Mostrando entradas con la etiqueta Gaudí (Antonio). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gaudí (Antonio). Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de diciembre de 2018

SAN JOSÉ MANYANET Y ANTONIO GAUDÍ, por José María Blanquet, SF

San José Manyanet, el inspirador de nuestra vida y apostolado, también marcó la vida de todas las personas que se relacionaron con él. Resalta entre ellas el Siervo de Dios Antonio Gaudí quien llevaba prendido de la cadena de su reloj personal este medallón con la fotografía del Padre.

"Este medallón de plata con la efigie del Padre Manyanet iba prendida a la cadena del reloj del Sr. Gaudí el día de su trágico accidente atropellado por un tranvía el 7 de junio de 1926. Estaba entre los objetos personales del arquitecto en el Hospital de la Santa Cruz y San Pablo donde ingresó y de allí pudo recogerlo el P. Buenaventura Mullol, S.F., su buen amigo, que lo guardó como recuerdo entrañable de la profunda amistad que los unió.

Como detalle decir que el Sr. Gaudí lo diseñó e hizo realizar con la plata de dos duros de plata de curso legal."

Nota litúrgica: Dado que la fiesta litúrgica de San José Manyanet este año está impedida por coincidir con el tercer domingo de adviento, las Hijas y los Hijos de la Sagrada Familia podemos celebrarla mañana, día 17, con toda la liturgia propia.


viernes, 6 de septiembre de 2013

San José Manyanet y Antonio Gaudí, dos santos y un gran sueño, por Sergio Cimignoli, S.F.

Entre las ciudades europeas, Barcelona es moderna y dinámica. Los reclamos son muchos y de todo tipo. Pero, sin duda, en los últimos años, el principal ha sido el arte de Antonio Gaudí.

Gaudí es el único arquitecto moderno que recibe cada año el reconocimiento de más de dos millones de visitantes. Todos quedan encantados por la originalidad y actualidad de un artista genial, audaz, revolucionario... un "enamorado" de la belleza.

Gaudí no pertenece a un movimiento arquitectónico; único en su género, experimentó soluciones nuevas, nunca antes intentadas.

Más allá del esplendor, la originalidad y la belleza de las obras y proyectos de Gaudí, está la extraordinaria riqueza de su persona y de su fe. El fue un cristiano ejemplar y vivió la fe como fundamento de su vida y su trabajo. Incluso el principio que le guiaba en sus opciones artísticas derivaba de la fe.

Se consideraba un "imitador", no un creador de formas, porque el único creador es Dios. Gaudí, decía: "El hombre continúa la creación con su trabajo. Dios continua la creación a través del hombre".

Un encuentro providencial

Cuando el 3 de noviembre de 1883, su fe y su genio artístico se encontraron con la idea de otro "santo", también su vida y sus intereses cambiaron y poco a poco renunció a todo, fama y dinero, para dedicarse completamente al proyecto y la construcción del Templo expiatorio de la Sagrada Familia, poniéndose totalmente al servicio de un cliente "que no tiene prisa".

La idea era de José Manyanet, un sacerdote con una visión y con unos proyectos igualmente geniales, arriesgados y proféticos. Su sueño era construir una sociedad nueva a través de la familia y proponiendo a la Sagrada Familia como modelo: "Hacer del mundo una familia, de cada familia un Nazaret". Era todavía joven pero ya había decidido dedicar su vida a la realización de su sueño, hasta le punto de proponer la construcción de un símbolo visible de su proyecto.

El 24 de junio de 1869 manifestó su idea en una carta dirigida a D. José Caixal, su obispo de la diócesis de Urgell. Al final de la carta hay una apostilla, escrita por el mismo José Manyanet cuando la construcción del templo se había iniciado: "Nota. Este pensamiento lo comuniqué más tarde al Sr. D. Jose Bocabella (a) Viuda Pla, de Barcelona, quien lo inició en El Propagador de la Devoción a San José, dando todo esto pie al levantamiento del famoso templo de la Sagrada Familia".

Hubo un momento en que se intentó que fuese el propio Manyanet el que se hiciera cargo de la animación del templo, pero él estaba demasiado ocupado en la fundación de sus congregaciones religiosas y no le fue posible aceptar, pero en cualquier caso permaneció fiel a su compromiso de sostener, con la oración y la entrega de donativos, su idea.

El mismo Gaudí, más de una vez, en su sencillez y humildad, admitió sentirse apoyado por personas desconocidas: "Nadie puede gloriarse —dijo una vez— porque todo esto es don de Dios; a menudo Él se sirve de cualquiera... A veces creemos que nos toca a nosotros la gloria de aquello que es bueno y los meritos que cada uno de nosotros, con su talento, se ha ganado realizando algo importante; cuando en realidad, se debe a un alma desconocida que reza por el éxito de una persona más conocida".

Muchos patrocinadores se han ofrecido para acelerar los trabajos, pero no obstante las presiones tan atractivas, han sido rechazados. El Padre Manyanet y Gaudí quisieron que se edificase solo y exclusivamente con la caridad, las limosnas del pueblo. "En la Sagrada Familia —dice Gaudí— todo es fruto de la Providencia, incluso mi participación como arquitecto". Y para decirlo con pocas palabras, añadía: "Este templo lo acabará San José".

Cuando en 1915 los fondos para la construcción del templo escaseaban, se hizo él mismo pobre, llegando a pedir limosna entre la rica burguesía de Barcelona para continuar la obra. Florecieron así las anécdotas y leyendas acerca de un hombre que había renunciado al dinero y a la fama, por una empresa que muchos consideraban imposible.

Originalidad y simplicidad de la naturaleza y de Nazaret

José Manyanet y Antonio Gaudí estaban guiados, en sus proyectos, por la misma idea madre.

Gaudí creía que su responsabilidad era unir con un "hilo de oro" la creación de Dios, la naturaleza con la arquitectura. Buscaba las soluciones en la naturaleza y las transfería a la arquitectura. Decía: "Mi maestro es el árbol del jardín que está frente a mi ventana".

Estaba convencido de que "la originalidad consiste en la vuelta a los orígenes; original es, por lo tanto, aquello que con medios nuevos permite volver a la simplicidad de las soluciones primeras".

Manyanet decía:

"Volvamos a la simplicidad de Nazaret donde todo tuvo su inicio. Vayamos cada día a Nazaret, porque ellos, Jesús, María y José, son nuestros maestros; tomemos de ellos los secretos para la reconstrucción de la familia, de la Iglesia y de una nueva sociedad, con medios y mentalidad nueva. Atemos con un 'hilo de oro' la experiencia de aquella extraordinaria Familia a la vida de las familias de hoy, para transmitir las bases sólidas que crean relaciones sanas y educativas".

Ambos estaban fascinados por el misterio de la Encarnación. Gaudí, al inicio del siglo XX, trabajaba en la edificación de la fachada del Nacimiento, la única de las tres que ha sido construida bajo su dirección. Quiso comenzar con la fachada dedicada a la Encarnación, "porque los misterios de la infancia de Jesús son aquellos que hablan más directamente al corazón del pueblo".

También José Manyanet estaba convencido de que el camino más cercano al corazón de la gente, para la edificación de las buenas familias, debe partir de nuevo desde Nazaret.

Gaudí, según el decir de aquellos que le conocieron, era un "santo" muy humilde, muy religioso. Mientras construía la Sagrada Familia, la Sagrada Familia, le construía a él espiritualmente.

"Ve, repara mi casa"

Manyanet se identifica con el discípulo que cada día aprende algo nuevo del misterio de Nazaret. También para él se trata de acercase a Nazaret para dejarse transformar por la Sagrada Familia.

Ambos, como Francisco de Asís, amantes de la sencillez, poseían un espíritu extraordinario de pobreza y también a ellos el Señor les dice: "Ve, repara mi casa".

Gaudí responde a este mandato construyendo un templo con piedras que hablan: "Uno ve las piedras de la Sagrada Familia y es evangelio puro. La Sagrada Familia es un libro para todo el mundo, para quien tiene fe y para quien sabe leer con el corazón y con la mente".

Por esto la arquitectura de Gaudí la comprenden mejor los niños que los arquitectos, porque los niños no tienen prejuicios, conservan todavía la inocencia. Ven una cosa que es agradable porque se asemeja a la naturaleza, y la naturaleza es placentera.

El cardenal Pietro Palazzini, prefecto de la congregación para las Causas de los Santos cuando José Manyanet fue proclamado beato, tuvo la responsabilidad de examinar los documentos y los testimonios referidos a su persona y a su obra. De todo esto se formó una opinión personal: "Por los estudios hechos sobre Manyanet y por los escritos de los testimonios, yo le considero como un nuevo san Francisco de Asís, a quien un día Jesús dijo: 'Ve, repara mi casa".

La casa para reparar de la cual había sido encargado era la familia, entonces muy amenazada en España y en algunos lugares de Europa. Y esto porque, como dice san Pablo, el carisma de los fundadores no les es concedido a título personal, sino "en vista del bien común" (1 Cor 2,11).

Si cada fundador tiene una misión, el cielo encomendó a Manyanet el cuidado de la iglesia doméstica, la familia, y ella fue el objeto primordial de sus preocupaciones pastorales.

Dos iniciativas con futuro

Les une también una última coincidencia no menos importante. Manyanet a los 31 años renunció a una carrera eclesiástica brillante para dedicarse al carisma que el cielo le confiaba y que le ocasionó tantas lágrimas y sudores.

Gaudí a los 31 años, ya un artista con futuro, recibió el encargo de construir el templo de la Sagrada Familia. Trabajó en él durante 43 años. A partir de 1910 renunció a cualquier otro encargo, para dedicarse exclusivamente al templo.

En el último año de su vida eligió vivir en el templo, como hacían los antiguos artistas y artesanos. El sabía que no podía unir su nombre a la obra acabada: "No quisiera yo terminar los trabajos, porque no sería conveniente. Es necesario conservar siempre el espíritu del monumento, pero su vida debe depender de las generaciones que se lo transmitan y con las cuales la Iglesia vive y se encarna".

Gaudí fue sepultado en la cripta, pero su genio de "artista total" está tan vivo y presente que visitando su obra de arte, en construcción, parece que uno se encuentra en una cantera de las catedrales de la Edad Media. El espíritu y el fervor de las obras es aquél..., solo que los andamios y las estructuras precarias de antes han sido sustituidos por grúas imponentes, ascensores, técnicas de trabajo vanguardistas, arquitectos, ingenieros, y trabajadores con cascos brillantes. Pero algunos jarrones de flores, bien cuidados, cercanos a los talleres de los trabajadores del templo, nos remiten a la idea de la belleza de la naturaleza, de la cual han sido "robadas" las figuras arquitectónicas más audaces del templo.

Gaudí, Manyanet y la Sagrada Familia, por Olegario Gonzalez de Cardedal

SAN JOSE MANYANET














ANTONIO GAUDI














Hay nombres que fijan un siglo y fechas que sellan una geografía. La historia de España en el siglo XIX pasa primordialmente por Cataluña, que en una explosión de cultura e industria, despertar literario y religioso, determina gran parte de los fenómenos políticos y sociales del siglo siguiente. La revolución industrial, la Semana Trágica, los movimientos regionalistas, la renaixença y el modernismo son fenómenos que trascienden la geología catalana para convertirse en palancas de la entera historia de España.

La historia de Cataluña en ese tramo del tiempo es también fruto de un renacimiento espiritual con una pléyade de santos. Ninguna otra región hispánica ha dado tantos fundadores, escritores y santos, hombres y mujeres, en tan corto espacio.

Gaudí se sitúa en el epicentro de esa constelación de creadores que desde el arraigo en la naturaleza, la cultura y la fe van a trasformar el panorama espiritual. Como todo fenómeno creativo, es ininteligible sin la inserción en su medio de nacimiento y, sin embargo, los desborda. Si yo tuviera que elegir tres palabras para caracterizarle diría que fue un genio, un santo y un pobre. Venía de la tierra y del contacto con la naturaleza. Eso le dejó en sus venas el sentido del trabajo a la vez que el empeño por la obra bien hecha.

"Tengo el don de la percepción espacial porque soy hijo, nieto y biznieto de forjadores de cobre; mi abuelo, también. Por parte de mi madre en la familia también había herreros; su abuelo era tonelero, mi abuelo materno era pescador".

Si la partida de bautismo afirmaba que había nacido en San Pedro de Reus, él, ya arquitecto, dejó la duda de si su lugar de nacimiento realmente no fue el taller de calderero que su padre tenía en una masía de Riudoms, pueblo cercano a la capital de Baix Camp. A quienes hemos nacido al calor del fuego en un escaño de aldea, tal afirmación no nos sorprende.

Si eso le aportó su contacto inmediato con la naturaleza, el contacto con la cultura le permitió trascender, purificar y universalizar esas raíces. No fue sólo el magisterio de la Escuela de Arquitectura, sino también y sobre todo las amistades que cultivó. El fondo cultural representado por J. Verdager y por J. Maragall en una línea y en otra representado por don Enrique de Ossó; el doctor Torras y Bages; el padre Casanova, SJ; los obispos Grau, de Astorga, y Campins, de Mallorca, y los monjes de Montserrat, nos dan el subsuelo a la vez cultural y religioso en el que crece el arquitecto revolucionario del paisaje urbano de Barcelona.

Junto a influencias identificables está ese enigma de cada vida personal y, en nuestro caso, la vida ante Dios de este hombre. Un camino de fe, discernido y consentido, llegando a una actitud de entrega a la obra bien hecha que, recibiéndola como encargo, se le convierte en la divina misión de su vida: el templo de La Sagrada Familia.

El milagro es resultado de una rigurosa formación profesional y de un duro trabajo diario, a la vez que de una intensa vida espiritual, tejida de oración ante el Santísimo, de comunión diaria, de formación teológica y litúrgica, que va desde seguir los cursos de canto gregoriano dados por el padre Suñol en Montserrat hasta la lectura diaria de El año litúrgico, del abad de Solesmes Dom Gueranger. En 1911, la lectura en Puigcerdà de San Juan de la Cruz le inspira la fachada de la Pasión. ¿Qué tendrá la lectura del santo de Fontiveros, que en el siglo XX ha inspirado la poesía inglesa con los Cuatro cuartetos, de Eliot; la metafísica de la Sorbona, con sus grandes maestros girando en torno él (Bergson, Blondel, Delacroix, Baruzi, Maritain); la fenomenología alemana con E. Stein; la política de la nueva Europa en R. Schumann, y la arquitectura revolucionaria de Gaudí?

"A la gloria de Dios se alzan las torres", escribía Unamuno, mientras visitaba a J. Maragall en Barcelona. A esa gloria de Dios y para gozo de los hombres se entregó Gaudí sosteniendo sobre sus espaldas la obra ingente. Fue el centro y final de su vida. "Muerto también el amigo Maragall (1911) y, poco después, el querido mecenas conde de Güell (1918) y el dilecto Torras y Bages, me sumergí en la más completa soledad. Mis grandes amigos están muertos; no tengo familia, ni clientes, ni fortuna, ni nada. Así, pues, puedo entregarme totalmente al templo". En él vivía físicamente. De la cripta en oración al trabajo de las bóvedas pasaba sus días en intensidad de acción y de fe, entregado a la misión. Murió atropellado por un tranvía, pobre, casi irreconocible. Al apagarse su luz, los barceloneses se percataron de que habían convivido con un santo, y no sólo con un genio.

Gaudí construyó La Sagrada Familia. Pero, ¿quién dio la idea? ¿De dónde nacieron la ilusión, los impulsos y los arriesgos que la hicieron posible entonces y la siguen haciendo hasta hoy? El 24 de junio de 1869, un joven sacerdote de 36 años, José Manyanet y Vives, escribía al obispo de Seo de Urgel, José Caixal, proponiéndole la idea de levantar un templo a La Sagrada Familia. Esa semilla necesitó decenios para fructificar y fueron luego otros grupos, movimientos y personas quienes con él la sostuvieron hasta el final; pero sin la inspiración y empuje de José Manyanet no existiría.

El 16 de mayo es canonizado por Juan Pablo II, y con ello la Iglesia reconoce el valor de su iniciativa, la santidad de su vida, la ejemplaridad de su ministerio sacerdotal y la fecundidad de su paternidad. Fundó dos congregaciones, una masculina (Hijos de la Sagrada Familia) y otra femenina (Misioneras de la Sagrada Familia) extendidos por Europa, África y América, con casas en los márgenes de las grandes ciudades y en el corazón de ellas: Barcelona, Madrid, Alcobendas, Camerún, Venezuela, Ecuador, México, Italia, Argentina, Italia, Brasil.

Si templo e instituciones de personas no son pura arqueología, ni cultura agotada, ¿cuál es su significación permanente? Gaudí y Manyanet, estos hombres y mujeres presentes en tantos rincones del mundo, se percataron de que en la vida humana hay realidades nutricias de su dignidad y de su futuro, realidades que Dios ha creado y que él mismo, encarnado, ha experimentado. La primera entre ellas es la familia. Sólo podemos hablar de La Sagrada Familia si a la vez hablamos de cómo es sagrada la familia. Ella es la raíz personal y amorosa de la existencia humana, sin la cual el hombre ni llega a ser ni crece con aquel arraigo, libertad y aposentamiento gozoso que necesitamos para acoger la vida no como un destino ciego y violento, sino como un bello quehacer y una sagrada misión.

En los últimos decenios hemos asistido a una revolución, acoso de la estructura y derribo de los dinamismos de la familia. Como la escuela, la Iglesia y la Universidad, ella forjó sus dimensiones en la cultura rural, preindustrial, local. Hoy éstas han desaparecido y no hemos ido construyendo lentamente las respuestas institucionales, las soluciones legales y morales, que permitan a la familia nueva adaptarse, afirmarse y consolidarse. La familia tiene unos problemas y tareas que son eternos: suscitar la vida, afirmar la libertad recíproca, acrecer el amor, mantener la fidelidad entre los tres lados de ese triángulo constituido por: esposa-madre, esposo-padre e hijos-hermanos. Eso siempre fue una necesidad y a la vez un milagro. Los problemas nuevos derivan de grandes conquistas: la mayoría de edad cultural, la formación profesional y la independencia económica de la mujer, la necesaria igualdad de derechos en la diversidad de funciones, el acceso de todos los hijos a la escuela y a la Universidad, sin que se hayan actualizado la legislación, y sobre todo la resituación del esposo y de la esposa respecto de la responsabilidad en el hogar y para con los hijos. A ello se añaden los problemas de vivienda, desarraigo de la ciudad, pérdida de los contextos conocidos y de las instituciones sustentadoras.

¿Qué amenazas pesan sobre la familia? Su depreciación social y su trivialización como si fuera una estructura arbitraria y convencional, disoluble a gusto. Pesa sobre todo el rechazo de la vida, ya que cuando ésta se vivía como don de Dios con la misión de trasmitirla, entonces los hijos eran motivo de profunda alegría y responsabilidad. La vida se recibía con gozo y con gozo se trasmitía. Perdida la fe en Dios, y comprendida la vida como mera posesión propia, ni recibida de nadie ni debida a nadie, la sociedad y la vida pierden su primer fundamento, reducidas a una suma de individuos absolutizados y desentendidos de aquéllas. Pesa sobre todo la pérdida del sentido de fraternidad. ¿Cómo sentir lo que es ser hermano si no se tienen? Quienes somos hijos únicos sabemos lo que es esa herida, abierta en los costados interiores por nada cerrable. A la familia la amenazan la invasión de lo público en lo privado, de lo oficial en lo personal, y la irrupción anónima, despersonalizada y no responsable en el hogar, con mensajes, propuestas y apelaciones que dejan fuera de sí a los miembros de la propia familia, remitiéndolos a la comunicación con los otros más que entre sí, si no permanecen vigilantes y libres.

En 1935 escribió M. García Morente su clásico Ensayo sobre la vida privada. Pasar de lo individual egoísta a lo social responsable es un deber sagrado, pero vaciar la vida personal en la pública es quedarse sin resortes propios, sin dignidad y libertad, a merced de los ladrones y de los verdugos. La invasión de la vida personal por lo público es la amenaza más grave que hoy vivimos, y de la que apenas se aperciben las masas, por su carencia de formación cultural y de coraje moral. Más aún, consideran que esa presencia de lo público y su participación en ello es su liberación. Finalmente amenazan a la familia la desatención social y la utilización política.

Un ejemplo en la historia debe darnos que pensar. ¿Por qué ha perdurado el pueblo judío con tal dignidad y fecundidad cultural pese a tanto dolor y genocidio? Hay una respuesta teológica: porque, siendo creyente, está llamado a ser el signo público, no borrable por los hombres, de la existencia y unicidad de Dios creador, iluminador y santificador del hombre, frente a los ídolos y tiranos que se divinizan a sí mismos. Pero hay otra respuesta a ras de tierra y de tejados. Perdura porque en él han sido sagradas estas realidades: familia y madre, casa y libro, memoria e identidad. Sin familia no hay arraigo en la existencia; sin el amor que ella ofrece la libertad es mera soledad desesperanzadora; sin el cobijo y propulsión que ella emite no hay implantación gozosa ni germinación creadora en el mundo. Antes de asustarse por las crisis familiares y desmanes matrimoniales hay que preguntarse por sus causas y sobre todo sostener y mantener el fundamento de una real familia, de una familia así sagrada, por amplia, abierta y solidaria.

Olegario González de Cardedal es catedrático de la Facultad de Teología en Salamanca y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.