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lunes, 20 de marzo de 2017

La espiritualidad josefina de san José Manyanet

SUEÑO DE JOSÉ, Philippe de Champaigne

El misterio de Nazaret

Al hablar del padre Manyanet como hijo, testigo y apóstol de la Sagrada Familia, entramos en el santuario de su espiritualidad. Lo que nos parece que tiene de específico la vida del padre Manyanet es su profundización en el misterio de Nazaret, presente en todo el evangelio, a partir de la Encarnación y de los treinta años de vida oculta, de trabajo, de plegaria al Padre y de humana conversación de Jesús, María y José.

Manyanet hizo también su elección: el evangelio de Nazaret. El silencio de la "vida oculta" de Cristo con María y José en Nazaret en actitud de servicio al Padre y a los hombres, era para él un punto clave que, por el don que Dios le concedió, profundizó de manera progresiva.

La devoción a san José

Comenzó por su devoción a san José. En el colegio San José, de Tremp, había una litografía de Maggiolo editada en París por Dopter, sobre la que el padre ponía con frecuencia los ojos. José aparece con el Niño Jesús en sus brazos.

Se ha dicho que a san José le han hecho más justicia los santos —especialmente los grandes contemplativos— que los teólogos. Recuérdese la especial devoción que le tenía santa Teresa de Jesús y las bellas páginas que nos dejó. Lo mismo puede decirse del padre Manyanet, que, sin duda, es uno de los grandes devotos del santo, hecho que incluso se manifiesta en una circunstancia familiar curiosa: sus religiosos, en los comienzos, eran conocidos como los "Josepets".

Los hechos josefinos de su vida son numerosos. El primero, llevar el mismo nombre de José, a pesar de que tal nombre no era frecuente en la familia (su segundo nombre, Joaquín, también lo vinculaba a la ascendencia humana de Cristo).

En Barbastro, siendo estudiante, ya practicaba la devoción de los Siete Padrenuestros al Santo Patriarca. Quiso que su primer colegio —el de Tremp— llevara el nombre de san José y la fiesta de san José era la más solemnizada en todas las casas de la congregación.

Consejos josefinos

En sus cartas abundan los consejos "josefinos" a sus hijos e hijas; son entrañables y familiares, expresión de una devoción muy profunda: "Encomiéndelo a san José, y, si no le hace caso, dígale que va de mi parte"; "Hemos de tirar con más fuerza de la capa de san José"...

Tenía por costumbre cada noche colocar ante una imagen de san José las llaves del colegio de Sant Andreu, porque a él le tenía como guardián y protector de la casa, recomendando esta práctica a los superiores de las comunidades, especialmente de las casas de formación.

San José inspira la vida y obra del padre Manyanet

Manyanet es uno de los grandes josefinos que ha tenido España y más en concreto Barcelona, donde hay obras de clara influencia josefina como el templo expiatorio de la Sagrada Familia y el santuario de San José de la Montaña, con cuya fundadora, la madre Petra de San José (1845-1906), mantuvo estrechas relaciones.

Se conserva un manuscrito de José Manyanet, escrito en su madurez, y titulado Método de Vida, que es un proyecto de vida cristiana mucho más riguroso y exigente que el plan de vida de Barbastro. Sacerdote y religioso, ya casi al final de su vida, hace éste entre otros propósitos:

"Todos los días entregar a san José las llaves de la casa y de toda la congregación, como padre y señor de ella después de Jesús y de María, y suplicarle la rija y gobierne como a tal, sin que permita en ella pecado ni abuso o relajaciones de ningún género, proveyendo, al propio tiempo, de personal y medios suficientes al fin de la institución".

Uno de los hechos que manifiesta más claramente esta gran fe y confianza en san José es lo que cuenta el padre Jacinto Mateu, en su manuscrito:

"En el año 1892, en Sant Andreu del Palomar se levantó una revuelta popular, en la que peligraban las vidas y casa de curas y frailes y de dueños de fábricas. Una turba de revolucionarios se dirigió con mal intento a nuestro colegio y casa. Y el padre Manyanet puso una imagen de san José, una estampa grande, detrás de la puerta principal, diciendo: ‘San José nos librará de estas gentes’.

En efecto, llegó la gente y furiosamente tocaron la campana. Y creo que el mismo padre, con el hermano Antonio (Buira Mascaró 1867-1939), abrió la puerta y dijo a la gente: ‘Este colegio está lleno de niños en las clases y son pobres y los protege san José’. El cabecilla de la gente se fijó en el padre y le dijo: ‘Si son pobres, respetamos el colegio’, y se fueron silenciosos.

Todos entramos en la capilla del colegio a dar gracias a san José. Las turbas, que andaban quemando, robando y asesinando alguno, no volvieron más en las dos semanas que duró la revolución de Barcelona y pueblos vecinos".

Fuente: José Manyanet. Profeta de la Familia. J.M. Blanquet - J. Piquer.

martes, 14 de enero de 2014

H de hijos e hijas, por M. Dolors Gaja, MN


Para Manyanet una palabra muy querida es hijo, hija. El religioso y la religiosa  de su Instituto se reconoce, ante todo, hijo de la Sagrada Familia. En el libro de La Escuela de Nazaret, Jesús, María y José llaman a Desideria “hija” como el más bello de los nombres. Y ella se identifica hasta suplicar: Bendecid ahora a vuestra hija y quedará del todo consolada.

Ser hijo/a de la Sagrada Familia nos define. Por cuanto Jesús, a quien nos consagramos y seguimos, es Hijo; por cuanto un hijo debe parecerse a su Padre y “ser santo como Él es santo”. El hijo es fruto del amor.

Manyanet se sabe hijo de un amor de predilección y también son hijos de este amor los dos Institutos. Pero además el hijo vive en la intimidad de la familia…de la familia de Jesús, María y José. Por eso, por ser hijo/a, podemos ser testigos y apóstoles de la Sagrada Familia.

“Este solo calificativo debe llenarnos de esperanza y alegría santa, a la par que recordarnos constantemente que hemos sido,llamados a copiar en nosotros con mayor perfección las virtudes, de las que nos dieron  admirable ejemplo nuestros amados padres Jesús, María y José”.

Es una palabra bonita en su significado. Viene del latín “filius”, palabra que emparenta con “felix, felicis” que significa fértil, fecundo y, por extensión, feliz. Por tanto, somos plenamente hijos/as de la Sagrada Familia si, como tales, somos fecundos en nuestra vida, si engendramos vida. Porque el hijo, que recibe la vida por definición, está llamado a ser fértil. Sólo así será feliz.

Manyanet no quiso para sus hijos e hijas otro nombre que el de hijos. El espíritu de filiación que recibimos en el bautismo halla su plenitud en la vivencia de Nazaret. Sabernos hijos/as hace florecer en nosotros las virtudes que caracterizan Nazaret: el abandono, la simplicidad y sencillez, la acogida, la capacidad de asombro, el afán de conocer – de alcanzar la auténtica sabiduría- la confianza, la transparencia de corazón.

Dicen que nuestro mundo ha “matado” la figura del Padre. No lo sé, tan sólo sé que necesitamos ser lo que somos: hijos

Y por supuesto, reconocernos hijos implica vivir como hermanos, que también tiene H!

viernes, 6 de septiembre de 2013

El escudo de los Hijos de la Sagrada Familia



El escudo o emblema de la Congregación de los Hijos de la Sagrada Familia que, ya en vida del Fundador aparece en los primeros documentos del Instituto, contiene los perfiles característicos de la sociedad religiosa, nazarena y familiar fundada por san José Manyanet.

Estan juntos los corazones de Jesús, María y José, símbolo de la comunión familiar de la Sagrada Familia de Nazaret que se propone reproducir y propagar el nuevo Instituto.

La vida de Nazaret estuvo marcada, sin embargo, por la cruz de Jesús, los dolores de María y el silencio de José, que orientan la vida e historia de la Congregación.

Las palmas, que más tarde se cambiaron en azuzenas, preconizan la importancia de la obra de la Sagrada Familia en la Iglesia y en la sociedad.

El lazo con la inscripción del Instituto de la Sagrada Familia aplica toda la alegoría del dibujo a la inspiración carismática de san José Manyanet

Seis principios fundacionales, por José María Blanquet, S.F.

Cuando el sacerdote Manyanet deja el palacio episcopal de Urgell, en mayo de 1865, para entregarse plenamente a la tarea de la nueva fundación, tiene un horizonte muy claro de lo que Dios le pide para la Iglesia y para la sociedad. La presión antirreligiosa se ejercía en las escuelas, en las que el Estado pretendía tener un papel creciente y monopolizador, con graves consecuencias para la vida cristiana de las familias.

Puesto que los revolucionarios iban a la escuela para destruir a la familia, a ella debían ir también los cristianos para defenderla. Un punto clave de la regeneración de la sociedad era para Manyanet la formación y el mantenimiento de la familia mediante la educación católica de la niñez y de la juventud. Por lo cual, él concibe su obra como una familia, inspirada en la Sagrada Familia, para las familias pero con las mismas familias, y la organiza en consecuencia.

Sus características principales son seis:

1. Los miembros del Instituto comparten en sus quehaceres una vida de auténtica familia. La vida comunitaria debe ser característica esencial de la nueva Congregación. Ha de ser, ante todo y sobre todo, una familia.

2. No se trata de construir una simple sociedad educacional, sino, más bien, una entidad religiosa en toda la amplitud espiritual y jurídica del término, consagrada a Dios mediante la profesión de los consejos evangélicos, a imitación de Jesús, María y José.

3. Los religiosos Hijos de la Sagrada Familia deberán consagrarse, como fin principal de su actividad sacerdotal comunitaria, a la formación de auténticas familias cristianas, principalmente por medio de la educación e instrucción de la niñez y de la juventud.

Este es el carisma de san José Manyanet y de su Instituto. "La educación e instrucción sólidamente católica de toda la juventud puesta en manos de sacerdotes y de estos, religiosos, ad hoc llamados por Dios, —escribía en 1889— es, a mi pobre entender, el medio más apto, más sencillo y práctico para reformar la familia y con ella la sociedad, y volverla a su propio centro, que es la Iglesia católica". El Instituto de los Hijos de la Sagrada Familia es, pues, una familia para las familias.

4. Se tomaban como punto de partida y meta la vida y los ejemplos de la Sagrada Familia de Nazaret. El ejemplo de la familia de Jesús, María y José lo había sintetizado, en un principio, en la figura de san José, bajo cuyo patrocinio puso la primera morada del Instituto y el centro educativo de Tremp.

5. San José Manyanet había aprendido a amar a la Iglesia en la persona del obispo Caixal, y quiso que su Instituto se mantuviera siempre en comunión con la Iglesia universal, porque estaba convencido que de ella dependía la eficacia de su actividad apostólica.

6. El fundador, desde el principio, creó una asociación católica, que llamó "Camareros (ayudante de camara) de la Sagrada Familia", como una tercera orden, para llevar el evangelio de Nazaret al mundo: más concretamente, para hacer de cada familia un hogar según el modelo de Nazaret y asegurar la participación de los laicos, sobre de los padres y madres de familia, en la misión del Instituto.

En resumen, san José Manyanet quiso que en el Instituto, en su familia religiosa, inspirada en la Sagrada Familia, todo sea para las familias pero con la ayuda de las mismas familias.

Hijos de la Sagrada Familia, Jesús, María y José, ¿por qué?, por José María Blanquet, S.F.

San José Manyanet nos llamó Hijos de la Sagrada Familia, Jesús, María y José ya desde los albores de la fundación. El texto del primitivo Reglamento, de la fórmula de profesión religiosa que usó el Fundador y los primeros religiosos, y de las Constituciones y Reglas, lo tienen así formulado.

Él escribió que "por nuestra vocación somos llamados Hijos de la Sagrada Familia". ¿Qué fue primero la vocación o el título? Puede asegurarse que una y otro nacieron simultáneamente en la oración y contemplación del misterio de la vida de la Sagrada Familia de Nazaret y en la constatación de la situación social de su tiempo.

"Los patronos de nuestra congregación son nuestros Padres, Jesús, María y José, augusta Trinidad de la tierra, dada por el Padre celestial a los hombres como perfectísimo modelo. Téngala nuestros religiosos singularísimo afecto, procuren imitar fielmente sus virtudes y trabajen con celo para propagar su culto y devoción" (Suma 2).

La Sagrada Familia, Jesús, María y José, son nuestros Padres y, por consiguiente, nosotros somos sus Hijos —Hijos de la Sagrada Familia, Jesús, María y José— y Ellos son el modelo dado por Dios a todas las familias de la tierra. Debemos honrarla porque somo hijos; imitarla para hacer proféticamente presente su estilo de vida; y propagar su culto para que las familias vivan su vocación y misión según el plan de Dios revelado a la Sagrada Familia de Nazaret.

La decisión de colocar el Instituto bajo el patrocinio de la Sagrada Familia fue fruto de la gracia de Dios, pues aunque en Francia, Bélgica e Italia existían ya movimientos en favor de la devoción a la Sagrada Familia, en España no los había por lo menos de importancia.

El nuestro es el segundo Instituto masculino que nace en la España del siglo XIX, después de los Misioneros del Inmaculado Corazón de María, de san Antonio María Claret, y no resulta en los años de preparación de la fundación ninguna conexión ni con el P. Francoz de Lión, ni con los Redentoristas de Lieja, ni con el canónigo de Bolonia, Serafino Giorgi, que son los pioneros de la devoción a la Sagrada Familia en Europa.

Las raíces espirituales del carisma nazareno de san José Manyanet hay que buscarlo en su particular devoción a la Virgen de Valldeflors, patrona de su ciudad, que aparece con el niño Jesús en sus brazos, y a la que fue consagrado en la infancia por su madre, recibiendo la gracia de su aparición, y en su especial devoción a san José, ya sea porque llevaba su nombre —José Joaquín, se llamaba—, ya sea porque había aprendido a amarle al lado del obispo José Caixal, que era un gran devoto josefino.

El salto no fue difícil, sobre todo a través de san José, cuyas prerrogativas de esposo de la Virgen María y Padre de Jesús, lo vinculan necesariamente al Hogar de Nazaret. Ambos —María y José— le introdujeron en la intimidad de la Casa de Nazaret y allí fijó su residencia.

San José Manyanet puso, pues, el Instituto bajo el patrocinio de la Sagrada Familia para que reprodujese y actualizase en el tiempo el misterio de su vida, imitase sus virtudes y tradujese sus valores y los propagase a todos los hogares, ya que encierra un designio de salvación de Dios para la Iglesia y para la sociedad.

Manyanet identifica en Nazaret a la primera comunidad cristiana, la primera comunidad religiosa y la primera iglesia doméstica. Gracias al don de la filiación nazarena, habla siempre de la Sagrada Familia como de "nuestros santísimos Padres" y lo hace con un lenguaje tan familiar y enternecedor que revela el grado de intimidad que había alcanzado. Toda su vida y acción llevan ese sello.

jueves, 5 de septiembre de 2013

La familia en el pensamiento de José Manyanet, por Josep Roca, S.F.

En la lectura atenta del evangelio, sobre todo contemplando los años de vida familiar de Jesús, María y José, José Manyanet encontró la perla preciosa de su vida.

En Nazaret descubrió el hogar de la santa familia, el templo donde habitaba el Hijo de Dios entre nosotros y la escuela del Evangelio. En su visita espiritual a Nazaret profundizaba en el misterio del amor de Dios que se revela en la sencillez de la vida cotidiana.

De esta contemplación, que recomendó a sus hijos e hijas espirituales, manaba una fuente de agua clara que saciaba la sed de su corazón y lo movía a encarnar este misterio en su vida y en su apostolado.

De sus escritos, sobre todo de las obras principales:

La Escuela de Nazaret y Casa de la Sagrada Familia (1895),
El Espíritu de la Sagrada Familia (1897),
Preciosa Joya de Familia (1899),

y de su abundante correspondencia se puede extraer como un cuerpo doctrinal, que podríamos resumir en esta especie de decálogo:

1. La familia proviene de Dios
Dios, que en su interior conforma entre las personas divinas la familia trinitaria, en el principio creó hombre y mujer a su imagen y semejanza y los llamó a formar familia.

2. El matrimonio tiene un carácter sagrado
El matrimonio es el origen de la familia. Cristo dice que así lo estableció Dios desde el principio. No es, por tanto, un simple invento de los hombres. Por esto es necesario prepararse bien para recibirlo y defender su dignidad.

3. El matrimonio cristiano es un sacramento
Cristo elevó la unión del hombre y la mujer a la dignidad de sacramento, es decir, de signo de la vida de Cristo en unión con su cuerpo que es la Iglesia.

Dios celebra las bodas de la humanidad a través de la encarnación que se sella en la cruz, en la que nace la nueva humanidad del costado de Cristo. El matrimonio expresa de una forma sacramental este misterio: "Este misterio es grande: yo entiendo que se refiere a Cristo y a la Iglesia" (Ef 5,32).

4. El fruto más valioso del matrimonio son los hijos
La vida viene de Dios pero se transmite de generación en generación con la colaboración de los padres. Los hijos son el mejor regalo que Dios puede hacerles y tienen que acogerlos con alegría, por encima de cualquier otro motivo o interés. Su primera responsabilidad es educarlos y acompañarlos hacia la plenitud humana.

5. El matrimonio tiene sus reglas de juego y sus deberes
Los esposos deben aceptarse con júbilo, respetarse, dialogar, tener confianza mutua. Deben complacerse y compartir las alegrías y las tristezas.

6. El amor es el gran valor que da calidad a la vida matrimonial y familiar
El amor viene de Dios y la familia es una depositaria calificada de ese amor. Tiene que recibirlo y cultivarlo con cuidado. El amor tiene que ser de palabra y de corazón, pero sobre todo, de obra.

7. Las manifestaciones del amor
Las manifestaciones del amor son la aceptación mutua y, en consecuencia, la paz y la concordia familiar
La paz y la armonía de los padres entre ellos y con los hijos es fundamental y la condición para la felicidad familiar y para la edificación de la sociedad.

8. En la familia los padres son como sacerdotes
La paternidad es como un sacerdocio; y así como es propio del sacerdote exhortar, predicar y orar, igualmente los padres de familia, en su casa, tienen que ser celosos, vigilantes y constantes, aunque prudentes predicadores, con la palabra y el buen ejemplo.

9. La familia es la célula primera de la sociedad
La buena salud de la familia repercute directamente en la buena armonía y funcionamiento de la sociedad. En cambio, de una familia enferma, del desorden y de los antagonismos familiares provienen individuos débiles y conflictivos que exigen costosos recursos de rehabilitación.

10. El icono de la Sagrada Familia, Trinidad de la tierra, es una imagen de la familia querida por Dios
La contemplación de la familia de Nazaret nos introduce en el misterio de la vida trinitaria. Los padres y los hijos encuentran en ella el modelo de su vida familiar y una ayuda permanente para conseguirlo.

Fuente: San José Mañanet, profeta de la familia, por Josep Roca, S.F. (2007).

Familias como iglesias domésticas, por Josep Roca, S.F.

El objetivo apostólico de José Manyanet y de sus institutos es configurar las familias según el modelo de Nazaret "que el Padre Eterno, por su bondad infinita, se dignó presentar a los hombres como el modelo más perfecto para todos los estados, edades y condiciones".

Esto significa ayudar a las familias a ser verdadera "iglesias domésticas". Los padres de familia, dentro del hogar, son como los sacerdotes y tienen que exhortar a todos los miembros, predicar y dirigir la oración familiar.

"La paternidad —comenta— es como un sacerdocio". El papa Pío IX, al proclamar a san José protector de la Iglesia, lo hacía porque era el custodio y padre de la familia de Nazaret. Juan Pablo II ha reconocido en la Sagrada Familia la originaria "iglesia doméstica".

Si la casa de Nazaret fue la cuna de la Iglesia, cada familia puede llegar a ser un verdadero santuario del amor y de la vida, imitando el ejemplo de Jesús, el hermano primogénito que vivió obediente a sus padres y nos amó "hasta el extremo", de María, la madre de la Iglesia, la nueva familia de los hijos de Dios, y de José, el esposo de María y protector de los dos seres más amados del Padre del cielo.

Fuente: San José Manyanet, profeta de la familia, por Josep Roca, S.F. (2007).

La espiritualidad mariana de san José Manyanet

Un rasgo significativo del padre Manyanet es su ferviente devoción a María. El amor a María arraigó en su corazón desde niño y es una de las presencias características de su devoción.

Ya mayor, recordará siempre la imagen de la Inmaculada guardada en su casa, bajo la campana de cristal, delante de la cual innumerables veces se había arrodillado con su madre de la tierra para implorar la protección de su Madre del cielo. Esta imagen es símbolo de la protección de la Madre sobre la vida y las obras de Manyanet, marcadas por su presencia maternal.

Con toda razón se puede afirmar que el amor a la Virgen, especialmente después de haber sido consagrado por su madre a la Virgen de Valldeflors, fue el amor fiel de su vida.

Incluso puede realizarse un significativo elenco de las advocaciones o imágenes marianas que veneró a lo largo de su vida: la Inmaculada de su casa; la Virgen de Valldeflors, de sus plegarias diarias en la colegiata de Tremp —imagen que lleva a Jesús en sus brazos—; la Dolorosa de las Escuelas Pías de Barbastro, en cuya fiesta celebró la primera misa; la Asunción del seminario de Lleida; la Inmaculada de la Seu d’Urgell; la Virgen de Montserrat, a cuyos pies puso sus obras; la Merced de Barcelona, Lourdes, Zaragoza, Tauste, Loreto, etc., son otras tantas imágenes y santuarios que evocan su amor a la Virgen María.

Las fechas más importantes de su vida y de la historia de los institutos coinciden con fechas marianas, como la Purificación (hoy Presentación de Jesús en el templo), la Asunción, la Inmaculada Concepción, la Virgen de los Dolores, de la Esperanza, etc. Además, varias de sus obras las intituló a la Virgen María.

El padre Oromí recuerda en su biografía que uno de los lemas favoritos y frecuentemente repetidos con fervoroso convencimiento por Manyanet era De Maria nunquam satis ("Por más que se glorifique a María, siempre nos quedaremos cortos"). Y aquel otro que informaba todas sus obras y trabajos: Omnia per Ipsam, et cum Ipsa et in Ipsa ("Todo por Ella, con ella y en Ella").

A la Virgen María dedicó también parte de sus escritos y varios de sus sermones. Merecen especial mención la Novena a la Virgen de Valldeflors y la Corona de alabanzas a la Virgen, que era una de sus prácticas diarias de devoción mariana.

En el prólogo de la Novena esplica los motivos que le han impulsado a escribirla, que son: meditar los misterios de la Madre de Dios, publicar sus glorias, cantar sus alabanzas y también imitar sus virtudes. El padre Manyanet agradeció así a la patrona de Tremp "los muchos y muy particulares beneficios que tenía recibidos de ella desde su infancia".

Fuente: José Manyanet. Profeta de la Familia. J.M. Blanquet - J. Piquer.

Nazaret, un carisma para la Iglesia, por Sergio Cimignoli, S.F.

Sin un amor no se puede vivir. Cada uno de nosotros vive un tiempo especial en el que nace y crece dentro del propio corazón el amor que marca para siempre la vida y sus decisiones.

José Manyanet desde joven se sintió fascinado por la devoción a María. Por el nombre que llevaba, sintió una simpatía particular por san José y, ellos, María y José, le llevaron a Jesús. Se encontró siendo uno de casa en Nazaret: un hijo que gozaba de la intimidad de la Sagrada Familia.

Poco a poco esto llegó a ser su gran amor, el centro y el punto de apoyo que movió toda su vida: "Experimentando espiritualmente la intimidad de vida con Jesús, María y José, llegó a ser hijo, testigo y apóstol del misterio de la Sagrada Familia" (Juan Pablo II).

Nazaret llegó a ser también el carisma y la espiritualidad que él dejó a la Iglesia: entender hasta el fondo el realismo de la encarnación del Hijo de Dios que realiza la redención de la humanidad en el seno y con la ayuda de la familia humana.

Juan Pablo II en la Carta a las familias escribe: "En el misterio de la Sagrada Familia el Esposo divino realiza la redención de todas las familias y proclama el Evangelio de la familia".

José Manyanet, descubierta la riqueza de la casa de Nazaret, se enamoró y vivió establemente en él contemplando y escuchando con el corazón aquello que, poco a poco, Jesús, María y José le sugerían para estar de modo concreto al servicio de los jóvenes y de las familias.

Él ofreció su vida para que la Sagrada Familia fuera un punto de referencia para todo cristiano, para todas las familias, para las comunidades religiosas, para la Iglesia y para la sociedad.

En sus escritos se presenta convencido de que cualquiera que se acerca, con ánimo libre, a este misterio fácilmente se enamora de él.

No es una devoción cualquiera, sino el camino más breve y sencillo para acercarse a la verdad y a la intimidad más profunda con Dios-Trinidad del cielo. La Trinidad de la tierra (así llama a menudo a la Sagrada Familia) es un enganche intermedio necesario para llegar a las alturas de Dios y a la profundad de su misterio. Pero no nos deja en suspenso, nos empuja a seguir a Jesús en la concreción y sencillez de la vida de todos los días.

Imagen de la Trinidad, por Sergio Cimignoli, S.F.

Para las familias, la Sagrada Familia no es una simple devoción, sino el punto de referencia de la propia vida y un modelo que las acerca a su modelo original: la Trinidad del cielo.

La Sagrada Familia es la Trinidad de la Tierra porque en ella las opciones diarias y los gestos ordinarios crean una paz, un intercambio continuo de las diferencias y las cualidades, una atención al futuro y a la felicidad del otro que implican a Jesús, María y José en la misma lógica de comunión que une al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

En ella el Hijo de Dios encuentra en un ambiente humano lo que desde siempre vivía en la eternidad y de este modo tiene la posibilidad de acercar el cielo a la tierra.

Traduciendo sus pensamientos en el lenguaje actual de Tonino Bello (1935-1993), la Sagrada Familia ha sido para la humanidad y para las familias la primera agencia periférica de la Trinidad: un laboratorio que ha producido las mismas lógicas y ha vivido las mismas experiencias de comunión. Una imagen de la Trinidad que incita e invita a todas las familias a la comunión y a la paz.

José Manyanet estaba convencido de que la sencillez de la vida de las familias tenía necesidad de la mediación de la Santa Familia para acercarse y asomarse al pozo del gran misterio de Dios y para sacar agua del gran océano de paz de la Trinidad beata.

La Espiritualidad de Nazaret, por Sergio Cimignoli, S.F.

La espiritualidad de Nazaret da valor a lo ordinario, a lo cotidiano, "no a la búsqueda de cosas importantes, sino sencillas". Es un camino de ocultamiento y humildad, sin la agitación del sensacionalismo, sino dando valor a las pequeñas cosas, valorando "la presencia doméstica de Dios".

Una espiritualidad que cuida los detalles, en una cálida acogida de las personas y en una elevada calidad de las relaciones, que es capaz de transformar incluso el gesto mas monótono en una fiesta y una alegría.

Es una espiritualidad familiar que hace sentirse a todos amados e importantes, como ocurría en la Sagrada Familia. El amor a los amigos (y de los amigos de los amigos) se convierte en una bendición para todos.

Para los esposos cristianos visitar Nazaret es una manera de reforzar la relación con aquella Familia para que incida sobre su vida concreta: reavive las relaciones; ayude en el respeto, la acogida y la confianza recíproca; renueve la esperanza; dé ánimo y fuerza en las dificultades pequeñas y grandes; acostumbra a abandonarse en las manos de la providencia; invite al perdón y haga crecer el amor.

José Manyanet soñaba que tal "devoción" pudiera renovar la sociedad. No un conjunto de prácticas piadosas, sino el esfuerzo concreto de sus hijos e hijas y de las familias por la educación de los pequeños y de los jóvenes que se convirtieran después en artífices de un mundo nuevo, más justo y solidario.

Si bien los orígenes de la devoción a la Sagrada Familia se debe situar en una época muy remota —prácticamente coinciden con los primeros tiempos del cristianismo—, fue solo durante la segunda mitad del siglo XIX cuando tuvo un impulso extraordinario en toda Europa. Los papas vieron en ella un medio providencial para la restauración de la vida cristiana y la propusieron resueltamente.

León XIII en su breve apóstolico Neminem fugit (14-6-1892), ilustró los cimientos teológicos y el alcance religioso y social de la devoción a la Sagrada Familia e instituyó su fiesta en las semanas sucesivas a la fiesta de la Navidad: "Nadie ignora que el bien del individuo y de la sociedad depende principalmente de la institución doméstica".

miércoles, 4 de septiembre de 2013

El heroísmo de lo cotidiano, por José María Blanquet, S.F.

La espiritualidad del padre Manyanet se inspira en la vida oculta de Jesús con María y José en Nazaret. Manyanet aprendió del Maestro la gran lección de la Encarnación: la humillación, el pasar desapercibido, humilde y constante en el cumplimiento de la voluntad de Dios y precisamente en una vida sin novedades sobresalientes.

Jesús nos enseña a descubrir en el encuentro con las personas y en el amor con que hacemos las cosas cotidianas y sencillas, el verdadero secreto de nuestra realización y fidelidad a la voluntad de Dios.

En los proyectos de vida de Manyanet, sobresale la espiritualidad propia de un sacerdote y religioso entregado calladamente a la acción, pendiente de la marcha del colegio, obligado a dar clases, a seguir a los muchachos a lo largo de la jornada, a lo que se añadía la preocupación por las nuevas fundaciones, por la marcha general de las congregaciones y por las formación de las religiosas y de los religiosos, pero "viviendo" siempre en Nazaret.

Trabajo y presencia de Dios, donación y ratos de intimidad con Jesús, María y José, se hermanan. Para conseguirlo, Manyanet recurría a una forma de oración entonces y todavía hoy muy válida, sobre todo cuando estamos agobiados por múltiples ocupaciones: las jaculatorias o formulaciones breves salidas del corazón, especialmente de los Salmos.

Manyanet es un servidor de Dios y del prójimo que no pierde ni un minuto. Un plan de vida así, cumplido día tras día, representa un heroísmo escondido, que es precisamente el heroísmo de la virtud cristiana, el heroísmo de la santidad inspirada en Nazaret.

Los puntos de su Método de vida, nos ilustran sobre su vida, en especial porque no son "un momento heroico", sino la instantánea del cumplimiento sencillo del deber de cada día... Hay que decir que son la palabra viva y el "retrato espiritual del padre", como dijo el padre Mullol al publicarlos en el año 1904 con motivo del tercer aniversario de su fallecimiento.

Fuente: José Manyanet. Profeta de la Familia. José María Blanquet - J. Piquer.

martes, 3 de septiembre de 2013

Aportación fundamental del Santo, por el Card. Ricard Maria Carles, Arzobispo de Barcelona

¿Cuál es su aportación fundamental? El padre Manyanet es un apóstol y un profeta de la familia cristiana. Verdadero servidor de la familia, puso su objetivo en la que es siempre la mayor preocupación de toda familia: la educación de los hijos. Manyanet fue un gran educador, un hombre de gran corazón, un sacerdote de gran bondad, cuya alma recuerda la del beato Juan XXIII.

Un hombre así, estaba preparado para comprender que la cima de la pedagogía es lo que él llamaba “cultura del corazón”, la educación en auténticos valores humanos y cristianos, y que la escuela ha de tener mucho de “hogar” para ser formadora de la persona (...)

Como educador cristiano para la familia, el padre Manyanet pone los ojos en la Sagrada Familia, en los largos años de convivencia y de vida oculta de Jesús, con María y José en Nazaret. La Sagrada Familia —el mismo Hijo de Dios en su existencia humana escondida, trabajando como carpintero— fue el centro de su carisma como religioso y como educador. Recibió de Dios como un don especial para su santificación personal y para el servicio que se sintió llamado a prestar a la Iglesia, la capacidad de penetrar contemplativamente en las riquezas encerradas en la Sagrada Familia de Nazaret (...)

De la contemplación de la vida de la Sagrada Familia, el padre Manyanet extrajo un mensaje para todas las familias. Y lo plasmó en un lema que es una síntesis de su espiritualidad y de su proyecto apostólico: “Un Nazaret en cada hogar”. El centro de su espiritualidad era la Sagrada Familia, y él concibió toda su actividad y la de las dos congregaciones por él fundadas, como un servicio a la familia, y más concretamente a la familia cristiana. A uno de sus libros le quiso poner este título Preciosa Joya de Familia. En realidad, la familia era para él la “joya de la corona” y en Nazaret halló su auténtico y verdadero referente.

Resulta lógico y muy sugestivo que José Manyanet, como fruto de su sensibilidad eclesial, sintiese la necesidad de proponer la construcción de un templo expiatorio dedicado a la Sagrada Familia y que, desde los primeros momentos, aparezca vinculado a la construcción del templo, una verdadera joya del arte de la arquitectura de Gaudí, que hoy es objeto de creciente admiración e irradiación en todo el mundo. El padre Manyanet, apóstol de la Sagrada Familia y de la familia, y Antonio Gaudí, “el arquitecto de Dios”, aportan al proyecto de este gran templo dedicado a Jesús, María y José una dimensión espiritual que lo convierten además en un mensaje vivo para las familias.

Es significativo que, en el año 1909, junto al templo, diseñada por Gaudí, surgiera también una escuela, como expresión de la preocupación social, unida al templo gaudiano. Y es muy revelador que, según cuentan los expertos, el genio de Gaudí diera diera a la planta de las tres aulas de dicha escuela una formas curvas que recuerdan el corazón humano, el corazón de Jesús, María y José. Nuestro buen padre Manyanet no pudo ver en este mundo esta plasmación arquitectónica de su carisma, porque falleció en el año 1901. Sin embargo, hoy comprendemos que Gaudí, traduciendo la dimensión social inherente al templo desde sus inicios, plasmó en su arte tres realidades que son el carisma y la vida misma de José Manyanet: la Sagrada Familia, la familia y la educación. Y todo enmarcado en lo que Juan Pablo II denominó en la misa de su beatificación “la pedagogía del Evangelio de Nazaret”, o la “cultura del corazón”, como enseña el padre Manyanet, porque las grandes opciones y decisiones se toman no sólo después de una seria reflexión, sino en el nivel más profundo de la persona que llamamos corazón. Y la educación a este nivel es integradora de toda la persona y le capacita para comprender el sentido de su vida y de su vocación. La pedagogía del padre Manyanet se inspira en el hogar de Nazaret y tiende a educar para la familia y con la familia.

Hay un último aspecto en la vida del padre Manyanet que me parece de justicia destacar porque le honra a él y a sus hijos e hijas espirituales y a toda la Iglesia de Dios que peregrina en esta su tierra natal de Cataluña. Me refiero a su sentido social. Él quiso fundar colegios sobre todo para los hijos de las familias pobres, para las clases obreras o populares. Por eso nunca cerró las puertas de sus colegios a los alumnos que carecían de medios económicos. Decía: “Los ricos tienen colegios para educar a sus hijos; hagamos colegios para educa e instruir a los hijos de los obreros”. En esta misma ciudad de Barcelona entró en contacto con varias asociaciones benéficas a favor de las clases más desfavorecidas, y colaboró, entre otras, con la Junta Diocesana de Enseñanza, la Juventud Católica, la Asociación de Católicos, la Junta de Asilo Naval Español, etc. Para los hijos de las familias trabajadoras no sólo abrió colegios de enseñanza sino también las escuelas talleres de la Sagrada Familia, centros de formación profesional y de firme amor al trabajo.

Solo me resta destacar la actualidad y la urgencia de la pastoral de la familia en las preocupaciones de la Iglesia actual y la singular aportación que en este sentido representa la vida y la obra de José Manyanet. Es conocida la constante solicitud de Juan Pablo II por la familia, a la que ha dedicado desvelos, iniciativas (...) y numerosos documentos. El futuro de la Iglesia y de la sociedad depende en gran parte de la salud de la familia, que el Concilio Vaticano II definió como una verdadera “iglesia doméstica”. Cuando toda la Iglesia vive esta preocupación prioritaria por la familia, considero que es un hecho providencial la canonización de este sacerdote de nuestras tierras que con toda justicia es calificado en el libro que presento al lector como “profeta de la familia”.

La Iglesia, al declararlo santo, no sólo valida su vida, su magisterio y su misión al servicio de la familia sino que nos lo presenta como su intercesor. Es un maestro pero sobre todo un abogado para nuestras familias. Deseo que, por su ayuda e intercesión, todas las familias vuelvan su mirada hacia Nazaret y aprendan la vida sencilla, laboriosa y cordial de la Santa Familia.

Introducción del Cardenal Ricard Maria Carles en la presentación del libro José Manyanet, Profeta de la familia (J.M. Blanquet - J. Piquer, Claret. Barcelona 2004).

Profeta para las familias, por el Card. Ricard Maria Carles

El reconocimiento de la santidad de san José Manyanet no solo representa la presencia de un nuevo intercesor para las familias sino también un estilo de vida santa inspirado en la Sagrada Familia de Nazaret.

Con la inspiración del nuevo santo el gran arquitecto Antonio Gaudí hizo en Barcelona el proyecto de un gran templo en honor de la Sagrada Familia. Un gran templo que pienso que será la gran catedral de Europa del siglo XXI (...)

Creo que esta canonización es también un gran monumento a las familias, que ha querido dar a la Iglesia y al mundo, nuestro buen papa Juan Pablo II. Esta canonización la veo como una respuesta del Espíritu Santo a las necesidades actuales de la famila.

Por eso, os invito brevemente, iluminados por las lecturas de esta misa, a adentrarnos un poco en el mensaje del nuevo santo.

Un profeta para las familias

En cuanto a la primera lectura, pienso que es un profeta para las familias. El Padre Manyanet nos aparece ahora —elevado a los altares— como un nuevo Abraham, un patriarca y un abogado de la familia, una bendición para las familias de nuestra tierra y de todo el mundo.

José Manyanet vivió la verdadera vocación de Abraham. También nuestro santo escuchó en su conciencia la voz de Dios que le decía: “Vete de tu tierra y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré...”

Manyanet no tuvo que dejar patria, pero sí dejó una vida tranquila y serena, e incluso una prometedora carrera eclesiástica en su Tremp natal, y en su estimada diócesis de Urgel, en la que era un muy estimado colaborador del obispo José Caixal. Dejó esa vida que podía haber sido segura y con compensaciones humanas para afrontar un aventura: la de fundar dos congregaciones religiosas al servicio de la educación de la infancia y de la juventud.

Su trasladó a Barcelona y los primeros tiempos de ambas instituciones, le produjeron no pocos sinsabores, dudas, disgustos, sufrimientos físicos y morales...

Pero Dios fue fiel con Abraham y también lo ha sido con san José Manyanet. En él se ha cumplido —y ahora se cumple plenamente con su canonización— la promesa de Dios a Abraham: “Te bendeciré, engrandeceré tu nombre y será una bendición...” (...) Sois todos vosotros esta bendición de Dios a la Iglesia y al mundo por medio del nuevo santo, sobre todo los religiosos y religiosas de sus dos congregaciones, y las familias cristianas que amáis y crecéis cada día en vuestra vocación de ser santos en el matrimonio y la familia.

“En ti —dice Dios a Abraham— serán bendecidas todas las familias de la tierra” (...) Esto es también realidad en el Padre Manyanet: en él son bendecidas todas las familias de la tierra (...)

Manyanet, hombre de experiencia mística y de silencio interior

Manyanet fue también un hombre de experiencia mística y de vida interior, y con esto vuelvo a la segunda lectura. Esta misión no la improvisó san José Manyanet. Por eso al nuevo santo le podemos aplicar también las palabras de la segunda lectura.

El apóstol Juan tuvo una gran experiencia del misterio de Jesús (...): “Lo que existía en el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto... lo que contemplamos, lo que tocaron nuestras manos, lo que se manifestó y de lo que os damos testimonio”... El apóstol anuncia su experiencia, vivida en la cercanía del Señor y después nos dice que hemos de dar testimonio (...) Y yo bendigo a Dios porque vosotros y vosotras, los hijos religiosos de san José Manyanet vivís esa misma experiencia.

San José Manyanet vive una experiencia semejante a la de los apóstoles aunque la vive 19 siglos más tarde. El centro de su experiencia mística es también el Verbo encarnado pero en la vida oculta, en la vida de la Sagrada Familia de Nazaret.

Y de aquí arranca el que será su carisma, ahora oficialmente reconocido y propuesto de manera solemne a toda la Iglesia. De la contemplación de la vida de la Sagrada Familia, san José Manyanet extrajo un mensaje para todas las familias. Y lo plasmó en un lema que es una síntesis de toda su espiritualidad: “Un Nazaret en cada hogar”.

La Sagrada Familia de Nazaret fue el centro de su espiritualidad y de ahí arranca también su carisma: presentar el modelo de la Sagrada Familia a todas las familias, principalmente mediante educación e instrucción de los niños y de los jóvenes, con la colaboración de los padres y madres.

En la contemplación de la Sagrada Familia descubrió el designio de Dios sobre la familia, un designio que no cambia, porque no es obra de los hombres sino de Dios (...)

No he dicho nada del silencio interior, pero solo aludiré a su etapa de desierto, de san José Manyanet, al silencio de los que su hijos e hijas llamáis con toda razón: la meditación en “las largas noches oscuras” por las que tuvo que pasar a lo largo de su peregrinación terrenal. Pero como ha dicho un gran teólogo actual que a la vez es un místico, “cuando los místicos tuvieron conciencia de la noche del espíritu, es porque tenían conciencia del día esplendoroso del Espíritu”. Para quien no hubiera visto nunca un día, la noche le parecería lo habitual. Cuando ellos sufrían y se lamentaban, y ofrecían a Dios esa añoranza de la luz, es porque ya la habían conocido. Eso le pasaba a san José Manyanet.

Acabo con una reflexión sobre el evangelio que hemos escuchado. Por encima del parentesco de sangre, Jesús exalta el parentesco del Espíritu. “¿Quién es mi madre y mis hermanos?” “Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dice: Estos son mis hermanos y mi madre. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (...) Es la familia espiritual de Jesús. Es la Iglesia en ciernes. Eso buscó san José Manyanet. Demos gracias a Dios por habernos dado a san José Manyanet, este profeta y abogado de la familia. Él es maestro, abogado e intercesor de las familias cristianas.

Texto extraído de las palabras de la homilía del cardenal Ricard Maria Carles durante la misa de acción de gracias por la canonización de José Manyanet, Roma 2004.

Fuente: José Manyanet Santo. Memoria de la Canonización. Barcelona 2006.


lunes, 2 de septiembre de 2013

Raíces inmediatas de nuestro carisma: una llamada a ser familia, por José María Blanquet, S.F.

Las raíces inmediatas de nuestro carisma son nuestras propias Constituciones que, en cuanto lectura y síntesis del Evangelio hechas por el Padre Fundador, nos ofrecen tres factores claves para el entendimiento y profundización de nuestro ser familia como religiosos y como miembros de la gran familia humana a la luz de la Sagrada Familia de Nazaret.

Nazaret es:

– la cuna del evangelio
– el germen del Reino de Dios
– la primera Iglesia doméstica

Estos tres factores subrayan en particular las tres áreas respectivas en donde se nos exige, especialmente como religiosos, un testimonio radical al servicio de las familias y de toda la humanidad.

Raíces próximas de nuestro carisma: Una llamada a ser familia, por José María Blanquet, S.F.

Las raíces próximas de nuestro carisma, tanto en virtud de la creación como del misterio de Nazaret, se desarrollan a lo largo del Nuevo Testamento: el Hijo de Dios "se hace carne" (Jn 1:14) y entra a formar parte de la familia humana, dentro del matrimonio y el hogar de María y José.

"He aquí que en el umbral del Nuevo Testamento, igual que en la entrada en el Antiguo, se erige una pareja. Pero mientras que la de Adán y Eva fue la fuente del mal que se esparció por el mundo, la de José y María es la cumbre desde la que se expande la santidad sobre la tierra. El Salvador comenzó su obra de la salvación por esta unión virginal y santa donde se manifiesta su voluntad todopoderosa de purificar y santificar la familia, este santuario del amor y esta cuna de la vida" (Pablo VI, a los esposos).

El matrimonio de María y José, un matrimonio israelita, enmarcado en una legislación, cultura, religión e instituciones bien concretas, ya es, por sí mismo, símbolo de la Alianza entre Israel y Yahvé. Por ellos se cierra la etapa marcada por la desobediencia y el pecado, y se abre la de la escucha confiada, del acoger la obra del Espíritu y de la gracia.

Así, por María y José, Cristo se entronca con el pueblo de Israel; más concretamente con la estirpe de David, de cuya descendencia debía nacer el Mesías (1Sm 7). Ambos, José y María, si bien con unas modalidades bien específicas cada uno, fueron elegidos por Dios para ser puente y punto de enlace con Cristo, el Mesías, el hijo del hombre que ha venido "para dar plenitud a la Ley y a los Profetas". La Familia de Nazaret fue así también germen y semilla de la Nueva Alianza.

El hecho de que el Hijo de Dios se haga miembro de una familia humana nos revela algo fundamental en cuanto a nuestra integración en la familia de Dios como medio de salvación, y en cuanto a la misión salvífica de toda familia.

Y en cuanto a la vida de la familia en Nazaret, llama poderosamente la atención ver cómo Jesús se sujeta libre y amorosamente a María y a José (obediencia) y vive con ellos una forma virginal y pobre (virginidad, pobreza) en una comunión de amor y trabajo (castidad, contemplación, acción), como si cada una de estas virtudes fuese una pieza del mosaico propuesto por Dios para la vida duradera de toda la familia cristiana. Son las mismas exigencias que ya se vislumbran en la formación de la familia inicial de la familia de Dios en el Antiguo Testamento.

Lo que llamamos, pues, consejos evangélicos, tienen una función indispensable para conseguir la reconciliación y la unificación del género humano en una sola familia. Es por medio de este proceso que Jesús, María y José, sin que dejaran de ser las personas humanas que son, forman juntos una auténtica familia, precisamente en aquel nivel divino al que Dios llama a toda la humanidad a convivir con Él y a formar familia con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

La Familia de Nazaret vive y comparte una comunión amorosa de vida, de oración y de trabajo; de dicha comunión emerge la llamada, la identidad y la misión. Este trinomio —vida-llamada, oración-identidad, acción-misión— tiene sus raíces en la experiencia del Éxodo y en la trabajosa formación de la familia raíz de Dios en el Antiguo Testamento.

Por consiguiente, es en Nazaret en donde descubrimos, en su forma profética, el estilo de vida propio de nuestro ser familia, como miembros de la humanidad redimida en Cristo y el testimonio especial de las virtudes que son indispensables para la comunión familiar según el plan de Dios, que nos toca ofrecer al mundo.

Raíces remotas del carisma de San José Manyanet: Una llamada a ser familia, por José María Blanquet, S.F.

El carisma nazareno de san José Manyanet y de los Hijos de la Sagrada Familia es "ser familia" pero no, evidentemente, en el sentido común del término, pues ni nos casamos, ni tenemos hijos, ni establecemos un hogar. Nuestro carisma nos llama a ser familia según el modelo propuesto por Dios en la creación "desde el principio" y que fue realizado de un modo perfecto por la Familia de Jesús, María y José.

Desde el principio Dios reveló al hombre las características de su modo de ser familia, inherentes en su misma creación a imagen del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, quienes son familia. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se constituyen como familia por sus relaciones personales y por la íntima comunión de vida y de amor que nace de la entrega total y recíproca que hacen de sí mismos.

En el sentido en que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, la Trinidad celestial, y Jesús, María y José, la Trinidad terrena, son "familia", la humanidad en general y nosotros por un nuevo título estamos llamados a ser familia.

— Raíces remotas de nuestro carisma

Las raíces remotas de nuestro carisma se encuentran en las primeras páginas de la Biblia:

"Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya;
a imagen de Dios los creó;
macho y hembra los creó" (Gn 1,27).

En este acto constitutivo del hombre, se descubre una "alianza primordial", un vínculo inmediato entre Dios y el hombre en cuanto hombre. Dios se pone en contacto con el hombre en una relación de pura libertad y le llama a la comunión plena con Él, a participar de su vida, de su sabiduría y de su amor.

Por parte del hombre se instaura con Dios una relación de dependencia pero al mismo tiempo de libertad, porque al ser que Dios le ha dado le es inherente la dignidad de ser persona. Esta es la "alianza primordial" o fundamental que caracteriza la relación entre Dios y el hombre en su dimensión más radical (el hombre querido por Dios como un don para darse).

Signo real y expresivo de esta alianza es la duplicidad de la "imagen de Dios": varón y mujer, llamados a su vez a ser cada uno de ellos un don para el otro y a formar una sola carne en la "alianza conyugal".

Si las únicas razones que mueven a Dios a crear son la gratuidad y la voluntad de querer participar su vida a otros, especialmente al hombre, hecho capaz de conocerle y amarle, el amor conyugal, "al principio", está llamado a su vez "a ser vida" y a generar la vida.

El hombre y la mujer son constituidos colaboradores (co-operadores) en la obra creadora de Dios y en su realización mas sublime: dar vida a otras "imágenes de Dios", responsabilizándose de hacerlas en todo "semejantes a Dios" por medio de la educación. Es esta la misión que da plenitud a la alianza conyugal en cuanto "comunión de vida y de amor", porque desde el principio está llamada a ser familia "a imagen y semejanza de Dios".

Después de la creación de la familia humana a imagen de Dios, la primera pareja —símbolo y representación de "toda nuestra familia"— pecó al faltar en el amor al creador por su desobediencia. A causa de este pecado de origen quedan ya introducidas en nuestra familia humana la discordia y la envidia con todas sus ramificaciones y consecuencias.

Para remediar esta trágica situación en que se encuentra la primera pareja, al tiempo señalado, Dios interviene en su historia y, llamando a Abraham establece en él su inquebrantable alianza para que con él sean benditas todas las familias del mundo. Dios quiere que la institución familiar, así como es transmisora de esta situación desgraciada, sea también el vehículo de transmisión de la promesa.

Por eso, Dios llamó a Israel, eligiéndole de entre todos los demás pueblos, para que fuese "su pueblo". Esta conciencia de pueblo escogido se deja ver a lo largo de todo el Antiguo Testamento (Exodo, Levítico, Deuteronomio, etc.) y es el fundamento de la historia del pueblo de Israel, su razón de ser como pueblo. Israel tiene experiencia de un Dios cercano, que lo libra, lo salva, lo instruye, lo conduce, un Dios que lo ha elegido y se ha dado a conocer, prometiendo su presencia entre todos los israelitas.

Pero la formación de este pueblo escogido como familia de Dios fue laboriosa y lenta. Dios les fue comunicando y haciendo comprender su llamada, identidad y misión, poco a poco, a base de una ley, disciplina, sacrificio, particularmente durante los cuarenta años de desierto, pero sobre todo con tiempo, años y años. Dios probó su paciencia con la formación de su familia.

De hecho, Israel fue olvidándose de este amor con que Yahvé le había favorecido. Sobrevino con la prosperidad, la idolatría practicada de forma escandalosa por los mismos reyes israelitas. Y junto a la idolatría también la de la injusticia social por parte de los más poderosos. Cayeron así, de un modo generalizado en Israel los dos preceptos básicos de la ley: "Amarás a Yahvé con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo".

El profeta Oseas vivió en propia carne esta desconcertante experiencia de Yahvé con respecto a Israel e intuyó la nueva Alianza definitiva que Dios quería instaurar con Israel a pesar de su infidelidad y pecado enviando a su Hijo amado: "Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tu conocerás a Yahvé" (Os 2:21-22).

Esta intuición será repetida y explicada con más profundidad, si cabe, por profetas más importantes como Jeremías, Isaías y Ezequiel, que describirán también la Nueva Alianza con símbolos nupciales. Israel suele ser llamada la "Hija de Sion", bajo una óptica femenina, que asume estas tres imágenes tan sugestivas:

– Israel, la esposa de Yahvé (Is 54:5)
– Israel, madre (Is 60:4-5)
– Israel, esposa virgen (Jr 31:3-4)