hijos:
"La naturaleza misma indica que los primeros y principales educadores de los pequeños deben ser los padres. Los hijos tienen tendencia a imitarles incluso en las imperfecciones. De esto se deduce el cuidado atento y la solicitud continua que deben tener los padres por una buena y cristiana educación de los hijos".
Los padres sigan y dirijan a los hijos sin renunciar nunca a su deber de autoridad que anima a esforzarse y a vencer la pereza, sabe ir contra corriente y, cuando es necesario, corrige:
"Es importante que los hijos vean en nosotros decisión y convicción en la transmisión de los valores en los que creemos. Los padres no se desanimen frente a las dificultades de un hijo que no quiere aceptar los consejos y avisos. Tengan confianza en Dios y confíen que el tarde o temprano hará fructuosos sus esfuerzos".
José Manyanet sabe que las madres tienen un papel decisivo en la educación:
"Madres educad a vuestros hijos. Este alimento espiritual es tan importante para vosotras y para vuestros hijos como el físico. ¡Oh madres! Educad vosotras mismas a vuestros hijos, durante el mayor tiempo posible".
Aquello que se recibe en la infancia, cuando no se tiene pleno conocimiento con la mente pero el corazón ya es capaz de asimilar, incide de un modo significativo en toda la vida, por ello los padres, "deberían comenzar la enseñanza justo cuando los niños aprenden a repetir las primeras palabras, sobre todo las madres mientras les visten y desnudan. Es entonces cuando se incide más en sus tiernas mentes y en sus cándidos corazones las cosas que se les dicen y enseñan. No solo, sino que permanecerá en ellos la persuasión de la bondad y necesidad de aquellas cosas relacionándolas con el hecho de que quien se las comunicaba en aquel momento les amaba mucho y les acariciaba".
Los padres no pueden delegar enteramente la educación a la escuela. No es suficiente enviar a los hijos a la escuela:
"Después de los padres, vienen en este campo los sacerdotes y los maestros. Nótese que decimos 'después de los padres', para que estos comprendan que no están dispensados de sus obligaciones por el simple hecho de enviar a sus hijos al catecismo parroquial o a la escuela, sino que, además de la enseñanza impartida en casa por ellos, deben reconocer con solicitud sincera, si realmente asisten a la explicación hecha por el sacerdote, su frecuentan puntual y constantemente la escuela".
José Manyanet subraya a menudo que su obra nace como una ayuda para la familia, no para sustituirla. Ya en sus apuntes, que explican los objetivos del primer colegio abierto en Barcelona, escribe:
"Una instrucción sólidamente religiosa y una educación paternal, fina y esmerada, acompañada de una vigilancia nunca interrumpida, sin las más firmes garantías que podemos ofrecer a los padres que deseen educar a sus hijos según los principios de la fe y de la moral católicas".
Por lo tanto, los primeros educadores de los hijos son los padres, por eso las escuelas fundadas por José Manyanet prevén la escuela de padres, para que ellos, siendo buenos esposos, puedan cumplir de la mejor manera sus responsabilidad educativa.
Implica a la Sagrada Familia
Ella es el modelo para imitar. Nazaret es la escuela predilecta de José Manyanet y querría que fuese una escuela para todos.
La Sagrada Familia es la fuente de su inspiración. Contemplando la casa de Nazaret donde Jesús crece en sabiduría, edad y gracia, acompañado por María y José, Manyanet encuentra la clave para toda educación plenamente humana: el amor incondicional y total por los niños y los jóvenes.
Sus escuelas deberán inspirarse y serán un compendio de Nazaret: familia, donde se modela a la persona en todas sus dimensiones; taller, donde se trabaja y se crea; escuela, donde se ofrece a los niños una síntesis de fe, cultura y vida.
Implica a la familia de los hijos de Dios:
la Iglesia, familia de familias
Josep Manyanet amó a la Iglesia y buscó entusiasmar a los jóvenes para que vivieran felices su pertenencia a esta gran familia.
Implica a la familia de Dios:
la Trinidad, de la cual proviene la idea de familia
Dios es el eterno educador del hombre. "Nosotros como educadores somos colaboradores de Dios". Él ha puesto en el hombre una profunda nostalgia de Sí, por lo que el corazón del hombre está inquieto hasta que no se llene de la presencia de Dios. Esta intuición de san Agustín, Manyanet la explica con una imagen original:
"Dios quiere principalmente el corazón del hombre al que creó para que lo amara, y en este amor no admite ninguna competencia. Como la aguja magnetizada de la brújula tiembla y no se para hasta que no encuentra el norte, que es su centro, así el corazón del hombre vive inquieto y agitado mientras va a la búsqueda de otras cosas fuera de Dios, que debe ser siempre y en todo su último fin".
Cuando Dios está en el centro del corazón del hombre, él es capaz de cultivar la buenas relaciones con los otros.
Dios ha puesto en el ánimo del hombre y en su mente una profunda sed de verdad y una llamada fuerte al conocimiento, pero "considérese que las ciencias no pueden encontrar la unidad sino en el seno de una idea superior, la idea de Dios. La ciencia de Dios es la idea madre que dirige, coordina y vivifica todas las otras".
Cualidades del buen educador, por Sergio Cimignoli, S.F.
José Manyanet cree que la responsabilidad de dedicarse a algo tan grande y decisivo para la vida de los niños debe estar acompañada, además de las motivaciones superiores, de capacidades humanas importantes. Antes que nada, el educador ha de ser una persona equilibrada, constante y de gran firmeza.
Ha de estar dotado de buen humor:
"No tendrán nunca la cara triste y melancólica, casi aburrida y fastidiada por la enseñanza; al contrario, sean alegres y manifiestense satisfechos e interesados por el bien y el provecho de los alumnos. Ejercitando su actividad tengan un buen aspecto, agradable, alegre y lleno de caridad".
Sean capaces de escuchar y respetar a los niños:
"Si se quiere tener el respeto de los alumnos y enseñarles con el buen ejemplo, es necesario respetarles y evitar preferencias...
Es necesario escuchar siempre con calma sus razones y no imponer por la fuerza y siempre las propias".
Con los niños y los jóvenes se necesita una gran paciencia. José Manyanet habla de una paciencia heroica:
"Es muy difícil, si no imposible, llenar debidamente el ministerio de la educación sin la virtud de la paciencia. En efecto, de gran caudal de paciencia debe estar provisto el maestro para no alterarse y soportar tantas ligerezas, necedades y aun malicias de los jóvenes alumnos...
Educar a los otros tiene más merito que el martirio. Cuantos actos de paciencia, de dulzura y de caridad son necesarios hacer durante los largos horarios y a lo largo de tantos días, que se suceden, dedicados enteramente a este ministerio".
Existe ademas una cualidad que las resume todas: la bondad. Si debemos sembrar el bien en el corazón de los niños y los jóvenes, "el medio mas apto que comprende todos los demás, es la bondad. Si todo nuestro esfuerzo sale del corazón, va directamente a su corazón y así serán conquistados inmediatamente y entonces todo es posible, a favor del bien sobre el mal".
Ha de estar dotado de buen humor:
"No tendrán nunca la cara triste y melancólica, casi aburrida y fastidiada por la enseñanza; al contrario, sean alegres y manifiestense satisfechos e interesados por el bien y el provecho de los alumnos. Ejercitando su actividad tengan un buen aspecto, agradable, alegre y lleno de caridad".
Sean capaces de escuchar y respetar a los niños:
"Si se quiere tener el respeto de los alumnos y enseñarles con el buen ejemplo, es necesario respetarles y evitar preferencias...
Es necesario escuchar siempre con calma sus razones y no imponer por la fuerza y siempre las propias".
Con los niños y los jóvenes se necesita una gran paciencia. José Manyanet habla de una paciencia heroica:
"Es muy difícil, si no imposible, llenar debidamente el ministerio de la educación sin la virtud de la paciencia. En efecto, de gran caudal de paciencia debe estar provisto el maestro para no alterarse y soportar tantas ligerezas, necedades y aun malicias de los jóvenes alumnos...
Educar a los otros tiene más merito que el martirio. Cuantos actos de paciencia, de dulzura y de caridad son necesarios hacer durante los largos horarios y a lo largo de tantos días, que se suceden, dedicados enteramente a este ministerio".
Existe ademas una cualidad que las resume todas: la bondad. Si debemos sembrar el bien en el corazón de los niños y los jóvenes, "el medio mas apto que comprende todos los demás, es la bondad. Si todo nuestro esfuerzo sale del corazón, va directamente a su corazón y así serán conquistados inmediatamente y entonces todo es posible, a favor del bien sobre el mal".
Un aire familiar de sencillez
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| CASAL MANYANET DE TREMP |
José Manyanet no hizo cosas extraordinarias, sencillamente siguió su camino cristiano y de servicio a la familia—tal era su vocación y misión— con amor, con alegría, con coraje, fidelidad y sentido sobrenatural (...)
Por todo ello el Papa ha reconocido oficialmente que fue suscitado por el Espíritu para ser verdadero apóstol de la familia, inspirándose en la escuela de Nazaret. Recorrió el camino de la santidad, siguiendo el modelo del Hogar de Nazaret y fue un instrumento válido para promover el bien de la familia mediante la educación de la niñez y juventud.
El secreto está en haber fijado su corazón en la Sagrada Familia y haber tomado el Evangelio de la familia como el motor de su caridad pastoral, inspirando también en ella su pedagogía.
Fuente: José Manyanet Santo. Memoria de la Canonización. Barcelona 2006.
miércoles, 4 de septiembre de 2013
"Jesús, María y José una imagen de la Trinidad del cielo", por Mons. Josep Ángel Sáiz
(...) Nuestra vida cristiana arranca también de la Trinidad. Llevamos impresos en nuestros corazones el amor de un Dios que es Padre, que nos conoce y nos ama, que es Hijo, y se ha hecho hermano nuestro, ha recorrido nuestro camino y se ha entregado por nosotros, y que es Espíritu, que nos quiere llenar de su fuerza y de su vida (...)
Un modo muy peculiar de acercarse a la Trinidad y vivir la riqueza de su misterio la encontró san José Manyanet en la Sagrada Familia de Jesús, María y José, que él llamaba precisamente la “Trinidad de la tierra”.
San José Manyanet vio en Jesús, María y José una imagen de la Trinidad del cielo y la honró de un modo muy especial con una piedad filial. La vida de Jesús con María y José en Nazaret inspiró el camino de su santificación personal. Su santidad tiene los rasgos de la comunión familiar de Nazaret, que son el reflejo más fiel de la comunión Trinitaria.
Pero todavía más, san José Manyanet encontró en la Sagrada Familia también la inspiración para su apostolado. Él se sintió llamado por Dios para trabajar a favor fe las familias, encontró el modelo de familia dado por Dios a la humanidad en la Familia de Jesús, María y José. Por esto se esforzó para llevar a todas partes sus ejemplos de vida y de virtud, con la palabra, con los escritos y algunas prácticas de devoción y con una acción directa de pastoral familiar, particularmente a través de la educación e instrucción católica de los niños y jóvenes.
La inspiración del Templo expiatorio de la Sagrada Familia de nuestra ciudad es un exponente más de su celo por llevar la vida y los ejemplos de Jesús, María y José a nuestros hogares.
La fuerte vivencia trinitaria y las contemplación de la Familia de Nazaret llevaron a san José Manyanet a dedicar una atención preferente a la última anilla de esta cadena: la familia, nuestras familias, llamadas también a mirarse en el modelo de Nazaret para llegar a la participación de la misma comunión de Dios Padre con Dios Hijo por Dios Espíritu Santo.
San José Manyanet fue un verdadero apóstol de la familia. Consagró toda su vida al bien de las familias. Por una parte, les recordó la verdad “del principio” sobre el matrimonio y la familia, y por otra, denunció los males —como el matrimonio civil y el divorcio— que leyó como síntomas de la crisis que comenzaba.
Y aunque hizo una acción directa de ayuda a las familias, la suya fue una respuesta con el mismo método que las corrientes ideológicas del siglo XIX utilizaban. Ellas intentaban romper a la familia a través de una educación laica que minaba el fundamento de la obediencia y de la comunión familiar, pues san José Manyanet se esforzó por una educación e instrucción católica que diese solidez a los vínculos familiares ayudando a los hijos y a los padres a respetar el propio rol, imitando así los ejemplos de Jesús, María y José en Nazaret.
En la Casa de Nazaret encontró también el método pedagógico para asegurar el crecimiento integral y armónico de los hijos y, al mismo tiempo, el de los padres en el rol de esposos y educadores.
Es así como cada uno de nosotros y nuestras familias pueden ser sal y luz en nuestro mundo. Sal, que no dé solamente gusto, sino también solidez y sabor a nuestra vida personal y familiar. Y luz, que sirva para iluminar y guiar a los miembros, de nuestras familias y a las demás.
Texto extraído de la homilía del obispo auxiliar de Barcelona, Mons. Josep Ángel Sáiz con motivo del cambio de nombre de la parroquia Jesús, María y José, ahora Sant Josep Manyanet, en Sant Andreu del Palomar, Barcelona 2004.
Fuente: José Manyanet Santo. Memoria de la canonización. Barcelona 2006.

Un modo muy peculiar de acercarse a la Trinidad y vivir la riqueza de su misterio la encontró san José Manyanet en la Sagrada Familia de Jesús, María y José, que él llamaba precisamente la “Trinidad de la tierra”.
San José Manyanet vio en Jesús, María y José una imagen de la Trinidad del cielo y la honró de un modo muy especial con una piedad filial. La vida de Jesús con María y José en Nazaret inspiró el camino de su santificación personal. Su santidad tiene los rasgos de la comunión familiar de Nazaret, que son el reflejo más fiel de la comunión Trinitaria.
Pero todavía más, san José Manyanet encontró en la Sagrada Familia también la inspiración para su apostolado. Él se sintió llamado por Dios para trabajar a favor fe las familias, encontró el modelo de familia dado por Dios a la humanidad en la Familia de Jesús, María y José. Por esto se esforzó para llevar a todas partes sus ejemplos de vida y de virtud, con la palabra, con los escritos y algunas prácticas de devoción y con una acción directa de pastoral familiar, particularmente a través de la educación e instrucción católica de los niños y jóvenes.
La inspiración del Templo expiatorio de la Sagrada Familia de nuestra ciudad es un exponente más de su celo por llevar la vida y los ejemplos de Jesús, María y José a nuestros hogares.
La fuerte vivencia trinitaria y las contemplación de la Familia de Nazaret llevaron a san José Manyanet a dedicar una atención preferente a la última anilla de esta cadena: la familia, nuestras familias, llamadas también a mirarse en el modelo de Nazaret para llegar a la participación de la misma comunión de Dios Padre con Dios Hijo por Dios Espíritu Santo.
San José Manyanet fue un verdadero apóstol de la familia. Consagró toda su vida al bien de las familias. Por una parte, les recordó la verdad “del principio” sobre el matrimonio y la familia, y por otra, denunció los males —como el matrimonio civil y el divorcio— que leyó como síntomas de la crisis que comenzaba.
Y aunque hizo una acción directa de ayuda a las familias, la suya fue una respuesta con el mismo método que las corrientes ideológicas del siglo XIX utilizaban. Ellas intentaban romper a la familia a través de una educación laica que minaba el fundamento de la obediencia y de la comunión familiar, pues san José Manyanet se esforzó por una educación e instrucción católica que diese solidez a los vínculos familiares ayudando a los hijos y a los padres a respetar el propio rol, imitando así los ejemplos de Jesús, María y José en Nazaret.
En la Casa de Nazaret encontró también el método pedagógico para asegurar el crecimiento integral y armónico de los hijos y, al mismo tiempo, el de los padres en el rol de esposos y educadores.
Es así como cada uno de nosotros y nuestras familias pueden ser sal y luz en nuestro mundo. Sal, que no dé solamente gusto, sino también solidez y sabor a nuestra vida personal y familiar. Y luz, que sirva para iluminar y guiar a los miembros, de nuestras familias y a las demás.
Texto extraído de la homilía del obispo auxiliar de Barcelona, Mons. Josep Ángel Sáiz con motivo del cambio de nombre de la parroquia Jesús, María y José, ahora Sant Josep Manyanet, en Sant Andreu del Palomar, Barcelona 2004.
Fuente: José Manyanet Santo. Memoria de la canonización. Barcelona 2006.

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Siglo XIX
"Quien se dedica a la educación está investido de una segunda paternidad", por Sergio Cimignoli, S.F.
José Manyanet decide dedicarse a la educación y a la enseñanza para salvar a los niños de la calle y de una educación a la moda que niega toda autoridad. Manyanet invita al educador a orientar a los niños con autoridad, ejercitada de un modo competente y no autoritario: "Quien se dedica a la educación está investido de una segunda paternidad: la paternidad de la cultura y de la formación del alma, que se acerca mucho a la paternidad natural".
Esta paternidad se ejercita con amor y con espíritu de servicio, no con poder. Buscando de convencer más que de obligar y recordando que los jóvenes tienen necesidad de modelos de vida más que de maestros.
Por lo cual "el que es maestro debe poner su principal cuidado en que a todas sus lecciones y explicaciones preceda el buen ejemplo, porque si es muy cierto que la instrucción alumbra el entendimiento, también los es que los sanos ejemplos cautivan suavemente el corazón...
Los chicos son atraidos más por las buenas acciones y por la coherencia en las acciones de vida que por los avisos y preceptos".
Esto supone un auténtico y gran amor para los niños y los jóvenes:
"Es necesario conquistar a los niños mas con el amor que con el rigor...
El amor con todos tiene corazón de padre, de todos se compadece y a todos trata con afecto, benevolencia y maneras cariñosas y persuasivas, inclinadas mejor a recompensar que no a castigar".
Esta paternidad se ejercita con amor y con espíritu de servicio, no con poder. Buscando de convencer más que de obligar y recordando que los jóvenes tienen necesidad de modelos de vida más que de maestros.
Por lo cual "el que es maestro debe poner su principal cuidado en que a todas sus lecciones y explicaciones preceda el buen ejemplo, porque si es muy cierto que la instrucción alumbra el entendimiento, también los es que los sanos ejemplos cautivan suavemente el corazón...
Los chicos son atraidos más por las buenas acciones y por la coherencia en las acciones de vida que por los avisos y preceptos".
Esto supone un auténtico y gran amor para los niños y los jóvenes:
"Es necesario conquistar a los niños mas con el amor que con el rigor...
El amor con todos tiene corazón de padre, de todos se compadece y a todos trata con afecto, benevolencia y maneras cariñosas y persuasivas, inclinadas mejor a recompensar que no a castigar".
Pedagogía: Sistema preventivo, por Sergio Cimignoli, S.F.
Se trata de una educación que tenga en cuenta el crecimiento y la maduración de los pequeños y de los jóvenes en todas las dimensiones de la persona, para que lleguen a ser libres y autónomos, capaces de ser protagonistas de la propia historia y comprometidos con la mejora de la sociedad.
José Manyanet, como Juan Bosco, es un defensor convencido del sistema preventivo en la educación. Esta es la razón por la que empieza con los más pequeños: "No debemos olvidar que el corazón del niño es como un pedazo de cera blanda en el que puede imprimirse con facilidad la imagen que se quiera. ¡Dichoso aquel que logra que la primera figura impresa en estos tiernos corazones de la juventud sea la de Jesús!"
Prevenir es mejor que curar, por eso recomendaba en sus escuelas:
"Se procure preveer y evitar los errores antes que castigarlos...
Es mas fácil dificultar la entrada que hacer salir al intruso, dice la Biblia...
Es un gran error aquel de quien, viendo ciertas extravagancias, caprichos y otros defectos en los niños, los considera travesuras de la niñez, diciendo que los corregirán cuando sean mas grandes y tengan mayor capacidad de juicio. No se dan cuenta de que cuanto más se retrasa la corrección, más se arraiga un vicio o un defecto que después es muy difícil eliminar".
José Manyanet, como Juan Bosco, es un defensor convencido del sistema preventivo en la educación. Esta es la razón por la que empieza con los más pequeños: "No debemos olvidar que el corazón del niño es como un pedazo de cera blanda en el que puede imprimirse con facilidad la imagen que se quiera. ¡Dichoso aquel que logra que la primera figura impresa en estos tiernos corazones de la juventud sea la de Jesús!"
Prevenir es mejor que curar, por eso recomendaba en sus escuelas:
"Se procure preveer y evitar los errores antes que castigarlos...
Es mas fácil dificultar la entrada que hacer salir al intruso, dice la Biblia...
Es un gran error aquel de quien, viendo ciertas extravagancias, caprichos y otros defectos en los niños, los considera travesuras de la niñez, diciendo que los corregirán cuando sean mas grandes y tengan mayor capacidad de juicio. No se dan cuenta de que cuanto más se retrasa la corrección, más se arraiga un vicio o un defecto que después es muy difícil eliminar".
Retrato del buen alumno, por Josep Roca, S.F.
José Manyanet propone acertados criterios pedagógicos para sus escuelas, como por ejemplo:
los objetivos generales de la educación,
la comunidad educativa,
el perfil del educador,
el derecho de los padres y la colaboración con la escuela,
el método activo,
la disciplina,
las condiciones para una buena dirección,
el edificio escolar, etc.
También hace una descripción de las cualidades del buen alumno, sujeto principal de la educación.
Entre otras, dice que el buen alumno se siente protagonista del aprendizaje. Es aplicado en clase y en el estudio. No pierde el tiempo, porque sería una lástima no aprovechar todas las oportunidades. Tiene amor al trabajo; hace las cosas con diligencia y nunca molesta.
Es meticuloso en la distribución de las horas y puntual en todo. Cumple lo mejor que sabe los avisos de los profesores y de las personas de autoridad. Con los compañeros tiene buen trato, es afable y colaborador, pero no permite ante él una palabra grosera o una broma de mal gusto. Ni discute ni pelea, sino que expone las razones con moderación.
Es dócil y obediente, ama a los profesores y agradece el esfuerzo que hacen por educarlo. Este amor y respeto es una prolongación del cuarto mandamiento de la Ley de Dios.
Es ordenado y tiene cuidado con los libros y el material, tanto particulares como comunes. No malgasta el dinero, sino que es ahorrador. Es pulcro en la forma de vestir, pero sin vanidad.
Tiene amor filial a Dios, nuestro Padre celestial, por esto cultiva la plegaria, recibe los sacramentos, es puro de pensamiento y obra.
Fuente: San José Manyanet, profeta de la familia, por Josep Roca (2007).
los objetivos generales de la educación,
la comunidad educativa,
el perfil del educador,
el derecho de los padres y la colaboración con la escuela,
el método activo,
la disciplina,
las condiciones para una buena dirección,
el edificio escolar, etc.
También hace una descripción de las cualidades del buen alumno, sujeto principal de la educación.
Entre otras, dice que el buen alumno se siente protagonista del aprendizaje. Es aplicado en clase y en el estudio. No pierde el tiempo, porque sería una lástima no aprovechar todas las oportunidades. Tiene amor al trabajo; hace las cosas con diligencia y nunca molesta.
Es meticuloso en la distribución de las horas y puntual en todo. Cumple lo mejor que sabe los avisos de los profesores y de las personas de autoridad. Con los compañeros tiene buen trato, es afable y colaborador, pero no permite ante él una palabra grosera o una broma de mal gusto. Ni discute ni pelea, sino que expone las razones con moderación.
Es dócil y obediente, ama a los profesores y agradece el esfuerzo que hacen por educarlo. Este amor y respeto es una prolongación del cuarto mandamiento de la Ley de Dios.
Es ordenado y tiene cuidado con los libros y el material, tanto particulares como comunes. No malgasta el dinero, sino que es ahorrador. Es pulcro en la forma de vestir, pero sin vanidad.
Tiene amor filial a Dios, nuestro Padre celestial, por esto cultiva la plegaria, recibe los sacramentos, es puro de pensamiento y obra.
Fuente: San José Manyanet, profeta de la familia, por Josep Roca (2007).
martes, 3 de septiembre de 2013
Enamorado de la familia, por Card. Ricard Maria Carles
"En el nuevo santo, la Sagrada Familia de Nazaret nos ha hecho el regalo de un hombre que ha descubierto en Dios la verdad inalterable y universal, la raíz de todo avance y progreso, la fuente de la verdadera justicia y la esperanza de vida y de salvación.
Un hombre enamorado de la familia. La de Dios aquí en la tierra y la de las familias de todos los hombres. Consagrado a Dios en el sacerdocio ministerial y en la vida religiosa, buscador incansable de la verdad y belleza, hizo de su vida una dedicación absoluta a la educación como medio para llegar a la formación de familias cristianas.
Su pedagogía se fundamentó en la primacía de la fe como luz que desvela el sentido profundo de la realidad. Su metodología partió siempre del ejercicio de la caridad formando el corazón y la inteligencia de los niños y jóvenes.
El Padre Manyanet quiso que, desde los colegios y parroquias, los religiosos y religiosas, hijos e hijas de la Sagrada Familia y los seglares que colaboran con ellos, nacieran nuevas familias al abrigo de una profunda contemplación del misterio de Dios.
En el futuro san José Manyanet brilló siempre la esperanza de una sociedad mejor fundamentada en la unidad y el amor de la familia.
Texto extraído de las palabras de bienvenida del cardenal Ricard Maria Carles a los peregrinos de la canonización de José Manyanet, Roma 2004.
Fuente: José Manyanet Santo. Memoria de la Canonización. Barcelona 2006.
Un hombre enamorado de la familia. La de Dios aquí en la tierra y la de las familias de todos los hombres. Consagrado a Dios en el sacerdocio ministerial y en la vida religiosa, buscador incansable de la verdad y belleza, hizo de su vida una dedicación absoluta a la educación como medio para llegar a la formación de familias cristianas.
Su pedagogía se fundamentó en la primacía de la fe como luz que desvela el sentido profundo de la realidad. Su metodología partió siempre del ejercicio de la caridad formando el corazón y la inteligencia de los niños y jóvenes.
El Padre Manyanet quiso que, desde los colegios y parroquias, los religiosos y religiosas, hijos e hijas de la Sagrada Familia y los seglares que colaboran con ellos, nacieran nuevas familias al abrigo de una profunda contemplación del misterio de Dios.
En el futuro san José Manyanet brilló siempre la esperanza de una sociedad mejor fundamentada en la unidad y el amor de la familia.
Texto extraído de las palabras de bienvenida del cardenal Ricard Maria Carles a los peregrinos de la canonización de José Manyanet, Roma 2004.
Fuente: José Manyanet Santo. Memoria de la Canonización. Barcelona 2006.
Aportación fundamental del Santo, por el Card. Ricard Maria Carles, Arzobispo de Barcelona
¿Cuál es su aportación fundamental? El padre Manyanet es un apóstol y un profeta de la familia cristiana. Verdadero servidor de la familia, puso su objetivo en la que es siempre la mayor preocupación de toda familia: la educación de los hijos. Manyanet fue un gran educador, un hombre de gran corazón, un sacerdote de gran bondad, cuya alma recuerda la del beato Juan XXIII.
Un hombre así, estaba preparado para comprender que la cima de la pedagogía es lo que él llamaba “cultura del corazón”, la educación en auténticos valores humanos y cristianos, y que la escuela ha de tener mucho de “hogar” para ser formadora de la persona (...)
Como educador cristiano para la familia, el padre Manyanet pone los ojos en la Sagrada Familia, en los largos años de convivencia y de vida oculta de Jesús, con María y José en Nazaret. La Sagrada Familia —el mismo Hijo de Dios en su existencia humana escondida, trabajando como carpintero— fue el centro de su carisma como religioso y como educador. Recibió de Dios como un don especial para su santificación personal y para el servicio que se sintió llamado a prestar a la Iglesia, la capacidad de penetrar contemplativamente en las riquezas encerradas en la Sagrada Familia de Nazaret (...)
De la contemplación de la vida de la Sagrada Familia, el padre Manyanet extrajo un mensaje para todas las familias. Y lo plasmó en un lema que es una síntesis de su espiritualidad y de su proyecto apostólico: “Un Nazaret en cada hogar”. El centro de su espiritualidad era la Sagrada Familia, y él concibió toda su actividad y la de las dos congregaciones por él fundadas, como un servicio a la familia, y más concretamente a la familia cristiana. A uno de sus libros le quiso poner este título Preciosa Joya de Familia. En realidad, la familia era para él la “joya de la corona” y en Nazaret halló su auténtico y verdadero referente.
Resulta lógico y muy sugestivo que José Manyanet, como fruto de su sensibilidad eclesial, sintiese la necesidad de proponer la construcción de un templo expiatorio dedicado a la Sagrada Familia y que, desde los primeros momentos, aparezca vinculado a la construcción del templo, una verdadera joya del arte de la arquitectura de Gaudí, que hoy es objeto de creciente admiración e irradiación en todo el mundo. El padre Manyanet, apóstol de la Sagrada Familia y de la familia, y Antonio Gaudí, “el arquitecto de Dios”, aportan al proyecto de este gran templo dedicado a Jesús, María y José una dimensión espiritual que lo convierten además en un mensaje vivo para las familias.
Es significativo que, en el año 1909, junto al templo, diseñada por Gaudí, surgiera también una escuela, como expresión de la preocupación social, unida al templo gaudiano. Y es muy revelador que, según cuentan los expertos, el genio de Gaudí diera diera a la planta de las tres aulas de dicha escuela una formas curvas que recuerdan el corazón humano, el corazón de Jesús, María y José. Nuestro buen padre Manyanet no pudo ver en este mundo esta plasmación arquitectónica de su carisma, porque falleció en el año 1901. Sin embargo, hoy comprendemos que Gaudí, traduciendo la dimensión social inherente al templo desde sus inicios, plasmó en su arte tres realidades que son el carisma y la vida misma de José Manyanet: la Sagrada Familia, la familia y la educación. Y todo enmarcado en lo que Juan Pablo II denominó en la misa de su beatificación “la pedagogía del Evangelio de Nazaret”, o la “cultura del corazón”, como enseña el padre Manyanet, porque las grandes opciones y decisiones se toman no sólo después de una seria reflexión, sino en el nivel más profundo de la persona que llamamos corazón. Y la educación a este nivel es integradora de toda la persona y le capacita para comprender el sentido de su vida y de su vocación. La pedagogía del padre Manyanet se inspira en el hogar de Nazaret y tiende a educar para la familia y con la familia.
Hay un último aspecto en la vida del padre Manyanet que me parece de justicia destacar porque le honra a él y a sus hijos e hijas espirituales y a toda la Iglesia de Dios que peregrina en esta su tierra natal de Cataluña. Me refiero a su sentido social. Él quiso fundar colegios sobre todo para los hijos de las familias pobres, para las clases obreras o populares. Por eso nunca cerró las puertas de sus colegios a los alumnos que carecían de medios económicos. Decía: “Los ricos tienen colegios para educar a sus hijos; hagamos colegios para educa e instruir a los hijos de los obreros”. En esta misma ciudad de Barcelona entró en contacto con varias asociaciones benéficas a favor de las clases más desfavorecidas, y colaboró, entre otras, con la Junta Diocesana de Enseñanza, la Juventud Católica, la Asociación de Católicos, la Junta de Asilo Naval Español, etc. Para los hijos de las familias trabajadoras no sólo abrió colegios de enseñanza sino también las escuelas talleres de la Sagrada Familia, centros de formación profesional y de firme amor al trabajo.
Solo me resta destacar la actualidad y la urgencia de la pastoral de la familia en las preocupaciones de la Iglesia actual y la singular aportación que en este sentido representa la vida y la obra de José Manyanet. Es conocida la constante solicitud de Juan Pablo II por la familia, a la que ha dedicado desvelos, iniciativas (...) y numerosos documentos. El futuro de la Iglesia y de la sociedad depende en gran parte de la salud de la familia, que el Concilio Vaticano II definió como una verdadera “iglesia doméstica”. Cuando toda la Iglesia vive esta preocupación prioritaria por la familia, considero que es un hecho providencial la canonización de este sacerdote de nuestras tierras que con toda justicia es calificado en el libro que presento al lector como “profeta de la familia”.
La Iglesia, al declararlo santo, no sólo valida su vida, su magisterio y su misión al servicio de la familia sino que nos lo presenta como su intercesor. Es un maestro pero sobre todo un abogado para nuestras familias. Deseo que, por su ayuda e intercesión, todas las familias vuelvan su mirada hacia Nazaret y aprendan la vida sencilla, laboriosa y cordial de la Santa Familia.
Introducción del Cardenal Ricard Maria Carles en la presentación del libro José Manyanet, Profeta de la familia (J.M. Blanquet - J. Piquer, Claret. Barcelona 2004).
Un hombre así, estaba preparado para comprender que la cima de la pedagogía es lo que él llamaba “cultura del corazón”, la educación en auténticos valores humanos y cristianos, y que la escuela ha de tener mucho de “hogar” para ser formadora de la persona (...)
Como educador cristiano para la familia, el padre Manyanet pone los ojos en la Sagrada Familia, en los largos años de convivencia y de vida oculta de Jesús, con María y José en Nazaret. La Sagrada Familia —el mismo Hijo de Dios en su existencia humana escondida, trabajando como carpintero— fue el centro de su carisma como religioso y como educador. Recibió de Dios como un don especial para su santificación personal y para el servicio que se sintió llamado a prestar a la Iglesia, la capacidad de penetrar contemplativamente en las riquezas encerradas en la Sagrada Familia de Nazaret (...)
De la contemplación de la vida de la Sagrada Familia, el padre Manyanet extrajo un mensaje para todas las familias. Y lo plasmó en un lema que es una síntesis de su espiritualidad y de su proyecto apostólico: “Un Nazaret en cada hogar”. El centro de su espiritualidad era la Sagrada Familia, y él concibió toda su actividad y la de las dos congregaciones por él fundadas, como un servicio a la familia, y más concretamente a la familia cristiana. A uno de sus libros le quiso poner este título Preciosa Joya de Familia. En realidad, la familia era para él la “joya de la corona” y en Nazaret halló su auténtico y verdadero referente.
Resulta lógico y muy sugestivo que José Manyanet, como fruto de su sensibilidad eclesial, sintiese la necesidad de proponer la construcción de un templo expiatorio dedicado a la Sagrada Familia y que, desde los primeros momentos, aparezca vinculado a la construcción del templo, una verdadera joya del arte de la arquitectura de Gaudí, que hoy es objeto de creciente admiración e irradiación en todo el mundo. El padre Manyanet, apóstol de la Sagrada Familia y de la familia, y Antonio Gaudí, “el arquitecto de Dios”, aportan al proyecto de este gran templo dedicado a Jesús, María y José una dimensión espiritual que lo convierten además en un mensaje vivo para las familias.
Es significativo que, en el año 1909, junto al templo, diseñada por Gaudí, surgiera también una escuela, como expresión de la preocupación social, unida al templo gaudiano. Y es muy revelador que, según cuentan los expertos, el genio de Gaudí diera diera a la planta de las tres aulas de dicha escuela una formas curvas que recuerdan el corazón humano, el corazón de Jesús, María y José. Nuestro buen padre Manyanet no pudo ver en este mundo esta plasmación arquitectónica de su carisma, porque falleció en el año 1901. Sin embargo, hoy comprendemos que Gaudí, traduciendo la dimensión social inherente al templo desde sus inicios, plasmó en su arte tres realidades que son el carisma y la vida misma de José Manyanet: la Sagrada Familia, la familia y la educación. Y todo enmarcado en lo que Juan Pablo II denominó en la misa de su beatificación “la pedagogía del Evangelio de Nazaret”, o la “cultura del corazón”, como enseña el padre Manyanet, porque las grandes opciones y decisiones se toman no sólo después de una seria reflexión, sino en el nivel más profundo de la persona que llamamos corazón. Y la educación a este nivel es integradora de toda la persona y le capacita para comprender el sentido de su vida y de su vocación. La pedagogía del padre Manyanet se inspira en el hogar de Nazaret y tiende a educar para la familia y con la familia.
Hay un último aspecto en la vida del padre Manyanet que me parece de justicia destacar porque le honra a él y a sus hijos e hijas espirituales y a toda la Iglesia de Dios que peregrina en esta su tierra natal de Cataluña. Me refiero a su sentido social. Él quiso fundar colegios sobre todo para los hijos de las familias pobres, para las clases obreras o populares. Por eso nunca cerró las puertas de sus colegios a los alumnos que carecían de medios económicos. Decía: “Los ricos tienen colegios para educar a sus hijos; hagamos colegios para educa e instruir a los hijos de los obreros”. En esta misma ciudad de Barcelona entró en contacto con varias asociaciones benéficas a favor de las clases más desfavorecidas, y colaboró, entre otras, con la Junta Diocesana de Enseñanza, la Juventud Católica, la Asociación de Católicos, la Junta de Asilo Naval Español, etc. Para los hijos de las familias trabajadoras no sólo abrió colegios de enseñanza sino también las escuelas talleres de la Sagrada Familia, centros de formación profesional y de firme amor al trabajo.
Solo me resta destacar la actualidad y la urgencia de la pastoral de la familia en las preocupaciones de la Iglesia actual y la singular aportación que en este sentido representa la vida y la obra de José Manyanet. Es conocida la constante solicitud de Juan Pablo II por la familia, a la que ha dedicado desvelos, iniciativas (...) y numerosos documentos. El futuro de la Iglesia y de la sociedad depende en gran parte de la salud de la familia, que el Concilio Vaticano II definió como una verdadera “iglesia doméstica”. Cuando toda la Iglesia vive esta preocupación prioritaria por la familia, considero que es un hecho providencial la canonización de este sacerdote de nuestras tierras que con toda justicia es calificado en el libro que presento al lector como “profeta de la familia”.
La Iglesia, al declararlo santo, no sólo valida su vida, su magisterio y su misión al servicio de la familia sino que nos lo presenta como su intercesor. Es un maestro pero sobre todo un abogado para nuestras familias. Deseo que, por su ayuda e intercesión, todas las familias vuelvan su mirada hacia Nazaret y aprendan la vida sencilla, laboriosa y cordial de la Santa Familia.
Introducción del Cardenal Ricard Maria Carles en la presentación del libro José Manyanet, Profeta de la familia (J.M. Blanquet - J. Piquer, Claret. Barcelona 2004).
lunes, 2 de septiembre de 2013
La cultura del corazón y del intelecto, por Josep Roca, S.F.
José Manyanet consideró que el medio más adecuado para la formación de las familias cristianas era la educación e instrucción católica de los niños y los jóvenes.
Resume su programa pedagógico y sus objetivos en esta doble vertiente: "La cultura del corazón y el intelecto".
Escribe en 1889: "La educación e instrucción sólidamente católica de la juventud es el medio más apto, más sencillo y práctico para reformar la familia y con ella la sociedad".
Es necesario, por esta razón, llegar a conocer a fondo el corazón del niño: "No se puede olvidar —recuerda— que el corazón del niño es como un pedazo de cera blanda en el que se puede imprimir con facilidad una imagen. ¡ Feliz aquel que consigue que la primera figura imprimida en estos corazones tiernos de la juventud sea la de Jesús, nuestro Redentor!"
Su pedagogía se caracteriza por un estilo familiar y el desarrollo de la afectividad, que supone acogida, aceptación, constancia, exigencia, paciencia y afecto.
Con la cultura del corazón, se tiene que buscar la cultura del intelecto, es decir, conseguir una instrucción sólida y orgánica, porque un intelecto bien formado es capaz de buscar la verdad, que es única, porque tanto la verdad científica como la de la fe, provienen de Dios, el creador de todas las cosas.
Los alumnos bien formados son capaces de dar razón de la propia fe y formular una respuesta verídica a los interrogantes de la vida y del mundo.
Esta educación e instrucción, con la colaboración de los padres, adiestra a los alumnos para un futuro provechoso, los capacita para una opción responsable en la vida y les ofrece una preparación remota en el momento de tomar estado.
Por este motivo, los educadores tienen que estar bien fundamentados en la ciencia, el estudio y la oración, ser celosos de la gloria de Dios y de la santificación de las personas, obrar con rectitud de intención, ser testigos antes que maestros e imitar a María y José en la solicitud por educar a su hijo Jesús, es decir, estar investidos de la paternidad espiritual y considerar a los alumnos como "hijos del gran Rey".
El primer colegio que fundó fue el de San José, en Tremp (1864). En 1874 estableció a las religiosas en Talarn. A partir de 1876, se traslado con algunos religiosos a Barcelona y en años sucesivos recibió la dirección de diversas escuelas y colegios en el distrito de Ciutat Vella.
El colegio Jesús, María y José, de Sant Andreu de Palomar (1877) fue su residencia habitual y el centro de expansión, por esto es considerado la casa madre del instituto. Su actividad fue extraordinaria y las fundaciones se sucedieron sin interrupción, casi una por año.
Mayormente situaba las obras en barriadas populares o de la periferia con carencias educativas. Tenía predilección por los más pobres, "porque los ricos ya tienen sus colegios".
Fuente: San José Mañanet, profeta de la familia, por Josep Roca (2007).
Resume su programa pedagógico y sus objetivos en esta doble vertiente: "La cultura del corazón y el intelecto".
Escribe en 1889: "La educación e instrucción sólidamente católica de la juventud es el medio más apto, más sencillo y práctico para reformar la familia y con ella la sociedad".
Es necesario, por esta razón, llegar a conocer a fondo el corazón del niño: "No se puede olvidar —recuerda— que el corazón del niño es como un pedazo de cera blanda en el que se puede imprimir con facilidad una imagen. ¡ Feliz aquel que consigue que la primera figura imprimida en estos corazones tiernos de la juventud sea la de Jesús, nuestro Redentor!"
Su pedagogía se caracteriza por un estilo familiar y el desarrollo de la afectividad, que supone acogida, aceptación, constancia, exigencia, paciencia y afecto.
Con la cultura del corazón, se tiene que buscar la cultura del intelecto, es decir, conseguir una instrucción sólida y orgánica, porque un intelecto bien formado es capaz de buscar la verdad, que es única, porque tanto la verdad científica como la de la fe, provienen de Dios, el creador de todas las cosas.
Los alumnos bien formados son capaces de dar razón de la propia fe y formular una respuesta verídica a los interrogantes de la vida y del mundo.
Esta educación e instrucción, con la colaboración de los padres, adiestra a los alumnos para un futuro provechoso, los capacita para una opción responsable en la vida y les ofrece una preparación remota en el momento de tomar estado.
Por este motivo, los educadores tienen que estar bien fundamentados en la ciencia, el estudio y la oración, ser celosos de la gloria de Dios y de la santificación de las personas, obrar con rectitud de intención, ser testigos antes que maestros e imitar a María y José en la solicitud por educar a su hijo Jesús, es decir, estar investidos de la paternidad espiritual y considerar a los alumnos como "hijos del gran Rey".
El primer colegio que fundó fue el de San José, en Tremp (1864). En 1874 estableció a las religiosas en Talarn. A partir de 1876, se traslado con algunos religiosos a Barcelona y en años sucesivos recibió la dirección de diversas escuelas y colegios en el distrito de Ciutat Vella.
El colegio Jesús, María y José, de Sant Andreu de Palomar (1877) fue su residencia habitual y el centro de expansión, por esto es considerado la casa madre del instituto. Su actividad fue extraordinaria y las fundaciones se sucedieron sin interrupción, casi una por año.
Mayormente situaba las obras en barriadas populares o de la periferia con carencias educativas. Tenía predilección por los más pobres, "porque los ricos ya tienen sus colegios".
Fuente: San José Mañanet, profeta de la familia, por Josep Roca (2007).
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