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viernes, 6 de septiembre de 2013

Hijos de la Sagrada Familia, Jesús, María y José, ¿por qué?, por José María Blanquet, S.F.

San José Manyanet nos llamó Hijos de la Sagrada Familia, Jesús, María y José ya desde los albores de la fundación. El texto del primitivo Reglamento, de la fórmula de profesión religiosa que usó el Fundador y los primeros religiosos, y de las Constituciones y Reglas, lo tienen así formulado.

Él escribió que "por nuestra vocación somos llamados Hijos de la Sagrada Familia". ¿Qué fue primero la vocación o el título? Puede asegurarse que una y otro nacieron simultáneamente en la oración y contemplación del misterio de la vida de la Sagrada Familia de Nazaret y en la constatación de la situación social de su tiempo.

"Los patronos de nuestra congregación son nuestros Padres, Jesús, María y José, augusta Trinidad de la tierra, dada por el Padre celestial a los hombres como perfectísimo modelo. Téngala nuestros religiosos singularísimo afecto, procuren imitar fielmente sus virtudes y trabajen con celo para propagar su culto y devoción" (Suma 2).

La Sagrada Familia, Jesús, María y José, son nuestros Padres y, por consiguiente, nosotros somos sus Hijos —Hijos de la Sagrada Familia, Jesús, María y José— y Ellos son el modelo dado por Dios a todas las familias de la tierra. Debemos honrarla porque somo hijos; imitarla para hacer proféticamente presente su estilo de vida; y propagar su culto para que las familias vivan su vocación y misión según el plan de Dios revelado a la Sagrada Familia de Nazaret.

La decisión de colocar el Instituto bajo el patrocinio de la Sagrada Familia fue fruto de la gracia de Dios, pues aunque en Francia, Bélgica e Italia existían ya movimientos en favor de la devoción a la Sagrada Familia, en España no los había por lo menos de importancia.

El nuestro es el segundo Instituto masculino que nace en la España del siglo XIX, después de los Misioneros del Inmaculado Corazón de María, de san Antonio María Claret, y no resulta en los años de preparación de la fundación ninguna conexión ni con el P. Francoz de Lión, ni con los Redentoristas de Lieja, ni con el canónigo de Bolonia, Serafino Giorgi, que son los pioneros de la devoción a la Sagrada Familia en Europa.

Las raíces espirituales del carisma nazareno de san José Manyanet hay que buscarlo en su particular devoción a la Virgen de Valldeflors, patrona de su ciudad, que aparece con el niño Jesús en sus brazos, y a la que fue consagrado en la infancia por su madre, recibiendo la gracia de su aparición, y en su especial devoción a san José, ya sea porque llevaba su nombre —José Joaquín, se llamaba—, ya sea porque había aprendido a amarle al lado del obispo José Caixal, que era un gran devoto josefino.

El salto no fue difícil, sobre todo a través de san José, cuyas prerrogativas de esposo de la Virgen María y Padre de Jesús, lo vinculan necesariamente al Hogar de Nazaret. Ambos —María y José— le introdujeron en la intimidad de la Casa de Nazaret y allí fijó su residencia.

San José Manyanet puso, pues, el Instituto bajo el patrocinio de la Sagrada Familia para que reprodujese y actualizase en el tiempo el misterio de su vida, imitase sus virtudes y tradujese sus valores y los propagase a todos los hogares, ya que encierra un designio de salvación de Dios para la Iglesia y para la sociedad.

Manyanet identifica en Nazaret a la primera comunidad cristiana, la primera comunidad religiosa y la primera iglesia doméstica. Gracias al don de la filiación nazarena, habla siempre de la Sagrada Familia como de "nuestros santísimos Padres" y lo hace con un lenguaje tan familiar y enternecedor que revela el grado de intimidad que había alcanzado. Toda su vida y acción llevan ese sello.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Pedagogía familiar, Sergio Cimignoli, S.F.

La pedagogía de José Manyanet tiene un nombre significativo: pedagogía familiar. No solo porque en sus escuelas se respira un clima de acogida familiar, sino porque implica, en la realización de su proyecto a una gran familia, toda la familia.

Los padres, primeros y principales educadores

Implica a las familias, porque son el ámbito natural del crecimiento y la educación de los hijos:

"La naturaleza misma indica que los primeros y principales educadores de los pequeños deben ser los padres. Los hijos tienen tendencia a imitarles incluso en las imperfecciones. De esto se deduce el cuidado atento y la solicitud continua que deben tener los padres por una buena y cristiana educación de los hijos".

Los padres sigan y dirijan a los hijos sin renunciar nunca a su deber de autoridad que anima a esforzarse y a vencer la pereza, sabe ir contra corriente y, cuando es necesario, corrige:

"Es importante que los hijos vean en nosotros decisión y convicción en la transmisión de los valores en los que creemos. Los padres no se desanimen frente a las dificultades de un hijo que no quiere aceptar los consejos y avisos. Tengan confianza en Dios y confíen que el tarde o temprano hará fructuosos sus esfuerzos".

José Manyanet sabe que las madres tienen un papel decisivo en la educación:

"Madres educad a vuestros hijos. Este alimento espiritual es tan importante para vosotras y para vuestros hijos como el físico. ¡Oh madres! Educad vosotras mismas a vuestros hijos, durante el mayor tiempo posible".

Aquello que se recibe en la infancia, cuando no se tiene pleno conocimiento con la mente pero el corazón ya es capaz de asimilar, incide de un modo significativo en toda la vida, por ello los padres, "deberían comenzar la enseñanza justo cuando los niños aprenden a repetir las primeras palabras, sobre todo las madres mientras les visten y desnudan. Es entonces cuando se incide más en sus tiernas mentes y en sus cándidos corazones las cosas que se les dicen y enseñan. No solo, sino que permanecerá en ellos la persuasión de la bondad y necesidad de aquellas cosas relacionándolas con el hecho de que quien se las comunicaba en aquel momento les amaba mucho y les acariciaba".

Los padres no pueden delegar enteramente la educación a la escuela. No es suficiente enviar a los hijos a la escuela:

"Después de los padres, vienen en este campo los sacerdotes y los maestros. Nótese que decimos 'después de los padres', para que estos comprendan que no están dispensados de sus obligaciones por el simple hecho de enviar a sus hijos al catecismo parroquial o a la escuela, sino que, además de la enseñanza impartida en casa por ellos, deben reconocer con solicitud sincera, si realmente asisten a la explicación hecha por el sacerdote, su frecuentan puntual y constantemente la escuela".

José Manyanet subraya a menudo que su obra nace como una ayuda para la familia, no para sustituirla. Ya en sus apuntes, que explican los objetivos del primer colegio abierto en Barcelona, escribe:

"Una instrucción sólidamente religiosa y una educación paternal, fina y esmerada, acompañada de una vigilancia nunca interrumpida, sin las más firmes garantías que podemos ofrecer a los padres que deseen educar a sus hijos según los principios de la fe y de la moral católicas".

Por lo tanto, los primeros educadores de los hijos son los padres, por eso las escuelas fundadas por José Manyanet prevén la escuela de padres, para que ellos, siendo buenos esposos, puedan cumplir de la mejor manera sus responsabilidad educativa.

Implica a la Sagrada Familia

Ella es el modelo para imitar. Nazaret es la escuela predilecta de José Manyanet y querría que fuese una escuela para todos.

La Sagrada Familia es la fuente de su inspiración. Contemplando la casa de Nazaret donde Jesús crece en sabiduría, edad y gracia, acompañado por María y José, Manyanet encuentra la clave para toda educación plenamente humana: el amor incondicional y total por los niños y los jóvenes.

Sus escuelas deberán inspirarse y serán un compendio de Nazaret: familia, donde se modela a la persona en todas sus dimensiones; taller, donde se trabaja y se crea; escuela, donde se ofrece a los niños una síntesis de fe, cultura y vida.

Implica a la familia de los hijos de Dios: 
la Iglesia, familia de familias

Josep Manyanet amó a la Iglesia y buscó entusiasmar a los jóvenes para que vivieran felices su pertenencia a esta gran familia.

Implica a la familia de Dios: 
la Trinidad, de la cual proviene la idea de familia

Dios es el eterno educador del hombre. "Nosotros como educadores somos colaboradores de Dios". Él ha puesto en el hombre una profunda nostalgia de Sí, por lo que el corazón del hombre está inquieto hasta que no se llene de la presencia de Dios. Esta intuición de san Agustín, Manyanet la explica con una imagen original:

"Dios quiere principalmente el corazón del hombre al que creó para que lo amara, y en este amor no admite ninguna competencia. Como la aguja magnetizada de la brújula tiembla y no se para hasta que no encuentra el norte, que es su centro, así el corazón del hombre vive inquieto y agitado mientras va a la búsqueda de otras cosas fuera de Dios, que debe ser siempre y en todo su último fin".

Cuando Dios está en el centro del corazón del hombre, él es capaz de cultivar la buenas relaciones con los otros.

Dios ha puesto en el ánimo del hombre y en su mente una profunda sed de verdad y una llamada fuerte al conocimiento, pero "considérese que las ciencias no pueden encontrar la unidad sino en el seno de una idea superior, la idea de Dios. La ciencia de Dios es la idea madre que dirige, coordina y vivifica todas las otras".

La familia en el pensamiento de José Manyanet, por Josep Roca, S.F.

En la lectura atenta del evangelio, sobre todo contemplando los años de vida familiar de Jesús, María y José, José Manyanet encontró la perla preciosa de su vida.

En Nazaret descubrió el hogar de la santa familia, el templo donde habitaba el Hijo de Dios entre nosotros y la escuela del Evangelio. En su visita espiritual a Nazaret profundizaba en el misterio del amor de Dios que se revela en la sencillez de la vida cotidiana.

De esta contemplación, que recomendó a sus hijos e hijas espirituales, manaba una fuente de agua clara que saciaba la sed de su corazón y lo movía a encarnar este misterio en su vida y en su apostolado.

De sus escritos, sobre todo de las obras principales:

La Escuela de Nazaret y Casa de la Sagrada Familia (1895),
El Espíritu de la Sagrada Familia (1897),
Preciosa Joya de Familia (1899),

y de su abundante correspondencia se puede extraer como un cuerpo doctrinal, que podríamos resumir en esta especie de decálogo:

1. La familia proviene de Dios
Dios, que en su interior conforma entre las personas divinas la familia trinitaria, en el principio creó hombre y mujer a su imagen y semejanza y los llamó a formar familia.

2. El matrimonio tiene un carácter sagrado
El matrimonio es el origen de la familia. Cristo dice que así lo estableció Dios desde el principio. No es, por tanto, un simple invento de los hombres. Por esto es necesario prepararse bien para recibirlo y defender su dignidad.

3. El matrimonio cristiano es un sacramento
Cristo elevó la unión del hombre y la mujer a la dignidad de sacramento, es decir, de signo de la vida de Cristo en unión con su cuerpo que es la Iglesia.

Dios celebra las bodas de la humanidad a través de la encarnación que se sella en la cruz, en la que nace la nueva humanidad del costado de Cristo. El matrimonio expresa de una forma sacramental este misterio: "Este misterio es grande: yo entiendo que se refiere a Cristo y a la Iglesia" (Ef 5,32).

4. El fruto más valioso del matrimonio son los hijos
La vida viene de Dios pero se transmite de generación en generación con la colaboración de los padres. Los hijos son el mejor regalo que Dios puede hacerles y tienen que acogerlos con alegría, por encima de cualquier otro motivo o interés. Su primera responsabilidad es educarlos y acompañarlos hacia la plenitud humana.

5. El matrimonio tiene sus reglas de juego y sus deberes
Los esposos deben aceptarse con júbilo, respetarse, dialogar, tener confianza mutua. Deben complacerse y compartir las alegrías y las tristezas.

6. El amor es el gran valor que da calidad a la vida matrimonial y familiar
El amor viene de Dios y la familia es una depositaria calificada de ese amor. Tiene que recibirlo y cultivarlo con cuidado. El amor tiene que ser de palabra y de corazón, pero sobre todo, de obra.

7. Las manifestaciones del amor
Las manifestaciones del amor son la aceptación mutua y, en consecuencia, la paz y la concordia familiar
La paz y la armonía de los padres entre ellos y con los hijos es fundamental y la condición para la felicidad familiar y para la edificación de la sociedad.

8. En la familia los padres son como sacerdotes
La paternidad es como un sacerdocio; y así como es propio del sacerdote exhortar, predicar y orar, igualmente los padres de familia, en su casa, tienen que ser celosos, vigilantes y constantes, aunque prudentes predicadores, con la palabra y el buen ejemplo.

9. La familia es la célula primera de la sociedad
La buena salud de la familia repercute directamente en la buena armonía y funcionamiento de la sociedad. En cambio, de una familia enferma, del desorden y de los antagonismos familiares provienen individuos débiles y conflictivos que exigen costosos recursos de rehabilitación.

10. El icono de la Sagrada Familia, Trinidad de la tierra, es una imagen de la familia querida por Dios
La contemplación de la familia de Nazaret nos introduce en el misterio de la vida trinitaria. Los padres y los hijos encuentran en ella el modelo de su vida familiar y una ayuda permanente para conseguirlo.

Fuente: San José Mañanet, profeta de la familia, por Josep Roca, S.F. (2007).

Imagen de la Trinidad, por Sergio Cimignoli, S.F.

Para las familias, la Sagrada Familia no es una simple devoción, sino el punto de referencia de la propia vida y un modelo que las acerca a su modelo original: la Trinidad del cielo.

La Sagrada Familia es la Trinidad de la Tierra porque en ella las opciones diarias y los gestos ordinarios crean una paz, un intercambio continuo de las diferencias y las cualidades, una atención al futuro y a la felicidad del otro que implican a Jesús, María y José en la misma lógica de comunión que une al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

En ella el Hijo de Dios encuentra en un ambiente humano lo que desde siempre vivía en la eternidad y de este modo tiene la posibilidad de acercar el cielo a la tierra.

Traduciendo sus pensamientos en el lenguaje actual de Tonino Bello (1935-1993), la Sagrada Familia ha sido para la humanidad y para las familias la primera agencia periférica de la Trinidad: un laboratorio que ha producido las mismas lógicas y ha vivido las mismas experiencias de comunión. Una imagen de la Trinidad que incita e invita a todas las familias a la comunión y a la paz.

José Manyanet estaba convencido de que la sencillez de la vida de las familias tenía necesidad de la mediación de la Santa Familia para acercarse y asomarse al pozo del gran misterio de Dios y para sacar agua del gran océano de paz de la Trinidad beata.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

"Jesús, María y José una imagen de la Trinidad del cielo", por Mons. Josep Ángel Sáiz

(...) Nuestra vida cristiana arranca también de la Trinidad. Llevamos impresos en nuestros corazones el amor de un Dios que es Padre, que nos conoce y nos ama, que es Hijo, y se ha hecho hermano nuestro, ha recorrido nuestro camino y se ha entregado por nosotros, y que es Espíritu, que nos quiere llenar de su fuerza y de su vida (...)

Un modo muy peculiar de acercarse a la Trinidad y vivir la riqueza de su misterio la encontró san José Manyanet en la Sagrada Familia de Jesús, María y José, que él llamaba precisamente la “Trinidad de la tierra”.

San José Manyanet vio en Jesús, María y José una imagen de la Trinidad del cielo y la honró de un modo muy especial con una piedad filial. La vida de Jesús con María y José en Nazaret inspiró el camino de su santificación personal. Su santidad tiene los rasgos de la comunión familiar de Nazaret, que son el reflejo más fiel de la comunión Trinitaria.

Pero todavía más, san José Manyanet encontró en la Sagrada Familia también la inspiración para su apostolado. Él se sintió llamado por Dios para trabajar a favor fe las familias, encontró el modelo de familia dado por Dios a la humanidad en la Familia de Jesús, María y José. Por esto se esforzó para llevar a todas partes sus ejemplos de vida y de virtud, con la palabra, con los escritos y algunas prácticas de devoción y con una acción directa de pastoral familiar, particularmente a través de la educación e instrucción católica de los niños y jóvenes.

La inspiración del Templo expiatorio de la Sagrada Familia de nuestra ciudad es un exponente más de su celo por llevar la vida y los ejemplos de Jesús, María y José a nuestros hogares.

La fuerte vivencia trinitaria y las contemplación de la Familia de Nazaret llevaron a san José Manyanet a dedicar una atención preferente a la última anilla de esta cadena: la familia, nuestras familias, llamadas también a mirarse en el modelo de Nazaret para llegar a la participación de la misma comunión de Dios Padre con Dios Hijo por Dios Espíritu Santo.

San José Manyanet fue un verdadero apóstol de la familia. Consagró toda su vida al bien de las familias. Por una parte, les recordó la verdad “del principio” sobre el matrimonio y la familia, y por otra, denunció los males —como el matrimonio civil y el divorcio— que leyó como síntomas de la crisis que comenzaba.

Y aunque hizo una acción directa de ayuda a las familias, la suya fue una respuesta con el mismo método que las corrientes ideológicas del siglo XIX utilizaban. Ellas intentaban romper a la familia a través de una educación laica que minaba el fundamento de la obediencia y de la comunión familiar, pues san José Manyanet se esforzó por una educación e instrucción católica que diese solidez a los vínculos familiares ayudando a los hijos y a los padres a respetar el propio rol, imitando así los ejemplos de Jesús, María y José en Nazaret.

En la Casa de Nazaret encontró también el método pedagógico para asegurar el crecimiento integral y armónico de los hijos y, al mismo tiempo, el de los padres en el rol de esposos y educadores.

Es así como cada uno de nosotros y nuestras familias pueden ser sal y luz en nuestro mundo. Sal, que no dé solamente gusto, sino también solidez y sabor a nuestra vida personal y familiar. Y luz, que sirva para iluminar y guiar a los miembros, de nuestras familias y a las demás.

Texto extraído de la homilía del obispo auxiliar de Barcelona, Mons. Josep Ángel Sáiz con motivo del cambio de nombre de la parroquia Jesús, María y José, ahora Sant Josep Manyanet, en Sant Andreu del Palomar, Barcelona 2004.

Fuente: José Manyanet Santo. Memoria de la canonización. Barcelona 2006.





lunes, 2 de septiembre de 2013

Raíces remotas del carisma de San José Manyanet: Una llamada a ser familia, por José María Blanquet, S.F.

El carisma nazareno de san José Manyanet y de los Hijos de la Sagrada Familia es "ser familia" pero no, evidentemente, en el sentido común del término, pues ni nos casamos, ni tenemos hijos, ni establecemos un hogar. Nuestro carisma nos llama a ser familia según el modelo propuesto por Dios en la creación "desde el principio" y que fue realizado de un modo perfecto por la Familia de Jesús, María y José.

Desde el principio Dios reveló al hombre las características de su modo de ser familia, inherentes en su misma creación a imagen del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, quienes son familia. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se constituyen como familia por sus relaciones personales y por la íntima comunión de vida y de amor que nace de la entrega total y recíproca que hacen de sí mismos.

En el sentido en que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, la Trinidad celestial, y Jesús, María y José, la Trinidad terrena, son "familia", la humanidad en general y nosotros por un nuevo título estamos llamados a ser familia.

— Raíces remotas de nuestro carisma

Las raíces remotas de nuestro carisma se encuentran en las primeras páginas de la Biblia:

"Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya;
a imagen de Dios los creó;
macho y hembra los creó" (Gn 1,27).

En este acto constitutivo del hombre, se descubre una "alianza primordial", un vínculo inmediato entre Dios y el hombre en cuanto hombre. Dios se pone en contacto con el hombre en una relación de pura libertad y le llama a la comunión plena con Él, a participar de su vida, de su sabiduría y de su amor.

Por parte del hombre se instaura con Dios una relación de dependencia pero al mismo tiempo de libertad, porque al ser que Dios le ha dado le es inherente la dignidad de ser persona. Esta es la "alianza primordial" o fundamental que caracteriza la relación entre Dios y el hombre en su dimensión más radical (el hombre querido por Dios como un don para darse).

Signo real y expresivo de esta alianza es la duplicidad de la "imagen de Dios": varón y mujer, llamados a su vez a ser cada uno de ellos un don para el otro y a formar una sola carne en la "alianza conyugal".

Si las únicas razones que mueven a Dios a crear son la gratuidad y la voluntad de querer participar su vida a otros, especialmente al hombre, hecho capaz de conocerle y amarle, el amor conyugal, "al principio", está llamado a su vez "a ser vida" y a generar la vida.

El hombre y la mujer son constituidos colaboradores (co-operadores) en la obra creadora de Dios y en su realización mas sublime: dar vida a otras "imágenes de Dios", responsabilizándose de hacerlas en todo "semejantes a Dios" por medio de la educación. Es esta la misión que da plenitud a la alianza conyugal en cuanto "comunión de vida y de amor", porque desde el principio está llamada a ser familia "a imagen y semejanza de Dios".

Después de la creación de la familia humana a imagen de Dios, la primera pareja —símbolo y representación de "toda nuestra familia"— pecó al faltar en el amor al creador por su desobediencia. A causa de este pecado de origen quedan ya introducidas en nuestra familia humana la discordia y la envidia con todas sus ramificaciones y consecuencias.

Para remediar esta trágica situación en que se encuentra la primera pareja, al tiempo señalado, Dios interviene en su historia y, llamando a Abraham establece en él su inquebrantable alianza para que con él sean benditas todas las familias del mundo. Dios quiere que la institución familiar, así como es transmisora de esta situación desgraciada, sea también el vehículo de transmisión de la promesa.

Por eso, Dios llamó a Israel, eligiéndole de entre todos los demás pueblos, para que fuese "su pueblo". Esta conciencia de pueblo escogido se deja ver a lo largo de todo el Antiguo Testamento (Exodo, Levítico, Deuteronomio, etc.) y es el fundamento de la historia del pueblo de Israel, su razón de ser como pueblo. Israel tiene experiencia de un Dios cercano, que lo libra, lo salva, lo instruye, lo conduce, un Dios que lo ha elegido y se ha dado a conocer, prometiendo su presencia entre todos los israelitas.

Pero la formación de este pueblo escogido como familia de Dios fue laboriosa y lenta. Dios les fue comunicando y haciendo comprender su llamada, identidad y misión, poco a poco, a base de una ley, disciplina, sacrificio, particularmente durante los cuarenta años de desierto, pero sobre todo con tiempo, años y años. Dios probó su paciencia con la formación de su familia.

De hecho, Israel fue olvidándose de este amor con que Yahvé le había favorecido. Sobrevino con la prosperidad, la idolatría practicada de forma escandalosa por los mismos reyes israelitas. Y junto a la idolatría también la de la injusticia social por parte de los más poderosos. Cayeron así, de un modo generalizado en Israel los dos preceptos básicos de la ley: "Amarás a Yahvé con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo".

El profeta Oseas vivió en propia carne esta desconcertante experiencia de Yahvé con respecto a Israel e intuyó la nueva Alianza definitiva que Dios quería instaurar con Israel a pesar de su infidelidad y pecado enviando a su Hijo amado: "Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tu conocerás a Yahvé" (Os 2:21-22).

Esta intuición será repetida y explicada con más profundidad, si cabe, por profetas más importantes como Jeremías, Isaías y Ezequiel, que describirán también la Nueva Alianza con símbolos nupciales. Israel suele ser llamada la "Hija de Sion", bajo una óptica femenina, que asume estas tres imágenes tan sugestivas:

– Israel, la esposa de Yahvé (Is 54:5)
– Israel, madre (Is 60:4-5)
– Israel, esposa virgen (Jr 31:3-4)