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lunes, 20 de marzo de 2017

La espiritualidad josefina de san José Manyanet

SUEÑO DE JOSÉ, Philippe de Champaigne

El misterio de Nazaret

Al hablar del padre Manyanet como hijo, testigo y apóstol de la Sagrada Familia, entramos en el santuario de su espiritualidad. Lo que nos parece que tiene de específico la vida del padre Manyanet es su profundización en el misterio de Nazaret, presente en todo el evangelio, a partir de la Encarnación y de los treinta años de vida oculta, de trabajo, de plegaria al Padre y de humana conversación de Jesús, María y José.

Manyanet hizo también su elección: el evangelio de Nazaret. El silencio de la "vida oculta" de Cristo con María y José en Nazaret en actitud de servicio al Padre y a los hombres, era para él un punto clave que, por el don que Dios le concedió, profundizó de manera progresiva.

La devoción a san José

Comenzó por su devoción a san José. En el colegio San José, de Tremp, había una litografía de Maggiolo editada en París por Dopter, sobre la que el padre ponía con frecuencia los ojos. José aparece con el Niño Jesús en sus brazos.

Se ha dicho que a san José le han hecho más justicia los santos —especialmente los grandes contemplativos— que los teólogos. Recuérdese la especial devoción que le tenía santa Teresa de Jesús y las bellas páginas que nos dejó. Lo mismo puede decirse del padre Manyanet, que, sin duda, es uno de los grandes devotos del santo, hecho que incluso se manifiesta en una circunstancia familiar curiosa: sus religiosos, en los comienzos, eran conocidos como los "Josepets".

Los hechos josefinos de su vida son numerosos. El primero, llevar el mismo nombre de José, a pesar de que tal nombre no era frecuente en la familia (su segundo nombre, Joaquín, también lo vinculaba a la ascendencia humana de Cristo).

En Barbastro, siendo estudiante, ya practicaba la devoción de los Siete Padrenuestros al Santo Patriarca. Quiso que su primer colegio —el de Tremp— llevara el nombre de san José y la fiesta de san José era la más solemnizada en todas las casas de la congregación.

Consejos josefinos

En sus cartas abundan los consejos "josefinos" a sus hijos e hijas; son entrañables y familiares, expresión de una devoción muy profunda: "Encomiéndelo a san José, y, si no le hace caso, dígale que va de mi parte"; "Hemos de tirar con más fuerza de la capa de san José"...

Tenía por costumbre cada noche colocar ante una imagen de san José las llaves del colegio de Sant Andreu, porque a él le tenía como guardián y protector de la casa, recomendando esta práctica a los superiores de las comunidades, especialmente de las casas de formación.

San José inspira la vida y obra del padre Manyanet

Manyanet es uno de los grandes josefinos que ha tenido España y más en concreto Barcelona, donde hay obras de clara influencia josefina como el templo expiatorio de la Sagrada Familia y el santuario de San José de la Montaña, con cuya fundadora, la madre Petra de San José (1845-1906), mantuvo estrechas relaciones.

Se conserva un manuscrito de José Manyanet, escrito en su madurez, y titulado Método de Vida, que es un proyecto de vida cristiana mucho más riguroso y exigente que el plan de vida de Barbastro. Sacerdote y religioso, ya casi al final de su vida, hace éste entre otros propósitos:

"Todos los días entregar a san José las llaves de la casa y de toda la congregación, como padre y señor de ella después de Jesús y de María, y suplicarle la rija y gobierne como a tal, sin que permita en ella pecado ni abuso o relajaciones de ningún género, proveyendo, al propio tiempo, de personal y medios suficientes al fin de la institución".

Uno de los hechos que manifiesta más claramente esta gran fe y confianza en san José es lo que cuenta el padre Jacinto Mateu, en su manuscrito:

"En el año 1892, en Sant Andreu del Palomar se levantó una revuelta popular, en la que peligraban las vidas y casa de curas y frailes y de dueños de fábricas. Una turba de revolucionarios se dirigió con mal intento a nuestro colegio y casa. Y el padre Manyanet puso una imagen de san José, una estampa grande, detrás de la puerta principal, diciendo: ‘San José nos librará de estas gentes’.

En efecto, llegó la gente y furiosamente tocaron la campana. Y creo que el mismo padre, con el hermano Antonio (Buira Mascaró 1867-1939), abrió la puerta y dijo a la gente: ‘Este colegio está lleno de niños en las clases y son pobres y los protege san José’. El cabecilla de la gente se fijó en el padre y le dijo: ‘Si son pobres, respetamos el colegio’, y se fueron silenciosos.

Todos entramos en la capilla del colegio a dar gracias a san José. Las turbas, que andaban quemando, robando y asesinando alguno, no volvieron más en las dos semanas que duró la revolución de Barcelona y pueblos vecinos".

Fuente: José Manyanet. Profeta de la Familia. J.M. Blanquet - J. Piquer.

viernes, 6 de septiembre de 2013

La Tercera Orden, por José María Blanquet, S.F.

Casi todos los grandes fundadores de órdenes religiosas han creado las llamadas Terceras Ordenes. El nombre tiene su origen en san Francisco de Asís, quien, además de los frailes (Primera Orden) y de las llamadas Damas Pobres de Santa Clara (Segunda Orden), dio principio durante su vida, acaso o más probablemente después de su muerte, a la fórmula de que los seglares que vivían en medio del mundo se vinculasen a su espíritu y al apostolado de los franciscanos. Estos laicos tomaron nombre de la Tercera Orden.

Manyanet, como Tercera Orden de los Hijos e Hijas de la Sagrada Familia, ideó dos asociaciones católicas tituladas Camareros de la Sagrada Familia (1868) y Camareras de la Sagrada Familia (1874). Estos nombres no tenían en la mente de Manyanet un sentido de actividad profesional, sino de honroso e íntimo servicio a la primera de todas las familias.

En el prólogo de la asociación femenina, que se titula Orden Tercera de la Sagrada Familia. Idea de la Tercera Orden, Manyanet expone su pensamiento:

"Toda persona que desee llevar una vida religiosa y no pueda o no tenga fuerzas para ligarse con el vínculo de los santos votos en el instituto de la Sagrada Familia, puede ingresar a la Orden Tercera del mismo instituto, en la cual se lleva una vida arreglada y muy conforme a los preceptos de Jesucristo y de su santa Iglesia, y participa, además, del inmenso caudal de obras y sufragios del Instituto como miembros de un mismo cuerpo místico".

Las camareras de la Sagrada Familia "no venían obligadas a más que guardar los preceptos comunes de Dios y de la Santa Iglesia".

El talento educativo de Manyanet se manifiesta en las Reglas, que son las verdaderas constituciones para dicha asociación.

Llevar el Evangelio de Nazaret al mundo

Antes de entrar en detalles en los que el padre Manyanet es, lógicamente, deudor de la sensibilidad y de las costumbres religiosas de su tiempo, conviene poner de relieve que la idea fundamental de esta Tercera Orden es, por una parte, llevar el Evangelio de Nazaret al mundo; más concretamente, hacer de cada familia un hogar a imagen de la familia de Nazaret, y, por otra, asegurar la propia formación, participación y colaboración de los seglares —padres y madres de familia sobre todo— en la espiritualidad y misión de sus dos congregaciones.

Todo por la familia y para las familias —sus congregaciones eran familias para las familias—, pero también con las familias. Los detalles y normas, que vamos a citar, bien lo ponen en evidencia.

Camareras internas y externas

Las Camareras de la Sagrada Familia se dividían en dos clases: internas y externas.

Las internas eran admitidas a vivir perpetuamente dentro del recinto de las casas religiosas, en departamento separado, pero bajo su dirección y dependencia. Hacían un acto de consagración a la Sagrada Familia, al que precedía un tiempo prudencial de aprobación, más o menos largo, a juicio de los superiores.

Asistían a los actos comunes de piedad —misa, rosario y examen general de conciencia— y a las refecciones, siempre que su edad y salud se lo permitiesen. Trabajaban en favor de la casa sin retribución pecuniaria alguna y comían de la mesa común.

Podían ser trasladadas de una casa a otra y no podían ser despedidas salvo por una razón de escándalo, que correspondía valorar debidamente al superior y al mismo prelado, el cual debía confirmarlo. Al fallecer una de estas camareras internas se le dedicaban iguales sufragios que a las religiosas.

Las camareras externas podían ser también personas "ligadas con el vínculo del santo matrimonio". La visión del matrimonio que Manyanet refleja es siempre positiva. Hacían un acto de consagración a la Sagrada Familia idéntico al de las internas. Y llegamos al punto clave: estas personas han de expandir no una mera devoción, sino el Evangelio en medio del mundo.

En el Reglamento de las Camareras afirma que en Nazaret "hay un modelo perfectísimo para todos los estados, edades y condiciones". Dice:

"Hay que aficionar [a la familia] a imitar el perfectísimo modelo de la Sagrada Familia, y así, de seguro, se reformará; y, reformada ella, quedará saneada la sociedad. No hay otro medio".

Manyanet, desde el realismo de la Encarnación, nunca separa familia, educación y sociedad, y esto da a su planteamiento indudable actualidad y valor también para quienes hoy sean capaces, como cristianos, de escuchar su mensaje y de llevarlo a la práctica según las exigencias de cada tiempo.

En el artículo 21 de los estatutos de los Camareros... se establecía la norma de que cada miembro de la Asociación, sin necesidad de ir a la iglesia, aun sin dejar su trabajo y sus ocupaciones y sin que los demás se enterasen de ello, durante una hora diaria tenía que recogerse interiormente.

"[...] Y formar intención de pasar aquella hora en la presencia de Jesús, María y José, admirando y alabando sus grandezas y con intención de imitar sus virtudes. Terminará dando gracias a Dios y propondrá ejercitarse en algún acto de virtud o pequeña mortificación en obsequio de sus cariñosos soberanos".

El don que recibió de aplicar a todos los estados y condiciones los ejemplos de la Sagrada Familia aparece de forma especial en un pequeño volumen titulado Meditaciones dedicadas a la Asociación de la familia cristiana bajo el soberano patrocinio de la Sagrada Familia (inédito), con el que entra en relación con todo el movimiento de devoción a la Sagrada Familia que se iba desarrollando en Francia, Holanda e Italia, y que preparó la intervención del papa León XIII en 1892 sobre el culto y devoción a la Sagrada Familia.

Manyanet contempla a los personajes de la Familia de Nazaret y los proyecta a todos los miembros de la familia cristiana. Veamos lo que propone —sólo se transcribe el índice— para los padres de familia:

– Designio de Dios en la Sagrada Familia para todas las familias.
– Mutuo amor de María a José y de José a María, su esposa.
– Conformidad de pareceres de los santos esposos María y José.
– Celo de María y José por el cumplimiento de la Ley de Dios.
– Laboriosidad de María y José para el sostén y sustento de la familia.
– Ejercicios religiosos de María y José en el seno de la familia.
– Mutua caridad de María y José en sus particulares atribuciones.

Manyanet encuentra también valiosos ejemplos en la vida oculta de Jesús para los niños y niñas, a los que no duda en proponer, en diversas meditaciones, estos temas (entre otros):

– Pobreza de Jesús.
– Amor de Jesús a sus padres.
– Obediencia de Jesús a María, su madre, y a su padre nutricio, José.
– Entretenimientos de Jesús.
– Jesús trabaja y ayuda a sus padres.
– Jesús ora.
– Jesús crece en sabiduría, en gracia y en edad.
– Jesús, modelo de los niños, nuestra única esperanza y consuelo.

María —contemplada con el especial sentido de la encarnación y del realismo evangélico de Manyanet— es ejemplo de virtud para las jóvenes. Veamos algunos ejemplos:

– María con sus padres: dulce nombre de María.
– Conducta de María con sus compañeras.
– Laboriosidad de María.
– Conformidad de María en todas las cosas.
– Ternura y caridad de María para con los prójimos.

Y la figura de José —del patriarca san José—, una figura varonil y entrañable, de la que el padre habla con aquella intuición y devoción que le han tenido siempre las grandes almas contemplativas:

– Trato de José (así le llama familiarmente, sin el "san") con sus prójimos.
– José, nacido de sangre real, aprende el oficio de carpintero.
– Conformidad de José a la divina voluntad.
– Celo de José por la honra de Dios,
– Espíritu de mortificación de José.
– José fomenta la paz y la concordia entre sus prójimos.
– José, modelo de jóvenes y cuanto merece nuestro amor y confianza.

Fuente: José Manyanet. Profeta de la Familia. J.M. Blanquet - J. Piquer.

San José Manyanet y Antonio Gaudí, dos santos y un gran sueño, por Sergio Cimignoli, S.F.

Entre las ciudades europeas, Barcelona es moderna y dinámica. Los reclamos son muchos y de todo tipo. Pero, sin duda, en los últimos años, el principal ha sido el arte de Antonio Gaudí.

Gaudí es el único arquitecto moderno que recibe cada año el reconocimiento de más de dos millones de visitantes. Todos quedan encantados por la originalidad y actualidad de un artista genial, audaz, revolucionario... un "enamorado" de la belleza.

Gaudí no pertenece a un movimiento arquitectónico; único en su género, experimentó soluciones nuevas, nunca antes intentadas.

Más allá del esplendor, la originalidad y la belleza de las obras y proyectos de Gaudí, está la extraordinaria riqueza de su persona y de su fe. El fue un cristiano ejemplar y vivió la fe como fundamento de su vida y su trabajo. Incluso el principio que le guiaba en sus opciones artísticas derivaba de la fe.

Se consideraba un "imitador", no un creador de formas, porque el único creador es Dios. Gaudí, decía: "El hombre continúa la creación con su trabajo. Dios continua la creación a través del hombre".

Un encuentro providencial

Cuando el 3 de noviembre de 1883, su fe y su genio artístico se encontraron con la idea de otro "santo", también su vida y sus intereses cambiaron y poco a poco renunció a todo, fama y dinero, para dedicarse completamente al proyecto y la construcción del Templo expiatorio de la Sagrada Familia, poniéndose totalmente al servicio de un cliente "que no tiene prisa".

La idea era de José Manyanet, un sacerdote con una visión y con unos proyectos igualmente geniales, arriesgados y proféticos. Su sueño era construir una sociedad nueva a través de la familia y proponiendo a la Sagrada Familia como modelo: "Hacer del mundo una familia, de cada familia un Nazaret". Era todavía joven pero ya había decidido dedicar su vida a la realización de su sueño, hasta le punto de proponer la construcción de un símbolo visible de su proyecto.

El 24 de junio de 1869 manifestó su idea en una carta dirigida a D. José Caixal, su obispo de la diócesis de Urgell. Al final de la carta hay una apostilla, escrita por el mismo José Manyanet cuando la construcción del templo se había iniciado: "Nota. Este pensamiento lo comuniqué más tarde al Sr. D. Jose Bocabella (a) Viuda Pla, de Barcelona, quien lo inició en El Propagador de la Devoción a San José, dando todo esto pie al levantamiento del famoso templo de la Sagrada Familia".

Hubo un momento en que se intentó que fuese el propio Manyanet el que se hiciera cargo de la animación del templo, pero él estaba demasiado ocupado en la fundación de sus congregaciones religiosas y no le fue posible aceptar, pero en cualquier caso permaneció fiel a su compromiso de sostener, con la oración y la entrega de donativos, su idea.

El mismo Gaudí, más de una vez, en su sencillez y humildad, admitió sentirse apoyado por personas desconocidas: "Nadie puede gloriarse —dijo una vez— porque todo esto es don de Dios; a menudo Él se sirve de cualquiera... A veces creemos que nos toca a nosotros la gloria de aquello que es bueno y los meritos que cada uno de nosotros, con su talento, se ha ganado realizando algo importante; cuando en realidad, se debe a un alma desconocida que reza por el éxito de una persona más conocida".

Muchos patrocinadores se han ofrecido para acelerar los trabajos, pero no obstante las presiones tan atractivas, han sido rechazados. El Padre Manyanet y Gaudí quisieron que se edificase solo y exclusivamente con la caridad, las limosnas del pueblo. "En la Sagrada Familia —dice Gaudí— todo es fruto de la Providencia, incluso mi participación como arquitecto". Y para decirlo con pocas palabras, añadía: "Este templo lo acabará San José".

Cuando en 1915 los fondos para la construcción del templo escaseaban, se hizo él mismo pobre, llegando a pedir limosna entre la rica burguesía de Barcelona para continuar la obra. Florecieron así las anécdotas y leyendas acerca de un hombre que había renunciado al dinero y a la fama, por una empresa que muchos consideraban imposible.

Originalidad y simplicidad de la naturaleza y de Nazaret

José Manyanet y Antonio Gaudí estaban guiados, en sus proyectos, por la misma idea madre.

Gaudí creía que su responsabilidad era unir con un "hilo de oro" la creación de Dios, la naturaleza con la arquitectura. Buscaba las soluciones en la naturaleza y las transfería a la arquitectura. Decía: "Mi maestro es el árbol del jardín que está frente a mi ventana".

Estaba convencido de que "la originalidad consiste en la vuelta a los orígenes; original es, por lo tanto, aquello que con medios nuevos permite volver a la simplicidad de las soluciones primeras".

Manyanet decía:

"Volvamos a la simplicidad de Nazaret donde todo tuvo su inicio. Vayamos cada día a Nazaret, porque ellos, Jesús, María y José, son nuestros maestros; tomemos de ellos los secretos para la reconstrucción de la familia, de la Iglesia y de una nueva sociedad, con medios y mentalidad nueva. Atemos con un 'hilo de oro' la experiencia de aquella extraordinaria Familia a la vida de las familias de hoy, para transmitir las bases sólidas que crean relaciones sanas y educativas".

Ambos estaban fascinados por el misterio de la Encarnación. Gaudí, al inicio del siglo XX, trabajaba en la edificación de la fachada del Nacimiento, la única de las tres que ha sido construida bajo su dirección. Quiso comenzar con la fachada dedicada a la Encarnación, "porque los misterios de la infancia de Jesús son aquellos que hablan más directamente al corazón del pueblo".

También José Manyanet estaba convencido de que el camino más cercano al corazón de la gente, para la edificación de las buenas familias, debe partir de nuevo desde Nazaret.

Gaudí, según el decir de aquellos que le conocieron, era un "santo" muy humilde, muy religioso. Mientras construía la Sagrada Familia, la Sagrada Familia, le construía a él espiritualmente.

"Ve, repara mi casa"

Manyanet se identifica con el discípulo que cada día aprende algo nuevo del misterio de Nazaret. También para él se trata de acercase a Nazaret para dejarse transformar por la Sagrada Familia.

Ambos, como Francisco de Asís, amantes de la sencillez, poseían un espíritu extraordinario de pobreza y también a ellos el Señor les dice: "Ve, repara mi casa".

Gaudí responde a este mandato construyendo un templo con piedras que hablan: "Uno ve las piedras de la Sagrada Familia y es evangelio puro. La Sagrada Familia es un libro para todo el mundo, para quien tiene fe y para quien sabe leer con el corazón y con la mente".

Por esto la arquitectura de Gaudí la comprenden mejor los niños que los arquitectos, porque los niños no tienen prejuicios, conservan todavía la inocencia. Ven una cosa que es agradable porque se asemeja a la naturaleza, y la naturaleza es placentera.

El cardenal Pietro Palazzini, prefecto de la congregación para las Causas de los Santos cuando José Manyanet fue proclamado beato, tuvo la responsabilidad de examinar los documentos y los testimonios referidos a su persona y a su obra. De todo esto se formó una opinión personal: "Por los estudios hechos sobre Manyanet y por los escritos de los testimonios, yo le considero como un nuevo san Francisco de Asís, a quien un día Jesús dijo: 'Ve, repara mi casa".

La casa para reparar de la cual había sido encargado era la familia, entonces muy amenazada en España y en algunos lugares de Europa. Y esto porque, como dice san Pablo, el carisma de los fundadores no les es concedido a título personal, sino "en vista del bien común" (1 Cor 2,11).

Si cada fundador tiene una misión, el cielo encomendó a Manyanet el cuidado de la iglesia doméstica, la familia, y ella fue el objeto primordial de sus preocupaciones pastorales.

Dos iniciativas con futuro

Les une también una última coincidencia no menos importante. Manyanet a los 31 años renunció a una carrera eclesiástica brillante para dedicarse al carisma que el cielo le confiaba y que le ocasionó tantas lágrimas y sudores.

Gaudí a los 31 años, ya un artista con futuro, recibió el encargo de construir el templo de la Sagrada Familia. Trabajó en él durante 43 años. A partir de 1910 renunció a cualquier otro encargo, para dedicarse exclusivamente al templo.

En el último año de su vida eligió vivir en el templo, como hacían los antiguos artistas y artesanos. El sabía que no podía unir su nombre a la obra acabada: "No quisiera yo terminar los trabajos, porque no sería conveniente. Es necesario conservar siempre el espíritu del monumento, pero su vida debe depender de las generaciones que se lo transmitan y con las cuales la Iglesia vive y se encarna".

Gaudí fue sepultado en la cripta, pero su genio de "artista total" está tan vivo y presente que visitando su obra de arte, en construcción, parece que uno se encuentra en una cantera de las catedrales de la Edad Media. El espíritu y el fervor de las obras es aquél..., solo que los andamios y las estructuras precarias de antes han sido sustituidos por grúas imponentes, ascensores, técnicas de trabajo vanguardistas, arquitectos, ingenieros, y trabajadores con cascos brillantes. Pero algunos jarrones de flores, bien cuidados, cercanos a los talleres de los trabajadores del templo, nos remiten a la idea de la belleza de la naturaleza, de la cual han sido "robadas" las figuras arquitectónicas más audaces del templo.

Gaudí, Manyanet y la Sagrada Familia, por Olegario Gonzalez de Cardedal

SAN JOSE MANYANET














ANTONIO GAUDI














Hay nombres que fijan un siglo y fechas que sellan una geografía. La historia de España en el siglo XIX pasa primordialmente por Cataluña, que en una explosión de cultura e industria, despertar literario y religioso, determina gran parte de los fenómenos políticos y sociales del siglo siguiente. La revolución industrial, la Semana Trágica, los movimientos regionalistas, la renaixença y el modernismo son fenómenos que trascienden la geología catalana para convertirse en palancas de la entera historia de España.

La historia de Cataluña en ese tramo del tiempo es también fruto de un renacimiento espiritual con una pléyade de santos. Ninguna otra región hispánica ha dado tantos fundadores, escritores y santos, hombres y mujeres, en tan corto espacio.

Gaudí se sitúa en el epicentro de esa constelación de creadores que desde el arraigo en la naturaleza, la cultura y la fe van a trasformar el panorama espiritual. Como todo fenómeno creativo, es ininteligible sin la inserción en su medio de nacimiento y, sin embargo, los desborda. Si yo tuviera que elegir tres palabras para caracterizarle diría que fue un genio, un santo y un pobre. Venía de la tierra y del contacto con la naturaleza. Eso le dejó en sus venas el sentido del trabajo a la vez que el empeño por la obra bien hecha.

"Tengo el don de la percepción espacial porque soy hijo, nieto y biznieto de forjadores de cobre; mi abuelo, también. Por parte de mi madre en la familia también había herreros; su abuelo era tonelero, mi abuelo materno era pescador".

Si la partida de bautismo afirmaba que había nacido en San Pedro de Reus, él, ya arquitecto, dejó la duda de si su lugar de nacimiento realmente no fue el taller de calderero que su padre tenía en una masía de Riudoms, pueblo cercano a la capital de Baix Camp. A quienes hemos nacido al calor del fuego en un escaño de aldea, tal afirmación no nos sorprende.

Si eso le aportó su contacto inmediato con la naturaleza, el contacto con la cultura le permitió trascender, purificar y universalizar esas raíces. No fue sólo el magisterio de la Escuela de Arquitectura, sino también y sobre todo las amistades que cultivó. El fondo cultural representado por J. Verdager y por J. Maragall en una línea y en otra representado por don Enrique de Ossó; el doctor Torras y Bages; el padre Casanova, SJ; los obispos Grau, de Astorga, y Campins, de Mallorca, y los monjes de Montserrat, nos dan el subsuelo a la vez cultural y religioso en el que crece el arquitecto revolucionario del paisaje urbano de Barcelona.

Junto a influencias identificables está ese enigma de cada vida personal y, en nuestro caso, la vida ante Dios de este hombre. Un camino de fe, discernido y consentido, llegando a una actitud de entrega a la obra bien hecha que, recibiéndola como encargo, se le convierte en la divina misión de su vida: el templo de La Sagrada Familia.

El milagro es resultado de una rigurosa formación profesional y de un duro trabajo diario, a la vez que de una intensa vida espiritual, tejida de oración ante el Santísimo, de comunión diaria, de formación teológica y litúrgica, que va desde seguir los cursos de canto gregoriano dados por el padre Suñol en Montserrat hasta la lectura diaria de El año litúrgico, del abad de Solesmes Dom Gueranger. En 1911, la lectura en Puigcerdà de San Juan de la Cruz le inspira la fachada de la Pasión. ¿Qué tendrá la lectura del santo de Fontiveros, que en el siglo XX ha inspirado la poesía inglesa con los Cuatro cuartetos, de Eliot; la metafísica de la Sorbona, con sus grandes maestros girando en torno él (Bergson, Blondel, Delacroix, Baruzi, Maritain); la fenomenología alemana con E. Stein; la política de la nueva Europa en R. Schumann, y la arquitectura revolucionaria de Gaudí?

"A la gloria de Dios se alzan las torres", escribía Unamuno, mientras visitaba a J. Maragall en Barcelona. A esa gloria de Dios y para gozo de los hombres se entregó Gaudí sosteniendo sobre sus espaldas la obra ingente. Fue el centro y final de su vida. "Muerto también el amigo Maragall (1911) y, poco después, el querido mecenas conde de Güell (1918) y el dilecto Torras y Bages, me sumergí en la más completa soledad. Mis grandes amigos están muertos; no tengo familia, ni clientes, ni fortuna, ni nada. Así, pues, puedo entregarme totalmente al templo". En él vivía físicamente. De la cripta en oración al trabajo de las bóvedas pasaba sus días en intensidad de acción y de fe, entregado a la misión. Murió atropellado por un tranvía, pobre, casi irreconocible. Al apagarse su luz, los barceloneses se percataron de que habían convivido con un santo, y no sólo con un genio.

Gaudí construyó La Sagrada Familia. Pero, ¿quién dio la idea? ¿De dónde nacieron la ilusión, los impulsos y los arriesgos que la hicieron posible entonces y la siguen haciendo hasta hoy? El 24 de junio de 1869, un joven sacerdote de 36 años, José Manyanet y Vives, escribía al obispo de Seo de Urgel, José Caixal, proponiéndole la idea de levantar un templo a La Sagrada Familia. Esa semilla necesitó decenios para fructificar y fueron luego otros grupos, movimientos y personas quienes con él la sostuvieron hasta el final; pero sin la inspiración y empuje de José Manyanet no existiría.

El 16 de mayo es canonizado por Juan Pablo II, y con ello la Iglesia reconoce el valor de su iniciativa, la santidad de su vida, la ejemplaridad de su ministerio sacerdotal y la fecundidad de su paternidad. Fundó dos congregaciones, una masculina (Hijos de la Sagrada Familia) y otra femenina (Misioneras de la Sagrada Familia) extendidos por Europa, África y América, con casas en los márgenes de las grandes ciudades y en el corazón de ellas: Barcelona, Madrid, Alcobendas, Camerún, Venezuela, Ecuador, México, Italia, Argentina, Italia, Brasil.

Si templo e instituciones de personas no son pura arqueología, ni cultura agotada, ¿cuál es su significación permanente? Gaudí y Manyanet, estos hombres y mujeres presentes en tantos rincones del mundo, se percataron de que en la vida humana hay realidades nutricias de su dignidad y de su futuro, realidades que Dios ha creado y que él mismo, encarnado, ha experimentado. La primera entre ellas es la familia. Sólo podemos hablar de La Sagrada Familia si a la vez hablamos de cómo es sagrada la familia. Ella es la raíz personal y amorosa de la existencia humana, sin la cual el hombre ni llega a ser ni crece con aquel arraigo, libertad y aposentamiento gozoso que necesitamos para acoger la vida no como un destino ciego y violento, sino como un bello quehacer y una sagrada misión.

En los últimos decenios hemos asistido a una revolución, acoso de la estructura y derribo de los dinamismos de la familia. Como la escuela, la Iglesia y la Universidad, ella forjó sus dimensiones en la cultura rural, preindustrial, local. Hoy éstas han desaparecido y no hemos ido construyendo lentamente las respuestas institucionales, las soluciones legales y morales, que permitan a la familia nueva adaptarse, afirmarse y consolidarse. La familia tiene unos problemas y tareas que son eternos: suscitar la vida, afirmar la libertad recíproca, acrecer el amor, mantener la fidelidad entre los tres lados de ese triángulo constituido por: esposa-madre, esposo-padre e hijos-hermanos. Eso siempre fue una necesidad y a la vez un milagro. Los problemas nuevos derivan de grandes conquistas: la mayoría de edad cultural, la formación profesional y la independencia económica de la mujer, la necesaria igualdad de derechos en la diversidad de funciones, el acceso de todos los hijos a la escuela y a la Universidad, sin que se hayan actualizado la legislación, y sobre todo la resituación del esposo y de la esposa respecto de la responsabilidad en el hogar y para con los hijos. A ello se añaden los problemas de vivienda, desarraigo de la ciudad, pérdida de los contextos conocidos y de las instituciones sustentadoras.

¿Qué amenazas pesan sobre la familia? Su depreciación social y su trivialización como si fuera una estructura arbitraria y convencional, disoluble a gusto. Pesa sobre todo el rechazo de la vida, ya que cuando ésta se vivía como don de Dios con la misión de trasmitirla, entonces los hijos eran motivo de profunda alegría y responsabilidad. La vida se recibía con gozo y con gozo se trasmitía. Perdida la fe en Dios, y comprendida la vida como mera posesión propia, ni recibida de nadie ni debida a nadie, la sociedad y la vida pierden su primer fundamento, reducidas a una suma de individuos absolutizados y desentendidos de aquéllas. Pesa sobre todo la pérdida del sentido de fraternidad. ¿Cómo sentir lo que es ser hermano si no se tienen? Quienes somos hijos únicos sabemos lo que es esa herida, abierta en los costados interiores por nada cerrable. A la familia la amenazan la invasión de lo público en lo privado, de lo oficial en lo personal, y la irrupción anónima, despersonalizada y no responsable en el hogar, con mensajes, propuestas y apelaciones que dejan fuera de sí a los miembros de la propia familia, remitiéndolos a la comunicación con los otros más que entre sí, si no permanecen vigilantes y libres.

En 1935 escribió M. García Morente su clásico Ensayo sobre la vida privada. Pasar de lo individual egoísta a lo social responsable es un deber sagrado, pero vaciar la vida personal en la pública es quedarse sin resortes propios, sin dignidad y libertad, a merced de los ladrones y de los verdugos. La invasión de la vida personal por lo público es la amenaza más grave que hoy vivimos, y de la que apenas se aperciben las masas, por su carencia de formación cultural y de coraje moral. Más aún, consideran que esa presencia de lo público y su participación en ello es su liberación. Finalmente amenazan a la familia la desatención social y la utilización política.

Un ejemplo en la historia debe darnos que pensar. ¿Por qué ha perdurado el pueblo judío con tal dignidad y fecundidad cultural pese a tanto dolor y genocidio? Hay una respuesta teológica: porque, siendo creyente, está llamado a ser el signo público, no borrable por los hombres, de la existencia y unicidad de Dios creador, iluminador y santificador del hombre, frente a los ídolos y tiranos que se divinizan a sí mismos. Pero hay otra respuesta a ras de tierra y de tejados. Perdura porque en él han sido sagradas estas realidades: familia y madre, casa y libro, memoria e identidad. Sin familia no hay arraigo en la existencia; sin el amor que ella ofrece la libertad es mera soledad desesperanzadora; sin el cobijo y propulsión que ella emite no hay implantación gozosa ni germinación creadora en el mundo. Antes de asustarse por las crisis familiares y desmanes matrimoniales hay que preguntarse por sus causas y sobre todo sostener y mantener el fundamento de una real familia, de una familia así sagrada, por amplia, abierta y solidaria.

Olegario González de Cardedal es catedrático de la Facultad de Teología en Salamanca y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Visitas a San José: A él le confía todo, por Sergio Cimignoli, S.F.

José Manyanet tenía un gran amor a la persona más humilde de la Sagrada Familia: san José. A él le confía todo. En él confía en los momentos de gran dificultad. De él lo espera todo. De él escribe ampliamente con el corazón abierto, dedicándole una colección de 31 visitas (Visitas a San Jose).

José Manyanet sigue la espiritualidad de santa Teresa de Jesús y se adelanta a la época en que san José reunirá en torno suyo la atención de la Iglesia (el 8 de diciembre de 1870 Pío IX lo declaraba patrón de la Iglesia universal) y la devoción de muchos santos. Anuncia y auspicia, junto a ellos, un tiempo nuevo en la vida de la Iglesia que, según Jean Guitton, debe todavía llegar: "Creo que el verdadero tiempo de san José no ha llegado todavía: después de dos mil años empezamos solo ahora a entrever algo del misterio en el cual está inmerso".

Casi una estrella lejana que, para hacer llegar su luz sobre la tierra, tiene necesidad de muchísimos años, pero una vez llegada iluminará con una luz diferente la esperanza de los hijos de Dios y el camino de los sencillos. Mientras tanto, Manyanet nos ofrece ya hermosas "instrucciones de uso" para vislumbrar reflejos de aquella luz que nos indican, en la vida concreta, el camino a recorrer.

El papa Juan Pablo II, en la Carta a las familias, abre un fragmento de aquella luz cuando afirma: "Es también gracias a san José que el misterio de la encarnación y junto a él, el misterio de la Sagrada Familia, está escrito en el amor esponsal del hombre y de la mujer e indirectamente en la genealogía de cada familia humana".

Lo que Pablo llamo el "gran misterio" encuentra en la Sagrada Familia su expresión más alta. La familia se coloca de este modo en el centro de la Nueva Alianza.

Preciosa Joya de Familia: El matrimonio, camino de santidad, por Sergio Cimignoli, S.F.

José Manyanet invita a los casados a reconocer la dignidad del matrimonio: es una llamada a la santidad y a la práctica de grandes virtudes:

"Todos los estados son buenos y en cualquiera de ellos puede uno santificarse con tal al mismo sea llamado por Dios y cumpla en él sus deberes con fidelidad... Resulta, pues, que si bien por muchos siglos y en algunos pueblos, la unión justa del hombre y la mujer tuvo el simple carácter de contrato natural, para quien cree ha sido instituida por el mismo Dios Creador en el paraíso terrenal entre nuestros padres, Adán y Eva, cuya unión Él mandó y bendijo... Siguiendo estas leyes del Señor muchos se santificaron en el matrimonio. Cuando después Cristo vino al mundo para redimir al hombre... quiso no solo restituir al matrimonio la dignidad del principio sino que lo elevó a sacramento. Enriqueciéndolo con gracias particulares para superar las dificultades, para reforzar los corazones, para mantener la paz, y para unir no solo los cuerpos sino también las almas. De modo que se pueda cumplir, de verdad, la palabra: "Serán dos almas en un solo cuerpo".

Como dice san Pablo a los fieles de Efeso:

"El sacramento del matrimonio es un sacramento grande, mirando a Cristo y a su Iglesia, cuya unión en él se significa. Por lo tanto, grande es su santidad, y tan amable y respetable, que exige de quien se casa que ponga un delicado y continuo esfuerzo y una permanente atención".

José Manyanet, siguiendo el pensamiento de san Pablo, deduce que quien se ha casado está en desventaja en relación a quien ha hecho una opción exclusiva por el Señor en la vida religiosa porque puede estar distraído por las preocupaciones que le traen la mujer, los hijos y los negocios del mundo. Pero sorprendentemente, afirma:

"Si pone todo el esfuerzo y busca encontrar a Dios en todo puede llegar a ser tan virtuoso y santo de aventajar a muchos religiosos".

Y para demostrarlo refiere la narración de Casiano que:

"Yendo un simple labrador a ofrecer las primicias de sus frutos al abad Juan, varón venerado como santo en aquellos desiertos, halló a este que hacía algún tiempo batallaba para echar del cuerpo de un pobre hombre al maligno espíritu. Pero apenas se acercó el labrador, Satanás se alejó inmediatamente. Asombrado, el abad preguntó al labrador qué estado tenía, qué ejercicio hacía y qué virtudes practicaba. A lo que respondió el sencillo labriego: "Estoy casado y me ocupo en la humilde y trabajosa vida del campo... Once años ha que soy casado y he vivido en paz, amor y quietud con mi mujer, no pasando un día que juntos no hagamos alguna cosa del agrado del Señor..."

Josep Manyanet está convencido de que:

"Si el matrimonio es un proyecto de Dios para el hombre y para la mujer, seguramente Él no permitirá que falte su gracia para que quien se casa pueda servir al Señor con mucha perfección... Casados eran los patriarcas, los profetas, Moisés mismo estaba casado, algunos de los apóstoles estaban casados... ¿No consiguieron quizás un alto grado de virtud y santidad?... ¿No son innumerables los santos, hombres y mujeres, que la iglesia venera en los altares y que se santificaron en el matrimonio?"

Un sabio consejo que daba a los esposos de su tiempo y es muy útil también para los de hoy:

"Abandonar las sutiles excusas sobre la pesadez de las obligaciones del matrimonio que favorecen la pereza y el abandono y, al contrario, esforzarse generosamente. Se encontrará tiempo para todo. Lo importante es poner en el centro de los propios esfuerzos la relación con la esposa y con la familia sin ir a la búsqueda de compensaciones peligrosas. Algunos por apatía y olvido de sus deberes más sagrados y otros porque dominados por las modernas distracciones abandonan la casa y la familia. Incluso si trabajan cada día para ganar el pan y afrontar las otras necesidades de la casa, al fin del día, no sosteniendo el peso de las relaciones familiares, prefieren frecuentar los círculos, el café o las tabernas, descuidando a la esposa y a los hijos. Es importante estar cercanos a Dios para conseguir el discernimiento y el equilibrio justo. Equilibrio que es necesario tener también para valorar el compromiso en la Iglesia y por las devociones que ocupan demasiado tiempo con perjuicio de los deberes que se tienen en casa y para la familia. Una verdadera devoción ayuda al cumplimiento de los propios deberes y deja tiempo para lo demás".

La Escuela de Nazaret (1895): Desideria o la santidad de José Manyanet, por José Maria Blanquet, S.F.

De la escuela de Nazaret, el padre Manyanet deduce lecciones para sí mismo, en su condición de sacerdote y religioso comprometido en un seguimiento radical de Cristo por los votos de castidad, pobreza y obediencia, por la vida en común y la regla de un instituto.

La Autobiografía que Manyanet redactó a petición de su confesor, se perdió quemada probablemente en el incendio que durante la Semana Trágica sufrió el colegio de Sant Andreu. Se conservan algunos fragmentos publicados en la primera biografía del padre Franquesa. Sin embargo, nos ha quedado una verdadera autobiografía espiritual del padre: es el libro La Escuela de Nazaret y Casa de la Sagrada Familia, publicado en Barcelona, en 1895.

Se trata de un libro que recuerda el titulado Introducción a la Vida Devota, de san Francisco de Sales. La Escuela de Nazaret es una introducción a la vida de perfección evangélica enseñada por Jesús, María y José, en un diálogo que mantienen con Desideria, una joven, hija de la Sagrada Familia, que acude a visitar a la Sagrada Familia y se hace discípula —testigo— de la escuela de la familia nazarena.

El subtítulo de la obra indica que se trata de una "materia utilísima a toda clase de personas, así seglares como religiosas, que quieran de veras saborear el espíritu que reinaba en aquella santa morada e imitar las virtudes y ejemplos que en la misma resplandecían".

Desidera es el alma de José Manyanet, que "desea" la perfección, que vive en anhelo de la santidad, que se abre al don de Dios hasta el fin de su vida.

Pedagogo y maestro, Manyanet pone las enseñanzas en boca de Jesús, de María —que ratifica y profundiza la doctrina de Jesús—, de José —que sintetiza lo dicho por uno y otra en forma de sentencias claras y consejos prácticos—.

Manyanet, como escritor, habla por boca de los tres sagrados personajes; pero acaso habla, sobre todo, por boca de san José, en cuanto éste da consejos prácticos de vida religiosa y de vida cristiana, mientras que Jesús y María toman sus palabras de las páginas del Evangelio. El padre Manyanet lo afirma en el prólogo de su obra:

"Lo que aquí se dice es doctrina tomada del sagrado Evangelio y distinguidos maestros en la ciencia de los santos; suyo es, pues, el mérito; para mí solo pido indulgencia por mi extremada pobreza".

A través de estas visitas podemos acercarnos a Desideria, que revela el alma de Manyanet. Un alma sencilla y pobre, pero que aspira —"desea"— la perfección:

"A mi Hijo Jesús, dice María a la joven Desideria, mejor le placen los religiosos humildes y observantes que los sabios y muy habilitados si carecen de estas virtudes".

La visión del padre Manyanet de la vida de la Familia de Nazaret es realista, tanto para los religiosos y religiosas como para los laicos y para sus mismos colegios. Todos pueden aprender lecciones concretas de la Sagrada Familia, pues ni las comunidades religiosas, ni las familias cristianas, ni los colegios son realidades idílicas. Por eso propone imitar las virtudes que facilitan la creación de comunidades inspiradas en el amor, la humildad, la sencillez, la alegría.

Dice María a Desideria:

"Como ya has podido comprender, en dos palabras puede compendiarse nuestra doctrina, que son: humildad y amor. Es la humildad base y fundamento de toda virtud. [...] Amor. El alma enamorada de Jesús, ¿qué es lo que deja de hacer para agradarle? Ella vigila y está siempre apercibida contra las asechanzas y embestidas [ataques] de los enemigos para que no la sorprendan ni le roben su tesoro; y cuanto mayor es el amor, tanto más solícita es la vigilancia, con cuyo continuo cuidado se hace más difícil la sorpresa y casi imposible la caída".

Como ejemplos de la visión no idílica de la vida de Jesús con María y José en Nazaret podrían aportarse citas sobre virtudes aparentemente pequeñas, pero decisivas para garantizar una buena convivencia en los tres ámbitos en que Manyanet deseaba ver realizado el espíritu de Nazaret: sus congregaciones religiosas, las familias cristianas, los colegios, Estas virtudes son: la mortificación, la veracidad, la discreción, etc.

Fuente: José Manyanet. Profeta de la Familia. J.M. Blanquet - J. Piquer.

martes, 3 de septiembre de 2013

El siglo XIX en España, por José María Blanquet, S.F.

Luchas entre liberales y conservadores

La lucha entre liberales y conservadores jalona la historia política del siglo XIX en España, que se abrió con el trauma de la guerra de la Independencia contra los franceses.

Una primera manifestación de estas luchas entre liberales y conservadores en Catalunya fue que los obispos se reunieron en Mallorca como protesta contra el liberalismo de las Cortes de Cádiz y contra la nueva Constitución de 1812. El retorno del absolutismo con Fernando VII en 1814 significó la vuelta a la situación anterior.

El estado de opinión contrario a la religión aumentó durante el trienio constitucional de 1820-1823. Durante este periodo las medidas liberales fueron reimplantadas y se llevó a cabo una política de desamortización, de disolución de órdenes y congregaciones religiosas y de supresión de diezmos eclesiásticos. Numerosos obispos tuvieron que exiliarse.

Estos hechos provocaron el levantamiento de los realistas (ultra conservadores), con el apoyo de muchos eclesiásticos. El enfrentamiento prosiguió durante la llamada "década ominosa" (1823-1833), la cual fue un período de fuerte reacción anticlerical llevada a cabo por los liberales.

El año en que Manyanet nació en Tremp señala el comienzo de la primera guerra carlista (1833-1840). Los soldados de don Carlos llegaron a Tremp y fueron distribuidos por las casas.

En Catalunya estalló en 1835 una revuelta popular contra los religiosos conocida como la "Quema de conventos". Ese mismo año, el ministro Mendizábal decretaba la desamortización de los bienes de las órdenes religiosas y en 1836-1837 fue decretada la exclaustración.

Los obispos de Catalunya intervinieron en la elaboración del concordato con Roma del año 1851, pero al triunfar los progresistas sobre los moderados (1854) fue decretada la libertad religiosa, a la cual se opusieron los obispos de Catalunya, por lo que algunos fueron expulsados del país.

La victoria de la Unión Liberal y el retorno de los moderados llevó al restablecimiento de la unidad católica y la entrada triunfal del obispo José Costa y Borràs (1805-1864) en Barcelona (1850-1857). Sin embargo, la tensión religiosa fue en aumento, dado que la mayor parte del clero era conservadora y pro-carlista.

La revolución de 1864

La revolución de 1864 destronó a la reina Isabel II. Hubo de nuevo un exilio obligado de obispos y sacerdotes. La iglesia adoptó una actitud claramente contrarrevolucionaria y los obispos catalanes colaboraron en la organización de gran un plebiscito por el mantenimiento de la unidad católica (1869), declarándose hostiles a la nueva Constitución, de carácter laico. Estos obispos asistieron al Concilio Vaticano I y defendieron con ardor la infalibilidad del Papa, contra los grupos franceses y alemanes. En particular Caixal, que intervino activamente.

1864, Syllabus

El Syllabus del papa Pío IX fue un manifiesto contrarrevolucionario: la prevención de la iglesia contra los errores de la modernidad. La iglesia en España se adhiere a las orientaciones romanas. El catolicismo español toma entonces un aire polémico y ultramontano.

Tercera guerra carlista (1872-1876)

La tercera guerra carlista fue de protesta contra las medidas laicizantes y las persecuciones de la I República (1873).

El artículo 2 de la nueva Constitución, después de la restauración monárquica (1876), que admitía la libertad religiosa, desencadenó una polémica de más de treinta años entre el carlismo, sobre todo en su sector integrista y la línea liberal-conservadora y pragmática, seguida por las fuerzas confesionales constitucionalistas.

El clero era mayoritariamente integrista, y el obispo Caixal estuvo como vicario general castrense junto al último reducto carlista en la Seu. Luego Caixal pasó por la vergüenza del traslado a Barcelona con las fuerzas derrotadas, junto a las cuales, entre el escarnio público, fue paseado por las Ramblas de Barcelona. Caixal marchó desterrado a Roma, donde murió en 1879.

Nuevas fundaciones de congregaciones religiosas

Merecen ser nombradas las nuevas fundaciones de congregaciones religiosas creadas con finalidades sobre todo de enseñanza y servicios sociales, en especial en hospitales, como las de Joaquina de Vedruna, María Ràfols, Francisco Palau, Ana María Janer, Enrique de Ossó, Manuel Domingo y Sol, Rosa Molas, Francisco Coll, Paula Montal y... José Manyanet, entre otros.

Es también el tiempo de la restauración de los monasterios y santuarios como Montserrat y Ripoll, el comienzo del templo de la Sagrada Familia, el templo de San José de la Montaña y el templo Salesiano del Tibidabo, en Barcelona.

Y sobre todo a partir de la encíclica Rerum Novarum (1891) de León XIII, toma incremento el catolicismo social en el que destaca el padre Gabriel Palau en Barcelona, el padre Antonio Vicent en Valencia —ambos jesuitas—, la congregación de San Juan Bosco y la del padre Manyanet.

Fuente: José Manyanet, Profeta de la Familia. J.M. Blanquet y J. Piquer. Ed. Claret. Barcelona, 2004.

Servir a la gran familia diocesana

Después de la ordenación sacerdotal, ocupó en la familia diocesana diversos cargos de confianza del obispo: mayordomo de palacio, bibliotecario, secretario de visita pastoral...

José Manyanet era un celoso sacerdote de la diócesis de Urgel. El doctor Caixal estaba cautivado por las cualidades de su ahijado y tenía grandes proyectos sobre él.

Pero otros sueños rondaban por su cabeza. Su sensibilidad lo llevaba a unas necesidades más urgentes. Soñaba con escuelas, con niños y familias acogidos bajo el amparo de Nazaret. Francisco de Asís había escuchado la voz de Jesús que le decía: "Ve, restaura mi casa". La casa que José Manyanet tenía que restaurar era la familia, la iglesia doméstica, una institución básica para la armonía de la sociedad, que se encontraba amenazada por todas partes.

Sentía con urgencia la voz de Dios que lo llamaba a renunciar a una situación que prometía, porque era consciente de que había recibido de Dios una gracia especial o un carisma a favor de toda la Iglesia: "Hacer de cada hogar un Nazaret".

Dios había encendido en el fondo de su corazón una llama que ardía y no la podía apagar. Sólo el riachuelo de alta montaña que tenía que llevar el agua de Nazaret a la familia por medio de la escuela podía apagar este fuego.

Fuente: San José Mañanet, profeta de la familia, por Josep Roca (2007).

1845, Alumno en Barbastro

A los doce años José Manyanet acaba la instrucción primaria en Tremp. El joven José había dado muestras de estar preparado para continuar con los estudios de retórica y humanidades, sin embargo, el problema eran los medios económicos. Por este motivo, su amigo y protector, el sacerdote Valentín Lledós le consiguió una plaza de alumno fámulo en el colegio de las Escuelas Pías de Barbastro.

En 1845, José Manyanet sale por primera vez de Tremp acompañado por su madre, Buenaventura. El viaje a Barbastro, en diligencia, duraba todo un día.

Como alumno fámulo, José ayuda a la comunidad religiosa: en las misas, realizando encargos en la ciudad, prestando servicios a la comunidad religiosa, etc.

En su autobiografía espiritual Recuerdos de mi vida, encontramos el plan de vida al que se sometió durante su estancia en el colegio:

"Todos los días te levantarás a las cinco. Harás media hora de oración mental, y los domingos y días festivos, una hora entera. Los días laborales oíras una misa, y los días de fiesta, todas las que puedas. Todos los días rezaras una parte del rosario y la coronita a tu santísima Madre María. Visitarás el Santísimo Sacramento y comulgarás todos los días que te lo permita tu director espiritual. [...] Te mostrarás amable y cariñoso con todos. Llevarás siempre y en todo lugar la presencia de Dios..."

El canónigo barcelonés Anselmo Casanovas y Sanz (1836-1903), recuerda a José Manyanet como un joven simpático, atrayente:

"Era, en aquel entonces, un joven y estudiante modelo en todo. Modesto, aplicado, fervoroso y muy obediente. Su virtud se imponía en todo y en todos los demás escolares. Era una virtud simpática y atrayente la suya, sin afectación ni vanagloría. Su carácter jovial y a la vez compasivo le hacía respetable siempre y en todo lugar."

José de Calasanz y José Manyanet

En Barbastro, José conoció la vida y la obra de un gran sacerdote de la diócesis de Urgel: José de Calasanz.

San José de Calasanz nació en 1557 en Peralta de la Sal y residió varios años en Tremp, en la misma calle Peresall donde Manyanet había nacido. En Tremp, José de Calazanz fue arcipreste y representante del obispo de Urgel. Pero Calasanz se dará a conocer por ser el fundador de las Escuelas Pías. Más adelante, en un momento decisivo de su vida, el obispo Caixal dirá al sacerdote José Manyanet: "Tu modelo ha de ser san José de Calazanz".

Como José de Calasanz, José Manyanet servirá en la diócesis de Urgel, siendo ambos fieles colaboradores del obispo de Urgel. Calasanz lo había sido del obispo Andrés Capella y Manyanet lo será del Obispo José Caixal. Calazanz fundó las Escuelas Pías y Manyanet fundará dos congregaciones religiosas dedicadas a las familias, principalmente por medio de la educación e instrucción de la niñez y juventud.

1849, José Manyanet recibe el sacramento de la confirmación

Durante el cuarto año de estancia en Barbastro, el 30 de mayo de 1849, José Manyanet recibió el sacramento de la confirmación, de manos del obispo Jaime Fort y Puig. Como era la costumbre, hubo un padrino para los muchachos y una madrina para las muchachas. El padrino de los varones y, por tanto, de José, fue don Alberto de Suelves, marqués de Artasona.

La estancia en Barbastro condujo a Manyanet a su vocación. Y aunque en un principio se plantea la vocación calasancia, finalmente descubrirá su misión siendo sacerdote diocesano.

Fuente: José Manyanet, Profeta de la familia. J.M. Blanquet - J. Piquer.